La buena suerte

El relato autobiográfico tiende a evitar el caos mediante un orden lógico cuya existencia resulta cuestionable. Nos gusta imaginar que dimos los pasos adecuados para llegar a una meta que, por ser la alcanzada, parece la única posible. Así fortalecemos la concatenación de distintas etapas, como si todas respondieran a una voluntad capaz de crear las circunstancias adecuadas con vistas al objetivo propuesto. La ilusión nos reconforta y hasta tranquiliza porque, entre otros motivos, obviamos un azar que nunca controlaremos, aunque sea notable el empeño puesto en contar con «una buena suerte».

Al llegar el momento del balance tras repasar el pasado, puedes mantener esa ilusión, pero también asustarte por el recuerdo de las ocasiones en las que, gracias al azar, todo pudo haber cambiado. Y a peor, por desgracia. La memoria me permite recordar algunos de esos episodios. Los rememoro en familia para ser conscientes de que debemos luchar por nuestros objetivos, aunque los mismos puedan convertirse en un imposible por culpa del azar, de esa suerte que a veces resulta esquiva sin razón alguna para su justificación.

Mi padre protagonizó, al menos, tres de esos momentos en que una trayectoria habría quedado en nada antes de empezar o habría discurrido por cauces completamente diferentes. Me los contó ya jubilado, los rememoramos juntos y ahora, al cabo de los años, todavía los recuerdo con el agradecimiento de que el azar nos fuera favorable.

Los dos primeros guardan relación con la Guerra Civil. Pepe pretendió ir al frente como voluntario junto con un par de muchachos de la FUE que también estudiaban Magisterio. Los tres salieron con destino a Valencia para enrolarse. Allí, en la estación, les esperaba mi abuelo junto con un familiar que trabaja en los ferrocarriles. Ambos invitaron a comer a los voluntarios y, sin contrariar su propósito, el maquinista les mostró las balas que le disparaban en cada trayecto. No eran de fogueo precisamente y la evidencia difuminó el idealismo de mi padre, que decidió volver a casa hasta la movilización de su quinta. Sus dos amigos siguieron adelante y nunca llegaron a ser maestros porque fueron acribillados cerca de Teruel.

Tras haber estado movilizado durante los últimos meses de la guerra, el azar también le libró de caer prisionero en la plaza de toros de Valencia. Un soldado de los vencedores le reconoció y le avisó de lo que sucedía para que se encaminase en otra dirección, hasta llegar al pueblo de La Nucía donde su familia estaba refugiada. Allí evitó nuevos problemas gracias a que varios de sus amigos militaban en las filas de los falangistas.

La suerte le libró de algunas previsibles represalias, pero no impidió que fuera movilizado por segunda vez y destinado a un aeródromo que con los años se convertiría en la Universidad de Alicante. En aquellos barracones ahora transformados en facultades mi padre asistió a un sorteo donde nadie quería ser premiado.

La División Azul se nutrió de voluntarios entusiastas por su militancia falangista, pero también de soldados a los que nunca se les preguntó acerca de si Rusia era «culpable». De los destinados en el aeródromo debía salir un cupo. Ante la ausencia de voluntarios para cubrirlo, se procedió a un sorteo. Mi padre tuvo fortuna y quedó libre, por azar, de marchar a las estepas de las que tantos miles de jóvenes nunca volvieron. El episodio apenas es una anécdota en relación con la historia de la División Azul. Nunca lo magnificaré en nombre de la memoria, pero el resultado de aquel sorteo permitió que Pepe conociera a Antoñita y los tres hijos pudiéramos nacer.

El 6 de enero de 1967 mi padre me llevó a Benidorm para ver un partido de fútbol que disputaba el Hércules. Por entonces, yo era un futbolero como tantos chavales y lo prometido formaba parte del regalo de Reyes. Según me contó años después, cuando tuvo otros problemas cardiacos, ese día se encontraba mal, pero no quiso decepcionarme. Apenas comenzado el partido, le dio un infarto de miocardio. Gracias a estar en un espacio dotado de servicios médicos, pudieron atenderle inmediatamente y trasladarle a una cercana clínica, donde se salvó de puro milagro.

De aquel dramático episodio vivido a los ocho años, con la impresión de verle convulsionar y echar por la boca una especie de alquitrán, solo recuerdo esa imagen. Ha sido decisiva para que jamás sintiera la tentación de fumar. Las fotos de los paquetes de tabaco resultan idílicas en comparación con ver a un padre a punto de morir.

Al cabo de unos días volvió a casa convertido en un paciente que tendría problemas cardiovasculares hasta su fallecimiento en enero de 1996, cuando cayó fulminado mientras merendaba. La tarde anterior me encargó un regalo para el cumpleaños de mi madre e iba a llevárselo cuando recibí la fatal noticia.

La pérdida de un padre siempre es una experiencia dura, pero llegó cuando yo era un adulto con la vida encauzada. El fallecimiento pudo producirse treinta años antes en Benidorm. Habría bastado con estar en el coche o lejos de la asistencia médica. El azar, y solo el azar, quiso que el infarto tuviera lugar donde fue posible seguir vivo.

La condición de huérfano a los ocho años habría cambiado por completo mi vida. Al igual que mis hermanos, estudié la carrera mientras trabajaba. Todavía recuerdo la saca de cartas listas para repartir a la salida de clase. La economía de la familia no daba para más. Si los ingresos se hubieran reducido a una pensión de viudedad esa incorporación al trabajo se habría adelantado varios años. Con suerte, después de terminar el bachillerato elemental, como tantos de mis compañeros. Ahora, en vez de catedrático universitario, sería un jubilado de vete a saber qué.

A veces escucho que nacer en el seno de una buena familia resulta determinante para alcanzar metas personales. La frase es una obviedad y nunca terminaré de agradecer lo que ha supuesto mi entorno familiar. Pero cuando en compañía de Pepa repaso aquellos episodios, donde de no haber mediado un favorable azar hubiéramos visto frustradas nuestras expectativas, sentimos vértigo. No solo por la posibilidad de caernos en un futuro si esa suerte resulta esquiva, sino también por la soberbia de quienes pretenden trazar las vidas como en la ficción.

El esfuerzo y la voluntad son imprescindibles, pero esas bazas tantas veces publicitadas no garantizan un resultado positivo. La justicia poética es una prerrogativa del deicidio que a menudo supone la ficción. La realidad, tan caótica y contradictoria, depende en ocasiones de un sorteo o de caer enfermo en el lugar adecuado. Lo peor es que, sin ganas de participar en la ruleta de la suerte, nadie nos pregunta al respecto y ni siquiera cabe comprar el boleto que intuimos afortunado como garantía de acierto. Solo permanecemos casi inermes donde, a diferencia de la ficción, nadie parece autorizado para repartir una suerte acorde con los méritos. Tenemos la que nos llega y más vale cruzar los dedos tras cumplir los requisitos.

La foto de mi padre tiene al dorso una dedicatoria: «A la yaya, a la mamá y a los fieras de mis hijos, con todo el cariño del gruñón del papá. 18-III-1967». Pepe se disponía a celebrar su santo sabiendo que el infarto debía esperar otra oportunidad.

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