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  • «Yo soy de Coyote»

    «Yo soy de Coyote»

    Pedro, o Monsieur Pierre, es un viejo republicano con décadas de exilio en París. Casado con Madame Bernarda, del ramo de la verdulería, ha formado un hogar proletario y concienciado donde la nota de modernidad es la preciosa Ninette, la hija que trabaja en las Galerías Lafayette y a menudo dice «mais oui, Monsieur…» con un acento que desarma a cualquier «español de bien».

    Miguel Mihura siempre supo de la imprescindible presencia de una mujer como protagonista de sus comedias. En 1964, imaginó que un señor de Murcia, dispuesto a echar una cana al aire gracias a una herencia, fuera a París en busca de frivolidad y desenfreno. La echó, pero en casa de Monsieur Pierre, en la que Ninette resulta ser tan deliciosa como envolvente.

    La relativamente voluntaria clausura de Andrés, el señor de Murcia, le permite entablar varias conversaciones con el irredento republicano. No suelen coincidir, pero el visitante cede porque, al fin y al cabo, disfruta de una hospitalidad con el añadido de Ninette, que no es poco.

    La táctica para evitar la discusión pasa por la indefinición. Monsieur Pierre, sin embargo, es un hombre acostumbrado a la dialéctica del materialismo histórico y le exige un pronunciamiento claro y rotundo sobre temas como los planes quinquenales de la URSS. Además, le recuerda la necesidad de ser cocidista o fabadista, sin medias tintas y con el debido entusiasmo militante.

    La necesidad de escoger entre militar en las filas de los cocidistas o de los fabadistas me hace sonreír como espectador de Miguel Mihura, pero la evito porque prefiero los matices a las rotundidades. Sin embargo, de vez en cuando ese andar entre ambos extremos aburre y es conveniente pronunciarse en los términos establecidos por Monsieur Pierre. De lo contrario, corremos el riesgo de que el exiliado nos castigue con un solo de gaita emulando a los verdugos más perversos.

    Puesto a ser cocidista o fabadista y dado que Pepa prepara ambos platos de maravilla, no encuentro demasiadas disyuntivas que merezcan una opción excluyente. Y menos con el paso del tiempo, que todo lo cubre con una pátina de escepticismo. No obstante, al plantear en casa la necesidad de un pronunciamiento claro y rotundo, el consenso lo encontramos en temas como el eterno enfrentamiento entre Coyote y Correcaminos.

    En nuestra familia y por unanimidad alcanzada en varias votaciones somos partidarios de Coyote. La elección tiene truco porque su veloz oponente carece de personalidad, no digamos de vida interior, al ser tan solo el deseo imposible o inalcanzable del sufrido Coyote, tan trabajador y ocurrente como al final estrellado.

    Coyote evidencia la amargura del hambre, que siempre es un motivo respetable, mientras que Correcaminos no solo luce una apolínea figura, sino que, además, mantiene una insolente sonrisa solo alterada por su chulesco bip-bip. En su vida no hay drama porque nació con la suerte de cara, mientras que en Coyote todos los intentos de comer se saldan con un fracaso subrayado por una caída, una explosión o un golpe. Menos mal que el derrotado se recupera con una rapidez milagrosa porque lo suyo, en materia de destino, está abocado a la repetición por culpa de los guionistas.

    Ser partidario de Coyote desde chaval, cuando merendaba unas maravillosas magdalenas viendo aquellos episodios, me ha enseñado a comprender las vicisitudes de los antihéroes, desde los pícaros a los derrotados de tantas guerras. También me ha hecho dudar de la existencia de los héroes. Al menos de los oficiales, porque otros sujetos, habitualmente en segundo plano, merecen este calificativo.

    Así, al evocar una conversación con Rafael Azcona en un hotel de Murcia, sin la presencia del «señor», recuerdo una frase que me dijo cuando su carrera de guionista estaba prácticamente terminada: «Nunca he dedicado una sola línea a los héroes». Su filmografía lo confirma y, al cabo del tiempo, cuando yo también estoy cerca del final de mi carrera, creo que puedo compartir la frase del maestro. Los héroes son los grandes ausentes de mis libros.

    La ausencia la podría justificar con múltiples razones, algunas de enjundia filosófica o ideológica, pero en el fondo creo que responde a un motivo más sencillo: «Soy de Coyote», como decíamos en el patio del colegio, cuando jugábamos a «tú la llevas» y siempre había un chulito capaz de imitar el bip-bip porque conocía mi lentitud de chaval gordito.

    La diferencia es que Coyote está abocado a repetir una y otra vez su destino, mientras que yo adelgacé para evitar las burlas y el colesterol. Lo conseguí con renuncias, pero nunca me he pasado al bando de los correcaminos porque sigo identificado con los coyotes, aquellos que se quedaron a medio camino porque confiaron en los productos de la marca Acme.

    Ahora, cuando tengo noticia del estreno de Coyote vs. Acme, una película en la que el eterno derrotado interpone una demanda contra la citada casa, ando buscando dónde firmar para mostrar mi solidaridad con las víctimas de tantos productos defectuosos, que prometen poder alcanzar a un Correcaminos tan veloz como absurdo porque no va a ninguna parte. Lo mejor es dejarlo correr y hacerse vegetariano sin confiar en los embaucadores de Acme, una empresa que debe pagar una indemnización millonaria para que los coyotes tengan algún consuelo en el caso de no optar por la vía de los vegetarianos.

  • Cuatro bodas y tres épocas

    Cuatro bodas y tres épocas

    Los jóvenes olvidan a menudo que sus padres y abuelos también fueron jóvenes. Tal vez sea un lugar común sujeto a excepciones, pero lo he comprobado en clase cuando, al ver Calle Mayor (1955), les invito a preguntar en casa acerca del noviazgo o el festeo de sus familiares. La justificación es obvia: el contraste generacional de las experiencias en torno a un motivo nos ayuda a comprender la evolución de un país.

    La pregunta la hice en casa de mis padres y la respuesta cuenta con los oportunos documentos gráficos, pues la celebración de los bautizos, comuniones y bodas justificaba el dispendio que suponía unas fotos. Al ver las de mis padres recién casados, me llama la atención su estilizada figura en contraste con la que lucieron a partir de los sesenta. La boda se celebró en 1946 y, por entonces, ninguna delgadez sorprendía. Al contrario, en aquella España del hambre lo insólito era mostrar unas «buenas mantecas», que podían ser envidiadas por lo que presuponían de riqueza.

    Pepe y Antoñita engordaron una década después, cuando yo era un niño y el hambre de la posguerra empezaba a ser un recuerdo. Algo similar pasó con los padres de Pepa, que también lucían buen tipo por obligación de la época. Ninguno de los cuatro lo perdió por culpa del convite, que se limitó en un caso a unos churros con chocolate y en el otro a una horchata con rollitos morenos. No hay fotos para probar el glamour de estos almuerzos porque los tiempos no estaban precisamente para echar la casa por la ventana.

    Tampoco las fotos abundaban más allá de las imprescindibles para el recuerdo, con unos novios formales y unas familias que no desprendían vitalidad. Y, además, las escasas tomadas durante la celebración podían perderse por alguna circunstancia. Así sucedió en la boda de mis suegros. La pérdida fue solventada gracias a las dotes para el dibujo de Pepe, que reconstruyó a mano la imagen de su boda. La prueba permanece en casa como una muestra de amor que cuenta con un relato transmitido a las nuevas generaciones de la familia:

    Mi boda con Pepa llegó en diciembre de 1982, tras siete años de novios formales, con las carreras terminadas y abriéndonos camino para alcanzar una estabilidad laboral todavía lejana. El hambre y otras carencias formaban parte del pasado, pero no tanto las dificultades para llevar a la práctica las libertades recién conquistadas. El matrimonio civil suponía una novedad y, dada la procedencia de quienes lo tramitaban, todavía era una carrera de obstáculos.

    La paciencia se agotó con algunos trámites en los que, para ofrecer una alternativa, los funcionarios ponderaban las facilidades dadas por la Iglesia en el caso de optar por un matrimonio de los de «toda la vida». Al final, si el «vuelva usted mañana» de Larra no suponía un desfallecimiento definitivo, la boda se celebraba. El problema entonces era un juez incapaz de hacer olvidar que estaba allí por imposición de una constitución que no había jurado, a diferencia de los principios fundamentales del Movimiento.

    La ceremonia civil tenía lugar en un cuarto donde apenas cabían unas quince personas. La imagen de la boda desprendía un aire de clandestinidad, como un correctivo de la España oficial por empeñarme en ser un ateo hasta en el día del enlace matrimonial, que la mayoría de los invitados presuponía oficializado cuando la pareja salía del cochambroso edificio compartido con los delincuentes que declaraban en los juzgados. La constitución de 1978 estaba en vigor tras el fracaso del 23-F, pero llevarla a la práctica acarreaba consecuencias en el trato dispensado por una España que se acostó franquista y despertó demócrata.

    La condición de pioneros es sufrida y apenas agradecida por quienes recorren sin problemas un camino abierto a base de sinsabores. Desde hace muchos años, las celebraciones civiles se han dignificado. Y, desde luego, a nadie se le mira con mala cara por preferir a un concejal como oficiante en detrimento de un sacerdote. Los cambios fundamentales, aquellos que afectan a la cotidianidad, carecen de fechas o hitos. No sabemos con exactitud cuándo las bodas civiles dejaron de lindar con la clandestinidad de lo mal visto por «las jerarquías», pero lo conseguimos con el empeño de agrandar unas libertades nunca caídas del Cielo.

    Ahora, cuando nuestro hijo se acaba de casar por lo civil con una joven que vino a España hace cuatro años, la ceremonia ha sido «de película», norteamericana, por supuesto. El país es más rico, contamos con mejores medios para conservar unas imágenes capaces de alentar el recuerdo y, sobre todo, nadie pregunta por qué la ceremonia no se ha celebrado en una iglesia.

    La España del hambre parece remota, dudo que haya una marcha atrás en cuestiones como las bodas civiles y solo cabe alegrarse por una evolución favorable a la tolerancia con todas las creencias. De hecho, la boda de nuestro hijo fue oficiada por quien fue sacerdote hasta que decidió casarse y en la ceremonia la novia expresó sus votos ante Dios porque es católica. Siempre, con tolerancia mutua, llegamos a un punto de encuentro donde prevalece la voluntad de compartir un camino.

    Nos emociona pensar que los abuelos, presentes en la ceremonia gracias a sus imágenes, se sentirían alegres y sorprendidos al verla. También al observar la alegría de los asistentes, que contrasta con la seriedad habitual en las fotos de las bodas de los años cuarenta y cincuenta. La diferencia no solo radica en pasar del blanco y negro al color, sino en vivir de acuerdo con esos colores que nos ofrece un presente más ilusionante.

    También nos emociona comprobar que el juez malhumorado ha sido sustituido por un amigo capaz de compartir la alegría del momento. La pelea de los pioneros tuvo su coste, pero mayor es la satisfacción de ver plasmado en los hijos aquello que solo era un sueño a principios de los ochenta.

    El camino a recorrer todavía es largo. La ceremonia de Antonio y Michel contó con la presencia de gente procedente de diferentes países y con distintas creencias. Todos nos encontramos en torno a la alegría de ver a dos jóvenes dispuestos a compartir un proyecto común. Vista la pujanza de quienes propagan el odio frente al diferente, el empeño de esta generación ya no pasará por el hambre o las reformas legales, sino por hacer realidad, hasta en los más pequeños detalles, la tolerancia para convivir con quienes nos enseñan a relativizar nuestra identidad.

    El ingeniero ahora baila salsa y la cuidadora estudia para progresar en su trabajo mientras nos contagia su alegría. Solo espero que nadie con mala intención les recuerde que nacieron a diez mil kilómetros de distancia. Como hizo aquel juez malhumorado que, al ver nuestra filiación, ironizó sobre la común condición de universitarios y, por lo tanto, presuntos progres dispuestos a casarse por lo civil. Juntos llevamos cincuenta y un años.

  • Los enanos toreros tomaban ensaladilla rusa

    Los enanos toreros tomaban ensaladilla rusa

    Imagen tomada del blog Museos de Terque

    Nunca disfruto con la contemplación del peligro ajeno y considero una insensatez convertirlo en el centro de un espectáculo. Me gusta el circo, por ejemplo, pero sufro si aparece en la pista un equilibrista que ejecuta su número sin estar enganchado a un cable. El riesgo no representa un valor añadido al mérito de un ejercicio de equilibrio, habilidad, fuerza…, que admiro sin necesidad de padecer ante la posibilidad de que el artista acabe despeñado.

    Tampoco soy capaz de ver una carrera de bólidos o motocicletas. Si las imágenes aparecen en un informativo, el primer pensamiento es sobre la salud mental de los pilotos. Lejos de admirarlos, los compadezco porque intuyo algún desequilibrio capaz de arruinar una vida. Algo similar sucede con los toreros. O los insensatos que corren delante de un astado por vete a saber qué. Al observar semejantes locuras, en unos informativos donde todos los descerebrados parecen disfrutar del protagonismo, cambio de canal o giro la cabeza para confirmar con mi esposa que la locura carece de límites.

    Me abochorna pensar que alguien se juega su integridad física, incluso la vida, a cambio del dinero pagado por una entrada. Nunca he sido partidario de las prohibiciones basadas en un criterio personal. Admito que hay gustos para todo, pero algunos me parecen propios de unas épocas que debieran estar superadas. Procuro respetarlos en aras de la convivencia y hasta callo, por prudencia, cuando alguien los defiende con argumentos tan dogmáticos como desmontables mediante el uso de la razón. Hablar con esta gente resulta inútil, pero dudo de que sus gustos en materia de espectáculos sean respetables porque suponen un disfrute basado en el riesgo ajeno. Los emperadores romanos hacían lo mismo con los gladiadores y, desde hace muchos años, yo soy partidario de los espartaquistas.

    La sensibilidad y el respeto forman parte de una educación que se adquiere si media la voluntad de alejarse de la barbarie. La tarea es personal, pero los parámetros en los que se desarrolla son de índole colectiva y responden a la cultura de una época determinada. El tardofranquismo de mi infancia y adolescencia tenía esos parámetros en valores mínimos. Entre otras razones, porque la violencia era una seña de identidad del régimen surgido de una guerra.

    La memoria nos devuelve las imágenes o los recuerdos de quienes fuimos y, a veces, nos resulta difícil identificarnos con el pasado de algunas experiencias. Siempre queda el consuelo de pensar que eran «otros tiempos» y así nos eximimos de nuestra responsabilidad individual, pero conviene aceptar que los vivimos como partícipes, no como observadores distantes. Lo contrario es jugar con las trampas de una memoria demasiado deudora de nuestro presente.

    Nunca he negado que asistí de chaval a espectáculos donde el riesgo ajeno era el centro del interés. Habría sido un marciano en caso contrario porque proliferaban en una época en la que la prudencia parecía un patrimonio de los pusilánimes. Los domadores a punto de ser devorados por las fieras, los forzudos al modo del Zampanò de Fellini, los motociclistas dando vueltas en una jaula, los púgiles de la lucha libre y hasta algún torero, visto en compañía de mi abuela, forman parte del archivo visual de mi niñez. Y lo acepto, con la distancia y la sonrisa de quien ha optado por alejarse de cualquier espectáculo donde el riesgo y la violencia estuvieran presentes.

    Al cabo de los años, esos arriesgados protagonistas de mis experiencias infantiles han quedado en el olvido o forman parte de lo difuso de cualquier anonimato. Sin embargo, cuando evoco ese tiempo, con lo caprichoso de lo almacenado en una memoria viva gracias al recuerdo hecho relato en numerosas ocasiones, suelen aparecer unos personajes con los que tuve un encuentro fugaz: los enanos toreros y el hombre bala.

    El sufridor que salía disparado de un cañón actuaba en un circo de dos pistas y planta ovalada. Sus dimensiones prueban la pujanza de aquellos espectáculos ambulantes que creaban, todavía en los años sesenta, una enorme expectativa cada vez que llegaban a la ciudad. Al igual que otros muchos compañeros del colegio, en cuyo patio se ponderaban las hazañas vistas en el circo, acudí con mis padres a ver el espectáculo donde el número estelar, el presente en los carteles publicitarios, era el hombre bala.

    Apenas recuerdo cómo salía disparado y la distancia recorrida por el proyectil humano tras el estruendo de un cañón. Supongo que aplaudiría al verle sano y salvo con su capa al modo de un Superman encapuchado después de soportar un impulso nada saludable. Luego lo ponderaría en el colegio, donde todas las hazañas, por absurdas que fueran, tenían su correspondiente exageración gracias a la imaginación capaz de convertir la experiencia en un relato.

    Sin embargo, el verdadero recuerdo vino días después, cuando regresaba a casa con un compañero de clase que, al ver pasar por la acera a un individuo de mediana edad y aspecto anodino, me dijo que era el hombre bala. Nunca supe si me estaba contando una trola o lo sabía de verdad porque, según él, le había visto salir de un circo instalado cerca de nuestras casas. En cualquier caso, desde ese día empecé a sospechar que las heroicidades siempre tienen una cara oculta, la de ese hombre que sin cañón andaba por una acera antes de quedar paralítico o perjudicado por salir tantas veces disparado.

    La segunda imagen corresponde a unos enanos toreros que cada verano actuaban en las charlotadas programadas en la plaza de toros de Alicante. Nunca las vi porque mis padres no eran aficionados a esos espectáculos taurinos, pero a última hora de la tarde iba con mi madre a esperar a mi padre, que salía del pluriempleo como contable en una tienda. El paseo terminaba en un bar situado cerca de nuestra casa y enfrente de la plaza de toros. Allí coincidimos con la cuadrilla de los enanos toreros, que actuaba junto al bombero, también torero, para provocar las risotadas del «respetable». A este último no lo recuerdo porque, sin el uniforme, sería un tipo como otro cualquiera. Sin embargo, los «enanos», todos juntos, no pasaban desapercibidos en un bar donde ya parecía haber comenzado el espectáculo.

    Solo me consta con precisión un detalle grabado en la memoria: los enanos toreros pidieron ensaladilla rusa, aquella que se servía en un platito ovalado con su correspondiente rosquilla, antes de jugarse el pellejo en la plaza de toros. A partir de ese momento, y más con el paso de los años, cuando evoco semejante consumición, pienso que es una barbaridad reírse o emocionarse contemplando el riesgo corrido por quienes acaban de pedir una ensaladilla rusa. Prefiero saber que les ha sentado bien tras acompañarla con una caña y antes de salir a una acera donde pueden encontrar al hombre bala. Tal vez les hable de las molestias de la edad, que es un tema respetable y digno de la conmiseración. Incluso pagaría una entrada por asistir a ese diálogo.

  • Mi amigo Frankenstein

    Mi amigo Frankenstein

    Boris Karloff

    Apenas me interesan las películas de terror; al menos, las convencionalmente adscritas a ese género. Tampoco la literatura en la que a menudo se basan, que me aburre tanto como la gótica o la ciencia-ficción. Sin embargo, sospecho que, a estas alturas y con más de sesenta años de espectador, tengo mis preferencias entre los personajes reconocidos a la hora de asustar. El problema es que, por esa familiaridad de verlos con frecuencia, su capacidad de aterrorizar anda un tanto devaluada porque también ha pasado por la parodia y la risa, que agradezco por encima de cualquier susto de un monstruo u ocurrencia de un científico enloquecido.

    Frankenstein me cae simpático, pero a Drácula no le soporto. La contrapuesta valoración viene de lejos, de cuando siendo un chaval los conocí atareados en los menesteres del susto mortal. El primero es un tipo tan bruto y destarifado, porque le prestaron un cerebro «anormal», como noble en sus múltiples enfrentamientos. Desde que lo encarnara Boris Karloff en la película dirigida por James Whale en 1931 le veo atolondrado, pero nunca taimado, a diferencia del conde incompatible con el ajo. De hecho, Frankenstein es un puzle de restos humanos que, con independencia de su belleza original, acaban mal combinados. Feo como un anti-Narciso, pero un tipo popular solo capaz de hacer lo que sus cortas entendederas le permiten. El aristócrata del mordisco, sin embargo, acumula siglos de experiencia y, cuando no se aburre mortalmente por un hastío como el explicitado por Nosferatu, actúa a traición si se cumple el requisito de la nocturnidad con la previsible alevosía.

    James Whale y Boris Karloff pasaron a menudo olímpicamente de la novela de Mary Shelley. La contertulia de lord Byron llegó a concebir a su criatura como un «moderno Prometeo» capaz de largar al modo de un experimentado filósofo. Nada de gruñidos y aspavientos como los recreados por quienes convirtieron al monstruo en un tipo patoso, lento y gruñón, que solo progresa adecuadamente en la continuación de 1935 cuando bebe vino, fuma puros y, claro está, muestra el deseo de folgar con moza placentera. Ahí empieza su autodestrucción. Le comprendo, porque resulta insoportable que hasta la novia grite al verte y asustarte cuando te observas reflejado en el agua de un estanque.

    El monstruo es el otro, como tantas veces ejemplifica el burgomaestre al frente de los pueblerinos entorchados a la búsqueda de una venganza, que bien podrían haber dirigido al noble que lo creó por la soberbia de un iluminado insoportablemente clasista. La solidaridad con la monstruosa víctima, que a su vez provoca otras víctimas en una espiral de intolerancia, se impone como un juego de la ficción donde todos quedamos eximidos de responsabilidad. Por eso el personaje de Boris Karloff me cayó simpático desde que le conocí en compañía de mi padre y gracias a una televisión donde el blanco y el negro nunca suponían una avería.

    Además, el pobre monstruo suele salir malparado de los enfrentamientos, a diferencia del ventajista Drácula, que muerde a traición porque su capa multiusos resulta envolvente, incluso para la censura, y el maligno entra y sale de la habitación de «la chica» convertido en murciélago. Así cualquiera, salvo que medie una ristra de ajos o unas cruces esgrimidas con convicción de catecúmeno.

    Su colega en el empeño del susto mide más de dos metros, no permanece invisible ante un espejo, ni siquiera sabe esconderse y, con paso tan torpe como demorado, acaba dando al contrincante una oportunidad para huir. Puestos a pelear, casi muestra un espíritu deportivo. El problema de la violencia en estas películas de los años treinta radica más bien en los cortos de entendederas, que suelen dispararle o blandir una antorcha para asustarle. Andan equivocados, puesto que el monstruo tiene experiencia como renacido sin necesidad de haber visto la película de Leonardo DiCaprio.

    Frankenstein es un tipo de buen conformar que, como demuestra en su visita al bondadoso ciego, solo aspira a escuchar el violín mientras bebe y fuma a la espera de folgar sin mediar gritos o aspavientos. También es verdad que no controla los impulsos por falta de aprendizaje, como ocurre con el asesinato de María, la niña que le ofrece flores para que varias décadas después viéramos la mirada de Ana Torrent en El espíritu de la colmena.

    Después de pasar por series de dibujos animados y parodias como la de Mel Brooks, el único que asusta en sus películas originales es el doctor Pretorius, que se lleva la cena a una cripta para dialogar con el monstruo e invitarle a una copa. A partir de ese momento, sabemos que es el verdadero malo, pero sin olvidar a un Víctor Frankenstein siempre disculpado por su bella prometida. Tal vez porque su condición de barón difumina las obsesiones del varón.

    El protagonista de las dos películas de James Whale, un director que terminó suicidándose, es un iluminado de modales compulsivos que trabaja en un laboratorio digno de una comedia de Enrique Jardiel Poncela, cuya confianza en la ciencia era nula. Allí da órdenes sin reflexionar, menosprecia al jorobado que le sirve hasta el punto de perder la vida en acto de servicio y provoca todo tipo de catástrofes. La culpa no es del monstruo, sino de alguien que estaría en un manicomio de no ser rico.

    Vistas así las películas, con la poca fe de quienes pensamos que los mitos solo son creíbles cuando olvidamos las circunstancias de la realidad, me fastidia que al final el monstruo perezca y Víctor Frankenstein sobreviva en compañía de su pareja, que en la segunda entrega de James Whale todavía es más guapa, paciente y abnegada. La vida no es justa y, si después del vino acompañado con un puro, el monstruo no puede folgar con hembra placentera, parece lógico que se acabe el mundo para quienes padecen tan triste destino.

    El problema es que el monstruo concebido por Mary Shelley ha vuelto a trabajar en más de treinta películas para acabar siempre fatal, que ya es desgracia. Mientras tanto, su colega Drácula disfruta lo suyo hasta que recibe la ración de ajos, cruces y hasta una astilla clavada en el sitio oportuno cuando duerme la mona después de la juerga nocturna. Se podrá aburrir como conde condenado a la vida eterna, sin ilusión a la hora de clavar los colmillos, pero su empeño siempre me ha parecido más llevadero. El de Frankenstein es un sindiós que justifica el suicidio.

    La solidaridad con el desdichado monstruo me parece inevitable, al tiempo que me resultan insoportables los iluminados como Víctor o Pretorius. Ambos ni siquiera llegaron demasiado lejos porque, poco después, el doctor Mengele y compañía demostraron que el verdadero terror estaba a la vuelta de la esquina sin necesidad de un decorado de novela gótica. Bastaba una cámara de gas, masificada pero eficaz, para el destino de quienes pasaron por sus experimentos, donde la ciencia era un macabro empeño. Las circunstancias, las históricas, una vez más dejaron en un segundo plano cualquier mito, que solo nos ayuda a comprendernos cuando nos imaginamos inmunes a esas mismas circunstancias. Vana ilusión, aunque distraída y provechosa como partícipe de la ficción.

  • La buena suerte

    La buena suerte

    El relato autobiográfico tiende a evitar el caos mediante un orden lógico cuya existencia resulta cuestionable. Nos gusta imaginar que dimos los pasos adecuados para llegar a una meta que, por ser la alcanzada, parece la única posible. Así fortalecemos la concatenación de distintas etapas, como si todas respondieran a una voluntad capaz de crear las circunstancias adecuadas con vistas al objetivo propuesto. La ilusión nos reconforta y hasta tranquiliza porque, entre otros motivos, obviamos un azar que nunca controlaremos, aunque sea notable el empeño puesto en contar con «una buena suerte».

    Al llegar el momento del balance tras repasar el pasado, puedes mantener esa ilusión, pero también asustarte por el recuerdo de las ocasiones en las que, gracias al azar, todo pudo haber cambiado. Y a peor, por desgracia. La memoria me permite recordar algunos de esos episodios. Los rememoro en familia para ser conscientes de que debemos luchar por nuestros objetivos, aunque los mismos puedan convertirse en un imposible por culpa del azar, de esa suerte que a veces resulta esquiva sin razón alguna para su justificación.

    Mi padre protagonizó, al menos, tres de esos momentos en que una trayectoria habría quedado en nada antes de empezar o habría discurrido por cauces completamente diferentes. Me los contó ya jubilado, los rememoramos juntos y ahora, al cabo de los años, todavía los recuerdo con el agradecimiento de que el azar nos fuera favorable.

    Los dos primeros guardan relación con la Guerra Civil. Pepe pretendió ir al frente como voluntario junto con un par de muchachos de la FUE que también estudiaban Magisterio. Los tres salieron con destino a Valencia para enrolarse. Allí, en la estación, les esperaba mi abuelo junto con un familiar que trabaja en los ferrocarriles. Ambos invitaron a comer a los voluntarios y, sin contrariar su propósito, el maquinista les mostró las balas que le disparaban en cada trayecto. No eran de fogueo precisamente y la evidencia difuminó el idealismo de mi padre, que decidió volver a casa hasta la movilización de su quinta. Sus dos amigos siguieron adelante y nunca llegaron a ser maestros porque fueron acribillados cerca de Teruel.

    Tras haber estado movilizado durante los últimos meses de la guerra, el azar también le libró de caer prisionero en la plaza de toros de Valencia. Un soldado de los vencedores le reconoció y le avisó de lo que sucedía para que se encaminase en otra dirección, hasta llegar al pueblo de La Nucía donde su familia estaba refugiada. Allí evitó nuevos problemas gracias a que varios de sus amigos militaban en las filas de los falangistas.

    La suerte le libró de algunas previsibles represalias, pero no impidió que fuera movilizado por segunda vez y destinado a un aeródromo que con los años se convertiría en la Universidad de Alicante. En aquellos barracones ahora transformados en facultades mi padre asistió a un sorteo donde nadie quería ser premiado.

    La División Azul se nutrió de voluntarios entusiastas por su militancia falangista, pero también de soldados a los que nunca se les preguntó acerca de si Rusia era «culpable». De los destinados en el aeródromo debía salir un cupo. Ante la ausencia de voluntarios para cubrirlo, se procedió a un sorteo. Mi padre tuvo fortuna y quedó libre, por azar, de marchar a las estepas de las que tantos miles de jóvenes nunca volvieron. El episodio apenas es una anécdota en relación con la historia de la División Azul. Nunca lo magnificaré en nombre de la memoria, pero el resultado de aquel sorteo permitió que Pepe conociera a Antoñita y los tres hijos pudiéramos nacer.

    El 6 de enero de 1967 mi padre me llevó a Benidorm para ver un partido de fútbol que disputaba el Hércules. Por entonces, yo era un futbolero como tantos chavales y lo prometido formaba parte del regalo de Reyes. Según me contó años después, cuando tuvo otros problemas cardiacos, ese día se encontraba mal, pero no quiso decepcionarme. Apenas comenzado el partido, le dio un infarto de miocardio. Gracias a estar en un espacio dotado de servicios médicos, pudieron atenderle inmediatamente y trasladarle a una cercana clínica, donde se salvó de puro milagro.

    De aquel dramático episodio vivido a los ocho años, con la impresión de verle convulsionar y echar por la boca una especie de alquitrán, solo recuerdo esa imagen. Ha sido decisiva para que jamás sintiera la tentación de fumar. Las fotos de los paquetes de tabaco resultan idílicas en comparación con ver a un padre a punto de morir.

    Al cabo de unos días volvió a casa convertido en un paciente que tendría problemas cardiovasculares hasta su fallecimiento en enero de 1996, cuando cayó fulminado mientras merendaba. La tarde anterior me encargó un regalo para el cumpleaños de mi madre e iba a llevárselo cuando recibí la fatal noticia.

    La pérdida de un padre siempre es una experiencia dura, pero llegó cuando yo era un adulto con la vida encauzada. El fallecimiento pudo producirse treinta años antes en Benidorm. Habría bastado con estar en el coche o lejos de la asistencia médica. El azar, y solo el azar, quiso que el infarto tuviera lugar donde fue posible seguir vivo.

    La condición de huérfano a los ocho años habría cambiado por completo mi vida. Al igual que mis hermanos, estudié la carrera mientras trabajaba. Todavía recuerdo la saca de cartas listas para repartir a la salida de clase. La economía de la familia no daba para más. Si los ingresos se hubieran reducido a una pensión de viudedad esa incorporación al trabajo se habría adelantado varios años. Con suerte, después de terminar el bachillerato elemental, como tantos de mis compañeros. Ahora, en vez de catedrático universitario, sería un jubilado de vete a saber qué.

    A veces escucho que nacer en el seno de una buena familia resulta determinante para alcanzar metas personales. La frase es una obviedad y nunca terminaré de agradecer lo que ha supuesto mi entorno familiar. Pero cuando en compañía de Pepa repaso aquellos episodios, donde de no haber mediado un favorable azar hubiéramos visto frustradas nuestras expectativas, sentimos vértigo. No solo por la posibilidad de caernos en un futuro si esa suerte resulta esquiva, sino también por la soberbia de quienes pretenden trazar las vidas como en la ficción.

    El esfuerzo y la voluntad son imprescindibles, pero esas bazas tantas veces publicitadas no garantizan un resultado positivo. La justicia poética es una prerrogativa del deicidio que a menudo supone la ficción. La realidad, tan caótica y contradictoria, depende en ocasiones de un sorteo o de caer enfermo en el lugar adecuado. Lo peor es que, sin ganas de participar en la ruleta de la suerte, nadie nos pregunta al respecto y ni siquiera cabe comprar el boleto que intuimos afortunado como garantía de acierto. Solo permanecemos casi inermes donde, a diferencia de la ficción, nadie parece autorizado para repartir una suerte acorde con los méritos. Tenemos la que nos llega y más vale cruzar los dedos tras cumplir los requisitos.

    La foto de mi padre tiene al dorso una dedicatoria: «A la yaya, a la mamá y a los fieras de mis hijos, con todo el cariño del gruñón del papá. 18-III-1967». Pepe se disponía a celebrar su santo sabiendo que el infarto debía esperar otra oportunidad.

  • King of Swing

    King of Swing

    La música de Benny Goodman, King of Swing, es un excelente antídoto para cuando los ánimos decaen y el cuerpo necesita un estimulante sin efectos secundarios. A diferencia de la de Glenn Miller, comentada en la entrada anterior, no la pude escuchar de niño porque no recuerdo haber tenido en casa un disco de la legendaria big band liderada por el clarinetista. Nuestra discografía doméstica era tan preciada como limitada.

    El descubrimiento vino de la mano de una película programada a principios de los setenta por RTVE: The Benny Goodman Story (1955), de Valentine Davies. No la he vuelto a ver y supongo que el biopic sería convencional como tantos otros, pero aquella música me entusiasmó y desde entonces procuro tenerla a mano, como las pastillas para superar el desánimo. Nunca las tomo porque hasta ahora me basta con escuchar canciones como «Sing, sing, sing», compuesta en 1936 por Louis Prima para su New Orleans Gang y grabada por Benny Goodman en el film Hollywood Hotel (1937). La escena, accesible desde You Tube, la debo haber disfrutado centenares de veces porque siempre he soñado con esas bandasde los años treinta.

    Ahora resulta fácil tomar esas pastillas. Basta con dar la orden a Alexa o entrar en You Tube, que sabe de mis debilidades y suele ofrecerme nuevas grabaciones. Así un día descubrí la versión de «Sing, sing, sing» interpretada por Louis Prima en una antológica escena del film Swing Kids (1993), de Thomas Carter. Lo busqué y descubrí que, ambientada en la Alemania de poco antes de la II Guerra Mundial, la película estaba basada en hechos reales. Los protagonistas son unos jóvenes capaces de desafiar al nazismo con una música perseguida como en la España de la Victoria, donde era prácticamente imposible escuchar los «ritmos negroides» llegados desde unos impíos Estados Unidos de América. Si el lector es escéptico con respecto a mi credibilidad, basta con recordar al párroco de Bienvenido Mr. Marshall cuando, alarmado, da las cifras millonarias que caracterizan aquel sindiós de país.

    Hace dieciocho años la facilidad para acceder a estas grabaciones no estaba tan extendida y, cuando acompañaba a mi hermano enfermo por el cáncer que acabó con su vida, le sorprendí demostrándole que a través del móvil podíamos recordar las melodías comentadas durante décadas. Todavía recuerdo algunas de Adriano Celentano con las que volvimos a sonreír, pero a menudo volvíamos a los clásicos de nuestra discografía, desde Aretha Franklin hasta Ray Charles, aquel mítico cantante que una noche de los años sesenta actuó en Alicante. Mi hermano no pudo verlo, pero lo contaba como si lo hubiera disfrutado en El Gallo Rojo.

    Durante unas semanas del verano de 2009, todas las noches poco antes de las doce acudía a casa de mi hermano para llevarle en coche a las sesiones de radioterapia. El horario era insólito para un tratamiento médico, pero no cabía otra elección. La perspectiva no deparaba un ánimo exultante y, con el deseo de hacer más llevadero el momento, procuraba tener grabadas las canciones preferidas de Pepe, que también eran las mías.

    Todavía recuerdo la noche que le sorprendí con «Sing, sing, sing» en la versión original de Louis Prima, al que siempre asociábamos con la celebrada «Just a gigolo» (1956). Le gustó, pero me pidió la de Benny Goodman por una razón que nunca me había explicado: la participación del legendario Gene Krupa a la batería.

    La canción es un duelo rítmico entre el clarinete y la batería. Tratar de emular a Benny Goodman era un imposible, pero en los años sesenta, cuando tantos conjuntos aparecieron en la estela de The Beatles, mi hermano había sido batería de uno de los hasta diecisiete que hubo en Alicante capital. La historia de aquella proliferación la relaté en Contemos cómo pasó (2016). Esa noche, en el coche, Pepe se emocionó al escuchar el ritmo de una batería casi soñada o «de película». La sabiduría de los maestros a menudo resulta inalcanzable, pero su magisterio siempre estimula, aunque sea desde la consciencia de no poder alcanzar semejante perfección.

    Al cabo de los años, todavía escucho al King of Swing sin necesidad de buscar emisoras norteafricanas como hacía mi padre durante la posguerra, comprendo que su ritmo supusiera un motivo para desafiar el nazismo y me tomo la correspondiente «pastilla», casi siempre compartida con una Pepa capaz de bailarla. Benny Goodman, junto con otros músicos de un país al que ahora apenas reconozco, me sigue acompañando y hasta sueño con levantarme de la silla para protagonizar un solo durante la interpretación de la big band. Nunca lo conseguiré, pero recuerdo que, al menos, mi hermano lo intentó porque siempre fue más lanzado, o temerario, en cuestiones relacionadas con los sueños imposibles, aquellos que nos mantienen vivos.

  • Manolo, el amigo de Glenn Miller

    Manolo, el amigo de Glenn Miller

    La colección de discos de mi familia era modesta y la selección de los posibles elegidos, a la hora de poner en marcha un enorme tocadiscos de madera que también funcionaba como radio, resultaba limitada. Los long play de mi padre me los sabía de memoria. También los single de mis hermanos, pero apenas importaba porque las alternativas para divertirse escaseaban cuando ni siquiera había llegado el primer televisor a nuestra casa.

    Uno de mis discos favoritos era una antología de las melodías de Glenn Miller, interpretadas al frente de su legendaria The Glenn Miller Orchestra durante la II Guerra Mundial hasta su misteriosa desaparición, cuando el músico y militar norteamericano volaba a la altura del canal de La Mancha con destino al París recién liberado.

    Años después, en una televisión donde las películas clásicas tenían cabida, disfruté con el biopic que le dedicó Anthony Man en 1953. Todavía recuerdo Sonrisas y lágrimas con emoción y algunas de sus escenas las recupero en momentos de flojera. Incluso procuro que la admiración por «el mago del swing» perdure en un nieto capaz de comprender que su abuelo tuvo veinte años y, a escondidas, escuchaba estas melodías para sobrellevar la derrota.

    Pepe, mi hermano, me llevaba once años. Nunca jugó conmigo, pero desde siempre y hasta su fallecimiento me transmitió todo tipo de historias. Las contaba y, algunas, las volvía a contar con variantes sorprendentes, hasta tal punto que pronto comprendí la frágil frontera entre el testimonio y la invención. La enseñanza me ha resultado útil para mi trabajo.

    Una tarde de esos veranos interminables de los siete u ocho años, mientras me vería entusiasmado al escuchar In the Mood (1940), con una guasa solo superada por su aparente seriedad me dijo que el verdadero título de la melodía de Glenn Miller era Dónde vas, Manolo, dónde vas. Vista mi sorpresa, me lo demostró fehacientemente tarareando el supuesto estribillo, sin respuesta, al ritmo de la música. La reiterada pregunta encajaba a la perfección en la canción y, para disipar cualquier duda, mi padre ratificó la novedad diciéndome que Manolo había sido un colega del músico norteamericano, aunque olvidado más allá de los círculos de iniciados. Pepe y mi hermano Pepito formaban parte del selecto grupo.

    Todavía disfruto con quienes son capaces de engañarme mediante el ingenio y el humor. Conozco de sobra sus trucos, incluso he dedicado libros a los mismos, pero en el fondo todos los días les agradezco esa capacidad de embaucarnos para disfrutar con las más disparatadas historias. También les envidio porque, por la vía oral, nunca he conseguido llegar a la altura de maestros en el tema como mi hermano Pepe, que ejerció de cinéfilo durante toda su vida y hasta de crítico en su momento.

    Manolo andaría sin rumbo y no triunfó de la mano de Glenn Miller, pero mereció al menos un reconocimiento musical en la intimidad de la memoria. Todavía perdura al escuchar In the Mood, una melodía capaz de combatir cualquier tristeza a la espera de coger el tren de Pensilvania, el 6-5000, con destino a Chattanooga. Llega puntual cuando la cita viene motivada por la tristeza o la melancolía.

    Algunas canciones permitían inventar historias rematadas con una sonrisa, pero las películas daban más oportunidades en ese sentido. Pepe estuvo casi cincuenta años contándomelas con lujo de detalles porque sabía que yo era un espectador incondicional de aquel cine ambulante sin horarios prefijados. El problema es que, cuando luego las veía, las películas perdían bastante. En la pantalla aparecían desprovistas de todo lo añadido por el narrador, que no era poco.

    Me temo que estamos perdiendo el arte de contar películas o inventarse historias como las de Manolo, aquel que triunfó de la mano del músico norteamericano. La transmisión oral retrocede a marchas forzadas y, al mismo tiempo, la predisposición a escuchar, que requiere a veces la credulidad de quien sabe del engaño, pero lo agradece por provenir de una imaginación convertida en un tesoro a cuidar. Hagámoslo, incluso con cuidados intensivos, aunque solo sea como un inútil acto de rebeldía ante tanta mediocridad.

  • Magdalenas y chocolate

    Magdalenas y chocolate

    La relación de Marcel Proust con las magdalenas es un tópico mil veces repetido por quienes se ocupan de los estímulos sensoriales de la memoria. Mis lecturas del clásico francés son de una lejana juventud y apenas he mantenido una familiaridad con su obra. No obstante, cada vez que escucho la historia de esa magdalena de tan altas competencias recuerdo dos evidencias incontestables: a la hora de desayunar me gustan desde pequeño las magdalenas y, puestos a recordar algo memorable con motivo de su degustación, vuelvo a las propias magdalenas, pero solo las amasadas por la señora María.

    Hasta los nueve años viví en un bajo situado en una calle donde la convivencia vecinal estaba repleta de anécdotas, pronto compartidas por quienes las conocían como si fueran de su propia familia. A falta de otras distracciones, las tardes de verano las pasaba con varios niños en una acera convertida en nuestro parque temático. En invierno, con la temprana oscuridad, andábamos más recogidos, preferentemente en casa de Federico, donde había televisión y vivía una señora María siempre ocupada en la cocina.

    La economía doméstica de la calle tenía detalles propios de una socialización basada en el intercambio. Mi madre, por ejemplo, tricotaba prendas para los hijos de la señora María, pero yo merendaba en calidad de invitado cada tarde de invierno en su casa porque, puestos a preparar magdalenas, aquellas carecían de parangón.

    Ahora, cada vez que entro en una panadería, me apena un tanto ver hasta qué punto las magdalenas puestas a la venta están normalizadas como producto. Las presentes en la bollería industrial de los supermercados me parecen tristes, tan pequeñas e iguales como desaboridas, y me producen un rechazo visceral. Paso de largo al verlas.

    Las amasadas por la señora María pertenecían a una edad de oro, la de nuestra infancia, donde los parámetros industriales para la venta ni siquiera estaban en la imaginación. En aquella casa con un padre camionero todo era modesto, pero en temas de alimentación la abundancia resultaba sorprendente. Así, puestos a amasar y hornear las propias magdalenas, la señora María calculaba a su manera la masa de cada unidad.

    El resultado era una sorpresa diaria que a menudo rivalizaba con las de otras tardes gracias a una cantidad de masa equivalente a la empleada para una toña. El producto final, calentito todavía, era una magdalena no solo jugosa, sino con el tamaño de una pelota de balonmano que requería el apoyo de toda la mano, incluso de las dos en momentos de apuro.

    Una magdalena de la señora María bastaba como merienda. Ahora también llegaría bien alimentado hasta el día siguiente. Sin embargo, por entonces había un apetito propio de la niñez y la acompañaba con una delgada barreta de chocolate con estampas de Mowgli y otros personajes de la versión cinematográfica de El libro de la selva (1967), que habíamos visto con un entusiasmo todavía perdurable en mi caso.

    La descomunal magdalena contrastaba con la delgadez de la barreta de chocolate que nos permitía completar un mancomunado libro de estampas relacionadas con la película. La solución pasaba por una estratégica dosificación. A un contundente bocado de la gollería amasada por la señora María le sucedía un bocadito, una especie de delicatessen, de la barrita de chocolate. Así, a base de economías, llegábamos satisfechos tras la ingesta de la magdalena sin que hubiera terminado el imprescindible chocolate.

    La dosificación requería raciocinio para no dejarse llevar por los instintos. Lo manteníamos, a pesar de que el futuro estímulo sensorial venía acompañado del entusiasmo con que veíamos las aventuras de Bugs Buuny y sus colegas de las series de los Looney Tunes y Merrie Melodies producidas por la Warner.

    Ahora, cada vez que busco las melodías de esas series en You Tube, casi salivo porque las asocio con las magdalenas acompañadas de su barrita de chocolate y la estampa de Mowgli. Todo es recuperable gracias a la actual tecnología. Solo falta el voraz apetito de aquellas meriendas, la satisfacción de estar rodeados de amiguitos y nuestro saludo de iniciados: “¿Qué hay de nuevo, viejo?”, que hasta puedo escucharlo con el acento del Bronx de la versión original.

    La tecnología nos devuelve todo lo imaginable, pero para volver a la infancia, de verdad, seguimos requiriendo la imaginación despertada por algún estímulo sensorial. Lo explicó Marcel Proust en Á la recherche du temps perdu, que es un libro exquisito, pero en la España de los sesenta, en aquella humilde calle, lo estábamos aprendiendo a bocado limpio. Nunca lo he olvidado.

  • De Juanito a Ignacio

    De Juanito a Ignacio

    Junto con mis primos el día de la primera comunión

    El Juanito de las historias ejemplares siempre acababa teniendo un correlato real. Mi hermana, al leer la anterior entrada del blog, me contó lo sucedido hacia mediados de los años cincuenta, cuando siendo una niña acudió junto con las compañeras de clase a ver el cadáver de Juanito, que vivía en una modestísima vivienda y permanecía en su cama. También iría al Cielo, porque el chavalillo ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar y expulsar las correspondientes serpientes.

    La visita de unos niños al domicilio mortuorio para ver al compañero fallecido no parece adecuada para las actividades extraescolares, pero nos habla de una época donde la muerte era una constante alejada de los eufemismos actuales. Vivir sabiéndose mortales desde el primer momento, con el consiguiente castigo o premio, suponía un objetivo educativo que iba más allá de las clases de religión.

    Las continuas alusiones a la muerte en las aulas venían envueltas en los recursos de la ficción, tan habituales en los libros y las explicaciones del profesorado. Algún ejemplo daremos en una entrada dedicada a aquellas tardes de mayo en que íbamos «con flores a María», previo pago de un ramo capaz de descabalar la economía doméstica de la semana.

    El problema de la ficción es que suele ser una mentira con base real y, cuando esta última aparece con su crudeza, la muerte cercana nunca nos coge preparados y menos siendo niños. Así sucedió con Ignacio, el menudo chavalín que conocí poco después de debutar como comulgante obligado a presentarse cada domingo en la sacristía para que me sellaran un certificado de asistencia. Sin la presentación del mismo los lunes, los recreos se convertían en horas de estudio en clase.

    Ignacio llegó procedente del País Vasco cuando el curso estaba muy avanzado. Su padre había sido destinado a Alicante para ocupar un alto puesto en una empresa y la familia le acompañó. Ante la necesidad de escolarizarlo en esas circunstancias, los padres decidieron matricularlo en un colegio situado al lado de la empresa y cerca de su nuevo domicilio.

    La circunstancia era extraordinaria. Ignacio debía haber ido a un colegio como los Jesuitas o los Maristas. Nunca a uno público, donde nadie esperaba ver a un niño de una familia acomodada. Sorpresas da la vida y el chavalín, de modales desconocidos en aquel centro, se presentó en clase cuando apenas faltaban unas semanas para terminar el curso.

    Ignacio vendría con alguna recomendación y don Emilio lo sentó junto a mí, porque no era «un revolica» y apuntaba como «bachiller» capaz de superar el examen de ingreso. De hecho, al finalizar el horario escolar acudía a clases voluntarias provisto de la Enciclopedia Álvarez, la suma de todos los saberes imaginables.

    Don Emilio me aleccionó para que le ayudara a ponerse al día. Siempre he sido cumplidor y así lo hice. Además, Ignacio parecía sacado de las historias de Emily Blyton, que por entonces leía esperando que, en algún momento, los cinco protagonistas extendieran un mantel sobre el césped para merendar un emparedado con pepinillos, mientras yo devoraba el bocadillo con morcillas que me preparaba la yaya.

    La figura menuda de Ignacio contrastaba con mis generosas carnes, que fueron sacrificadas al iniciar el bachillerato. Parecíamos Stan Laurel y Oliver Hardy. Así íbamos a todas partes durante aquellas semanas finales del curso. También a su casa, a donde acudí aleccionado por mi padre porque el de Ignacio era un cliente del banco y peinado por mi madre, que me repasó para evitar algún descosido.

    Nunca conocí a su padre porque, en pleno desarrollismo, los pluriempleados apenas aparecían por casa antes de la hora de cenar. Su madre, una señora elegante y delgada también parecía un personaje de Emily Blyton. Después de hacer los deberes y antes de jugar, nos traía la merienda en una bandeja y con servilletas. Faltaban las morcillas, pero años después comprendí que había tenido una experiencia british donde cabía ponderar la jugosidad de unas rodajas de pepino bien cortadas.

    Nuestra amistad fue fugaz, aunque firme porque aquel chavalín era tan educado como respetuoso. Le tomé afecto y, al llegar el verano, sacamos buenas notas y nos despedimos, pues se marchó a las «provincias vascongadas» con el resto de su familia.

    Al volver de vacaciones, Ignacio no apareció en clase. Nunca he dejado de preguntar, incluso de niño, pero nadie me daba una respuesta hasta que un día don José, el maestro, me puso la mano en el hombro y con palabras cariñosas me explicó lo sucedido a raíz de un trágico accidente de tráfico.

    Poco después vi a la madre por la calle, me sonrió y se acercó a darme un par de besos sin pronunciar una sola palabra. Mi hermano, once años mayor que yo, hizo el resto para explicarme lo que suponía la muerte de alguien cercano, aunque fuera tan inaceptable.

    Al cabo de los años, descubrí que don José, además de falangista de camisa azul, era un poeta en la senda de Dionisio Ridruejo. Leí con admiración algunos de sus poemas, como recordé a aquella señora y siempre tengo presente a mi hermano ya fallecido. Los tres, lejos del terror de curas como el Belfegor de la primera comunión, me dieron una enseñanza de vida, que todavía agradezco y procuro emular haciendo uso de la sensibilidad, el respeto y la educación en las aulas o en cualquier otro lugar.

  • La comunión de Belfegor

    La comunión de Belfegor

    La fe religiosa, entendida como alumbramiento, suele aparecer en un clima de trascendencia cuando forma parte de la ficción. El cine del franquismo es pródigo en ejemplos, filmados con una cámara situada en una grúa para captar los iluminados rostros de quienes reciben la buena nueva. La presencia divina, apenas entrevista para no faltar al decoro y el misterio, habla desde el más allá con una dicción ajena al menor titubeo. Si se trata de la Virgen, bien relacionada con los niños como madre, la autoridad se atempera con notas de dulzura. En cualquier caso, la trascendencia del momento no admite dudas o escepticismos. La fe recreada en estos rituales de la ficción deriva en una cuestión de pompa y circunstancia.

    La vida discurre por otros derroteros. En alguno dejaría olvidada esa fe religiosa si la tuve más allá del día en que me disfracé de «marinerito» para debutar como comulgante. Una vez perdida, la recuperación debería pasar por un momento digno de la cámara de un Rafael Gil o un Ladislao Vajda. Me habría gustado vivirlo «transido de emoción», pero las experiencias reales fueron mediocres. La consecuencia es una vida de impenitente descreído.

    El recuerdo de los profesores de Religión durante el bachillerato es una suma de anécdotas nada evangélicas. Ninguno, con sotana o alzacuellos, tuvo la capacidad de avivar la fe perdida. Tal vez la única que «creyera» fuera una misionera en África que durante unos meses impartió la asignatura sustituyendo al cura que venía, de Pascuas a Ramos, montado en un flamante Morris cuando el resto del profesorado aspiraba a un SEAT 600.

    La misionera llegaba a pie y en sandalias de aires franciscanos. La mujer era cariñosa, alentaba la participación y le pedíamos que contara historias de «los chinitos». Tal vez porque recordáramos las huchas con forma de cabezas de orientales utilizadas para las cuestaciones. La mujer con paciencia infinita nos recordaba que sus experiencias fueron con «negritos» y, a continuación, las relataba. África en mi imaginario eran las películas de Tarzán y disfrutaba al escucharlas, aunque sin el provecho religioso que se suponía porque nunca dejé de esperar la aparición de la mona Chita.

    Las historias de la misionera las escuché con más atención que devoción y, sobre todo, agradecí que evitara la trascendencia o el encogimiento de ánimo. Las experiencias en este sentido fueron traumatizantes desde que en 1966 tomara la primera y última comunión, justo después de asistir a un cursillo acelerado en una parroquia cercana al colegio.

    El párroco era un anciano rapado, alto y con una sotana raída. Los atrevidos habían visto poco antes Belfegor, el fantasma del Louvre (1965), de Claude Barna, y pronto aquel malhumorado hombre recibió el apodo de Belfegor, aunque en la cabeza no llevara la caja de galletas que suponíamos en el terrorífico fantasma de la serie francesa.

    La doctrina, al igual que cuando en mayo íbamos «con flores a María», quedaba reducida a una serie de historias edificantes. Su mensaje no admitía dudas o lecturas abiertas. Al contrario, escuchado por unos niños, equivalía a un alumbramiento, aunque sin el encanto de lo cinematográfico porque el párroco solo disponía de sus dotes oratorias.

    El protagonista de estas historias era Juanito, epítome de todos nosotros hasta el punto de terminar comulgando en compañía de un amigo imaginario capaz de acompañarnos en nuestro camino hacia la fe. La vida de Juanito estaba marcada por la superación y, dispuestos a competir en esa carrera de obstáculos y tentaciones, admirábamos el faro que Juanito suponía.

    La víspera de la comunión era trascendental porque, se rumoreaba, debíamos confesar hasta el último pecado para recibir la hostia. Durante la semana previa hubo debates en el colegio acerca del alcance de la confesión. Los radicales hablaban de todos los pecados, incluidos los de la gula al merendar, mientras que los relativistas negociaban algún olvido para mantener el decoro de una vida que para nuestra desgracia lucía «máculas».

    El párroco, alineado con los radicales, despejó cualquier duda con la más impactante historia de Juanito. El niño también debía confesar antes de comulgar. Llegado el día, de su boca salieron tantas serpientes como pecados había cometido. Todos descubrimos entonces que la vida del ejemplar compañero había sido la de un depravado, solo salvado por la expectoración de unos reptiles que a modo de metáfora resultaban clarificadores.

    Aliviados de la salvación de Juanito mediante la confesión, el párroco volvió a encogernos el ánimo con unos puntos suspensivos. Por la boca del niño asomaba una serpiente enorme que no terminaba de salir como el resto. El pecado debía ser mayúsculo y, en contra de los preceptos, el hasta entonces ejemplar Juanito lo calló y osó comulgar siendo pecador.

    La ceremonia transcurrió con normalidad, el niño lució su traje de «marinerito» y los familiares compartieron la felicidad de acogerlo en la fe. Justo entonces, a la salida del templo, el alocado Juanito cruzó la calle sin mirar a izquierda y derecha. Un coche, probablemente un 600, le atropelló y la primera comunión fue la última porque el marinerito emprendió el camino hacia el Cielo.

    La muerte era compatible con el consuelo. Juanito había muerto, pero en gracia de Dios porque ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar después de comulgar. La explicación del párroco tranquilizó los ánimos. Una vez aliviados, nos recordó esa serpiente que nunca terminó de salir por la boca. Juanito no solo fue un depravado, sino que comulgó sin haber borrado el último y más grave pecado gracias a la confesión. La consecuencia era el infierno, que en nuestros libros tenía una pinta horrorosa acrecentada por la eternidad.

    Conmovidos por el destino de nuestro amigo, los debates sobre el alcance de la confesión cesaron y todos acudimos al confesionario con el ánimo de expulsar hasta la última serpiente, aunque estuviera vinculada con una chocolatina saboreada con gula. Y así comulgamos al día siguiente, aliviados por estar en gracia de Dios y sin sufrir accidentes, pues hasta nos cogimos de la mano de nuestros padres antes de cruzar la calle.

    Eso sí, al cabo de algún tiempo, pensé que Belfegor no debió ir en compañía de niños, conté esta historia a mi padre y entonces me explicó las razones por las cuales nunca pisé un colegio de curas. Ni siquiera un templo, desde que la firma del párroco dejó de ser obligatoria para disfrutar del recreo.