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  • De Juanito a Ignacio

    De Juanito a Ignacio

    Junto con mis primos el día de la primera comunión

    El Juanito de las historias ejemplares siempre acababa teniendo un correlato real. Mi hermana, al leer la anterior entrada del blog, me contó lo sucedido hacia mediados de los años cincuenta, cuando siendo una niña acudió junto con las compañeras de clase a ver el cadáver de Juanito, que vivía en una modestísima vivienda y permanecía en su cama. También iría al Cielo, porque el chavalillo ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar y expulsar las correspondientes serpientes.

    La visita de unos niños al domicilio mortuorio para ver al compañero fallecido no parece adecuada para las actividades extraescolares, pero nos habla de una época donde la muerte era una constante alejada de los eufemismos actuales. Vivir sabiéndose mortales desde el primer momento, con el consiguiente castigo o premio, suponía un objetivo educativo que iba más allá de las clases de religión.

    Las continuas alusiones a la muerte en las aulas venían envueltas en los recursos de la ficción, tan habituales en los libros y las explicaciones del profesorado. Algún ejemplo daremos en una entrada dedicada a aquellas tardes de mayo en que íbamos «con flores a María», previo pago de un ramo capaz de descabalar la economía doméstica de la semana.

    El problema de la ficción es que suele ser una mentira con base real y, cuando esta última aparece con su crudeza, la muerte cercana nunca nos coge preparados y menos siendo niños. Así sucedió con Ignacio, el menudo chavalín que conocí poco después de debutar como comulgante obligado a presentarse cada domingo en la sacristía para que me sellaran un certificado de asistencia. Sin la presentación del mismo los lunes, los recreos se convertían en horas de estudio en clase.

    Ignacio llegó procedente del País Vasco cuando el curso estaba muy avanzado. Su padre había sido destinado a Alicante para ocupar un alto puesto en una empresa y la familia le acompañó. Ante la necesidad de escolarizarlo en esas circunstancias, los padres decidieron matricularlo en un colegio situado al lado de la empresa y cerca de su nuevo domicilio.

    La circunstancia era extraordinaria. Ignacio debía haber ido a un colegio como los Jesuitas o los Maristas. Nunca a uno público, donde nadie esperaba ver a un niño de una familia acomodada. Sorpresas da la vida y el chavalín, de modales desconocidos en aquel centro, se presentó en clase cuando apenas faltaban unas semanas para terminar el curso.

    Ignacio vendría con alguna recomendación y don Emilio lo sentó junto a mí, porque no era «un revolica» y apuntaba como «bachiller» capaz de superar el examen de ingreso. De hecho, al finalizar el horario escolar acudía a clases voluntarias provisto de la Enciclopedia Álvarez, la suma de todos los saberes imaginables.

    Don Emilio me aleccionó para que le ayudara a ponerse al día. Siempre he sido cumplidor y así lo hice. Además, Ignacio parecía sacado de las historias de Emily Blyton, que por entonces leía esperando que, en algún momento, los cinco protagonistas extendieran un mantel sobre el césped para merendar un emparedado con pepinillos, mientras yo devoraba el bocadillo con morcillas que me preparaba la yaya.

    La figura menuda de Ignacio contrastaba con mis generosas carnes, que fueron sacrificadas al iniciar el bachillerato. Parecíamos Stan Laurel y Oliver Hardy. Así íbamos a todas partes durante aquellas semanas finales del curso. También a su casa, a donde acudí aleccionado por mi padre porque el de Ignacio era un cliente del banco y peinado por mi madre, que me repasó para evitar algún descosido.

    Nunca conocí a su padre porque, en pleno desarrollismo, los pluriempleados apenas aparecían por casa antes de la hora de cenar. Su madre, una señora elegante y delgada también parecía un personaje de Emily Blyton. Después de hacer los deberes y antes de jugar, nos traía la merienda en una bandeja y con servilletas. Faltaban las morcillas, pero años después comprendí que había tenido una experiencia british donde cabía ponderar la jugosidad de unas rodajas de pepino bien cortadas.

    Nuestra amistad fue fugaz, aunque firme porque aquel chavalín era tan educado como respetuoso. Le tomé afecto y, al llegar el verano, sacamos buenas notas y nos despedimos, pues se marchó a las «provincias vascongadas» con el resto de su familia.

    Al volver de vacaciones, Ignacio no apareció en clase. Nunca he dejado de preguntar, incluso de niño, pero nadie me daba una respuesta hasta que un día don José, el maestro, me puso la mano en el hombro y con palabras cariñosas me explicó lo sucedido a raíz de un trágico accidente de tráfico.

    Poco después vi a la madre por la calle, me sonrió y se acercó a darme un par de besos sin pronunciar una sola palabra. Mi hermano, once años mayor que yo, hizo el resto para explicarme lo que suponía la muerte de alguien cercano, aunque fuera tan inaceptable.

    Al cabo de los años, descubrí que don José, además de falangista de camisa azul, era un poeta en la senda de Dionisio Ridruejo. Leí con admiración algunos de sus poemas, como recordé a aquella señora y siempre tengo presente a mi hermano ya fallecido. Los tres, lejos del terror de curas como el Belfegor de la primera comunión, me dieron una enseñanza de vida, que todavía agradezco y procuro emular haciendo uso de la sensibilidad, el respeto y la educación en las aulas o en cualquier otro lugar.

  • La comunión de Belfegor

    La comunión de Belfegor

    La fe religiosa, entendida como alumbramiento, suele aparecer en un clima de trascendencia cuando forma parte de la ficción. El cine del franquismo es pródigo en ejemplos, filmados con una cámara situada en una grúa para captar los iluminados rostros de quienes reciben la buena nueva. La presencia divina, apenas entrevista para no faltar al decoro y el misterio, habla desde el más allá con una dicción ajena al menor titubeo. Si se trata de la Virgen, bien relacionada con los niños como madre, la autoridad se atempera con notas de dulzura. En cualquier caso, la trascendencia del momento no admite dudas o escepticismos. La fe recreada en estos rituales de la ficción deriva en una cuestión de pompa y circunstancia.

    La vida discurre por otros derroteros. En alguno dejaría olvidada esa fe religiosa si la tuve más allá del día en que me disfracé de «marinerito» para debutar como comulgante. Una vez perdida, la recuperación debería pasar por un momento digno de la cámara de un Rafael Gil o un Ladislao Vajda. Me habría gustado vivirlo «transido de emoción», pero las experiencias reales fueron mediocres. La consecuencia es una vida de impenitente descreído.

    El recuerdo de los profesores de Religión durante el bachillerato es una suma de anécdotas nada evangélicas. Ninguno, con sotana o alzacuellos, tuvo la capacidad de avivar la fe perdida. Tal vez la única que «creyera» fuera una misionera en África que durante unos meses impartió la asignatura sustituyendo al cura que venía, de Pascuas a Ramos, montado en un flamante Morris cuando el resto del profesorado aspiraba a un SEAT 600.

    La misionera llegaba a pie y en sandalias de aires franciscanos. La mujer era cariñosa, alentaba la participación y le pedíamos que contara historias de «los chinitos». Tal vez porque recordáramos las huchas con forma de cabezas de orientales utilizadas para las cuestaciones. La mujer con paciencia infinita nos recordaba que sus experiencias fueron con «negritos» y, a continuación, las relataba. África en mi imaginario eran las películas de Tarzán y disfrutaba al escucharlas, aunque sin el provecho religioso que se suponía porque nunca dejé de esperar la aparición de la mona Chita.

    Las historias de la misionera las escuché con más atención que devoción y, sobre todo, agradecí que evitara la trascendencia o el encogimiento de ánimo. Las experiencias en este sentido fueron traumatizantes desde que en 1966 tomara la primera y última comunión, justo después de asistir a un cursillo acelerado en una parroquia cercana al colegio.

    El párroco era un anciano rapado, alto y con una sotana raída. Los atrevidos habían visto poco antes Belfegor, el fantasma del Louvre (1965), de Claude Barna, y pronto aquel malhumorado hombre recibió el apodo de Belfegor, aunque en la cabeza no llevara la caja de galletas que suponíamos en el terrorífico fantasma de la serie francesa.

    La doctrina, al igual que cuando en mayo íbamos «con flores a María», quedaba reducida a una serie de historias edificantes. Su mensaje no admitía dudas o lecturas abiertas. Al contrario, escuchado por unos niños, equivalía a un alumbramiento, aunque sin el encanto de lo cinematográfico porque el párroco solo disponía de sus dotes oratorias.

    El protagonista de estas historias era Juanito, epítome de todos nosotros hasta el punto de terminar comulgando en compañía de un amigo imaginario capaz de acompañarnos en nuestro camino hacia la fe. La vida de Juanito estaba marcada por la superación y, dispuestos a competir en esa carrera de obstáculos y tentaciones, admirábamos el faro que Juanito suponía.

    La víspera de la comunión era trascendental porque, se rumoreaba, debíamos confesar hasta el último pecado para recibir la hostia. Durante la semana previa hubo debates en el colegio acerca del alcance de la confesión. Los radicales hablaban de todos los pecados, incluidos los de la gula al merendar, mientras que los relativistas negociaban algún olvido para mantener el decoro de una vida que para nuestra desgracia lucía «máculas».

    El párroco, alineado con los radicales, despejó cualquier duda con la más impactante historia de Juanito. El niño también debía confesar antes de comulgar. Llegado el día, de su boca salieron tantas serpientes como pecados había cometido. Todos descubrimos entonces que la vida del ejemplar compañero había sido la de un depravado, solo salvado por la expectoración de unos reptiles que a modo de metáfora resultaban clarificadores.

    Aliviados de la salvación de Juanito mediante la confesión, el párroco volvió a encogernos el ánimo con unos puntos suspensivos. Por la boca del niño asomaba una serpiente enorme que no terminaba de salir como el resto. El pecado debía ser mayúsculo y, en contra de los preceptos, el hasta entonces ejemplar Juanito lo calló y osó comulgar siendo pecador.

    La ceremonia transcurrió con normalidad, el niño lució su traje de «marinerito» y los familiares compartieron la felicidad de acogerlo en la fe. Justo entonces, a la salida del templo, el alocado Juanito cruzó la calle sin mirar a izquierda y derecha. Un coche, probablemente un 600, le atropelló y la primera comunión fue la última porque el marinerito emprendió el camino hacia el Cielo.

    La muerte era compatible con el consuelo. Juanito había muerto, pero en gracia de Dios porque ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar después de comulgar. La explicación del párroco tranquilizó los ánimos. Una vez aliviados, nos recordó esa serpiente que nunca terminó de salir por la boca. Juanito no solo fue un depravado, sino que comulgó sin haber borrado el último y más grave pecado gracias a la confesión. La consecuencia era el infierno, que en nuestros libros tenía una pinta horrorosa acrecentada por la eternidad.

    Conmovidos por el destino de nuestro amigo, los debates sobre el alcance de la confesión cesaron y todos acudimos al confesionario con el ánimo de expulsar hasta la última serpiente, aunque estuviera vinculada con una chocolatina saboreada con gula. Y así comulgamos al día siguiente, aliviados por estar en gracia de Dios y sin sufrir accidentes, pues hasta nos cogimos de la mano de nuestros padres antes de cruzar la calle.

    Eso sí, al cabo de algún tiempo, pensé que Belfegor no debió ir en compañía de niños, conté esta historia a mi padre y entonces me explicó las razones por las cuales nunca pisé un colegio de curas. Ni siquiera un templo, desde que la firma del párroco dejó de ser obligatoria para disfrutar del recreo.

  • De Groucho Marx a Jesucristo

    De Groucho Marx a Jesucristo

    José María Ovies Morán

    Mi abuelo Pepe, el materno, porque el paterno también era Pepe, así como mi padre y mi hermano, en junio de 1956 regaló un disco a este último. Semejantes gestos debían estar bien motivados porque el dispendio resultaba notable. En esta ocasión, a los nueve años Pepito había superado el examen de ingreso en el bachillerato y el abuelo estaría especialmente contento porque era su primer nieto. Al tercero, yo, apenas lo pudo conocer durante su enfermedad terminal.

    El disco era una adaptación firmada por el escritor y guionista radiofónico Ventura Porta Rosés (1917-1983) a partir de La isla del tesoro, la célebre obra de Robert Louis Stevenson. En apenas treinta y cuatro minutos, incluidos los de la excelente música de Rafael Ferrer, la aventura protagonizada por Jim Hawkins alentaba la imaginación de quienes escucharon un disco que fue premiado cuando se lanzó al mercado con notable éxito.

    La isla del tesoro, con su inconfundible carátula, permaneció en nuestra casa durante muchos años. Al igual que algunas prendas, los regalos de los hermanos mayores también se pasaban a los pequeños y, a mediados de los sesenta, cuando ya andaba cerca de mi examen de ingreso, en numerosas ocasiones escuché un disco que casi memoricé. El provecho sería notable porque la adaptación del relato es una maravilla de la síntesis narrativa.

    La novela de Robert Louis Stevenson debería ser una lectura obligatoria para los chavales, pero la disfruté como estudiante universitario. Mientras tanto, tuve en la imaginación lo fundamental de una aventura con todos los ingredientes para la fascinación, gracias al trabajo de José Luis Barcelona, que por entonces triunfaba junto a Mario Cabré en Reina por un día (TVE) y dirigió la grabación de La isla del tesoro.

    La tecnología puede ser una aliada de la memoria. Ahora, cuando aquel disco solo formaba parte de lo remoto, he podido volver a escucharlo con emoción en una grabación del portal Ivoox. Los compases iniciales, con la estupenda canción de los piratas, provocaron alguna lágrima porque, al cabo de sesenta años, volvía a ser el niño que una y otra vez escuchaba el disco sin perder el mínimo detalle. A mi manera, yo también fui Jim Hawkins y hasta imaginé a John Silver, con su pata de palo, antes de verlo interpretado por Orson Welles en una película de 1972.

    La isla del tesoro debe tener toneladas de bibliografía crítica, pero yo solo recordaba que los malos verdaderamente malos eran personajes secundarios, mientras que los malos a secas, como John Silver y el misterioso capitán que se aloja al principio del relato en la posada del Almirante Bembow, también eran buenos, aunque a su manera. Y, claro está, los oficialmente buenos lo eran hasta extremos inconmensurables. La tranquilidad, por lo tanto, estaba garantizada, mientras seguíamos la pista del tesoro escondido por el capitán Flint, que debió ser de aúpa porque hasta los marineros españoles temían sus piraterías.

    También recordaba con precisión la voz del narrador, pero desconocía su nombre porque por entonces nadie se preocupaba de informar acerca de quienes prestaron sus maravillosas voces de doblaje a los más afamados intérpretes. El narrador de La isla del tesoro es José M.ª Ovies Morán (1904-1965), que desde poco antes de la guerra dirigió los estudios de doblaje de la MGM en Barcelona.

    El excelente trabajo del actor asturiano está en consonancia con otros muchos destinados a la gran pantalla, donde apenas apareció con su rostro porque, supongo, no era precisamente un galán. Lo suyo era la voz y para la imagen ya tenía una pléyade de intérpretes norteamericanos capaces de envidiar su locución como hiciera Woody Allen cuando conoció a Miguel Ángel Valdivieso, el primer doblador de sus películas.

    La admiración me ha llevado a buscar algo más sobre José M.ª Ovies Morán, que tendría su historia personal porque en el Centro de Documentación de la Memoria Histórica cuenta con una ficha, probablemente por su colaboración en las emisoras republicanas durante la Guerra Civil. Al parecer, el castigo fue leve y pudo ejercer como director de los estudios de la MGM hasta su temprano fallecimiento.

    Antes de la guerra, José M.ª Ovies Morán ya había sido la voz de Groucho Marx en la célebre escena de la segunda parte de la parte contratante, por la que si hubiera cobrado derechos de autor habría sido millonario. Nunca lo fue y siguió prestando su voz a numerosos intérpretes norteamericanos, pero también al mismísimo Jesucristo en la inquietante escena final de Marcelino pan y vino (1955), cuando el angelical Pablito Calvo, que acabó hecho un demonio, es invitado al sueño eterno con el previsible entusiasmo de Fray Papilla y sus colegas. Su voz incluso se puso al servicio de la censura en escenas como la del desenlace de Ladrón de bicicletas. El rostro del angustiado niño contradice lo escuchado por orden de los censores franquistas.

    Los datos están al alcance de cualquier porque son el fruto de una brillante trayectoria como actor de doblaje. En mi memoria, ajena a Google, siempre quedará la voz de un locutor capaz de pronunciar todos y cada uno de los fonemas con una perfección apabullante, la que me hacía quedarme quieto y atento, mientras escuchaba una y otra vez la historia de aquellos piratas tan entusiastas del ron.

  • ¡¡¡Gorgorito, por ahí, por ahí!!!

    ¡¡¡Gorgorito, por ahí, por ahí!!!

    Uno de los problemas de cumplir años, demasiados, es acabar convertido en materia histórica. El pasado mes de septiembre, cuando asistí en Alcalá de Henares a un congreso sobre la cultura durante el franquismo, tuve la ocasión de escuchar la comunicación de un investigador que hablaba del teatro de marionetas. En un determinado momento, Rafa Segura comentó las andanzas de Gorgorito, el popular personaje de Maese Villarejo, y la escasez de testimonios de quienes lo vieron repartir mandobles con su tremenda estaca.

    Yo era uno de esos niños de los años sesenta que cada verano, poco después de las fiestas locales, asistía a las representaciones de un ambulante teatro de marionetas en compañía de otros muchos chavales. Provistos de merienda y junto con nuestras madres o abuelas, los padres solían estar ausentes, nos sentábamos en unas sillas de madera que apenas parecían incómodas porque pasábamos la mayor parte del tiempo de pie. Tal era la tensión con la que vivíamos las aventuras de Gorgorito, siempre acechado por la bruja y el ogro hasta que ambos recibían los correspondientes estacazos.

    Desde hace más de cuarenta años explico en clase el doble sistema de comunicación que caracteriza al teatro frente a la literatura. Gracias al mismo, el público interactúa con la representación, aunque solo sea mediante un silencio respetuoso. No era así en aquellas veladas infantiles. Todos gritábamos como si no hubiera un mañana cuando por una esquina acechaba el ogro -¡¡¡por ahí, por ahí!!!, señalábamos con el acusador dedo índice- o la bruja Ciriaca intentaba engañar a Gorgorito empleando las artimañas de quien era «la mala» capaz de raptar a Rosalinda, la «buena» a la que debíamos rescatar. El consenso al respeto pasaba por la unanimidad de un enfervorizado público que, llegado el momento de los estacazos, habría repartido también lo suyo gracias a una empatía ganada con los más elementales recursos. Funcionaban, ya lo creo…

    El castigo corporal todavía era una práctica habitual en muchas familias de la época. Incluso estaba más o menos admitido en las aulas, aunque hubiera quedado reducido al palmetazo en la punta de los dedos, que dolía y sobre todo humillaba. Los «revoltosos» capaces de emular a Zipi y Zape lo tenían crudo por entonces, pero los «tranquilitos» tampoco estábamos libres de recibir porque se repartía bastante y no siempre con criterio. Así que, cuando veíamos a Gorgorito, nuestro héroe, dando estacazos a troche y moche supongo que liberábamos tensión acumulada. La función catártica del teatro, en su versión más elemental y efectiva, quedaba demostrada con cada representación de la compañía ambulante de Maese Villarejo.

    Gracias a Rafa Segura, actor, dramaturgo e investigador, ahora conozco mejor el origen de aquel Gorgorito y de su creador en plena Victoria, que fue Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna (1922-1986). Por entonces, y de acuerdo con los tiempos, el protagonista de las marionetas respondía al nombre de Juanín el Flecha en obras acordes con Periquito contra los monstruos de la democracia, que se divulgó gracias a la muchachada falangista del SEU.

    El tal Periquito se jubiló y a Gorgorito le conocería un tanto desbravado en los años sesenta porque había llegado la etapa de los XXV Años de Paz. Los estacazos permanecían, pero debían concentrarse en un mal universal o ficticio. Afortunadamente, pues Gorgorito seguía fiel al principio de que no hay problema irresoluble si se dispone de una estaca descomunal con la que repartir «su merecido».

    El determinismo de la herencia familiar, la educación recibida y hasta de la época vivida durante la infancia es, a veces, una coartada destinada a justificar carencias individuales o la falta de voluntad para superarlas. Nunca he renegado de mi etapa escolar en un colegio con maestros que llevaban la camisa azul de los falangistas. Tampoco de los muchos Gorgoritos que fueron nuestros referentes de una ficción donde siempre había una Rosalinda a la espera del rescate. Ahí están, en una memoria que respeto y hasta recreo para convertirla en materia de reflexión. También de superación, pues hace tiempo que comprendí la inutilidad del estacazo para espantar los temores capaces de acechar por una esquina del escenario de la vida. Eso sí, a veces resulta imposible no desear repartirlos, aunque sea en modo dialéctico, que resulta más respetuoso con la integridad ajena.

    Rafa Segura me acaba de mandar su reciente edición de El Búho (Valencia, Sala Carme Teatre, 2025)la obra teatral donde da cuenta de parte de su investigación sobre la homónima compañía valenciana de la FUE que durante la II República intentó alegrar a la chavalería, y a otros públicos, con unas marionetas más cercanas al espíritu de las empleadas por Federico García Lorca. Aquella aventura teatral terminó con la guerra, el exilio y la represión franquista, justo cuando Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna creó su popular personaje, que fue un vencedor durante décadas en que alegró con sus aventuras las tardes de tantos niños.

    Ahora tengo noticia de que Gorgorito sigue de gira, aunque lo supongo tranquilizado y acorde con los tiempos. Incluso es posible que Rosalinda sea más protagonista de su propio destino. Me alegro por la chavalería que necesita de sus aventuras y de la experiencia de ser parte de un público capaz de vibrar con una representación. También porque, gracias a Rafa Segura y su tesis doctoral en marcha, sabemos de ese origen que tanto explica, de unas marionetas que también hicieron la guerra y padecieron la doble suerte del vencedor y el perdedor.

    Vistas las consecuencias de semejante barbaridad, y reacios a pasar la página de la historia sin haberla leído, prefiero imaginar que me habría alegrado asistir a un desenlace con el ogro y la bruja resucitados tras la tunda de estacazos. Y saludando al respetable, porque eran «los malos», pero de mentirijillas como en tantas ficciones manejadas por los hilos de los titiriteros. Los necesitamos, como aquellas meriendas sostenidas con una mano mientras que con la otra avisábamos a Gorgorito: ¡¡¡Por ahí, por ahí!!! La valentía de nuestro héroe y la belleza de Rosalinda bien merecían la entusiasta ayuda. La vida ya nos enseñaría a repartir los roles sin semejante sexismo y a respetar a los malos porque, en el fondo, eran de mentirijillas. Los otros nunca participan en una representación de marionetas.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 8 de febrero de 2026.

  • Franco, chocolate y churros

    Franco, chocolate y churros

    Los 20 de noviembre eran días festivos en Alicante. Durante mi estancia en el colegio San Fernando (1964-1968), a pesar de que ya se habían celebrado los XXV años de Paz, las vísperas de esa señalada fecha la ocupábamos en una visita a la casa-prisión de José Antonio. Allí nuestros maestros, con la preceptiva camisa azul, evocaban la ejemplaridad del sacrificio de un líder cuya imagen nos resultaba tan familiar como las de Franco y el crucifijo. Juntos formaban una especie de Santísima Trinidad.

    La visita, como expliqué en Contemos cómo pasó (2015), terminaba con una discusión acerca de si el mendrugo de la celda de José Antonio era el original o lo cambiaban cada año. Los puristas creían en la conservación milagrosa del pan. Los escépticos apuntábamos la posibilidad de la renovación porque, de haber sido un mendrugo de treinta años, aquello debería haberse convertido en un resto arqueológico. 

    Al final, todos juntos, jugábamos un improvisado partido de fútbol en el patio de aquel recinto para culminar una visita donde unos chavales convertían la pared de la ejecución en una portería. El acto era irrespetuoso, pero tampoco parecía respetuoso hablar de fusilamientos y sacrificios ejemplares a quienes llevábamos pantalones cortos por imperativo de la edad.

    A lo largo del bachiller, la festividad del 20 de noviembre en Alicante fue cada vez más extemporánea. La conmemoración del fusilamiento apenas contaba con presencia en la ciudad. Muchos aprovechaban la ocasión para desplazarse a otras localidades y hacer una especie de black Friday sin saber del mismo. Mi padre decidió que ir a Jumilla era una buena oportunidad de comprar vino. En otras ocasiones, el destino fue Jijona para proveernos de turrón a un precio especial porque los fabricantes eran «clientes del banco». Estos detalles de «los clientes» determinaron varios hitos gastronómicos hasta mi entrada en la universidad.

    Bluff fue fusilado por dibujar caricaturas como la del general Franco

    A la altura de 1975, y conocedor de las noticias, mi padre no programó un viaje en el «850» que sustituyó al «600» gracias a su condición de «apoderado del BV». La categoría laboral figuraba en sus tarjetas de visita guardadas en una cajita de plástico. La posesión de esa cajita la añoro, así como la entrega de la correspondiente tarjeta donde ahora figuraría una cualificación que habría enorgullecido al «apoderado», un término que me gustaba tanto como el de «perito».

    El 20 de noviembre de 1975 mi padre madrugó como todos los días. El hábito lo he heredado. Aquella mañana vino a mi habitación, con su sempiterno batín granate, para decirme una sola palabra: «¡Ya!». El resto de la implícita frase lo entendí al instante. A partir de ese momento, el desconcierto en nuestras reacciones fue notable porque «no había costumbre» de que Franco hubiera fallecido.

    El alivio era notable. Los partes del «equipo médico habitual», con su detallismo acerca de las «madejas sanguinolentas», habían preparado el camino, pero algo sonado debía hacerse. Mi padre sacó un billete de veinte duros y me mandó comprar una rueda de churros, toda una rueda, y chocolate. Así, mojando los churros sin temor a que se agotaran, contemplé al cariacontecido Arias Navarro en la tele o escuché las noticias por la radio. La duda permanece, pero lo bien que me sentaron esos churros es un dogma.

    José Robledano fue procesado por caricaturizar al general Franco

    La muerte ajena nunca debe ser motivo de alegría, y menos después de la carnicería a la que fue sometido el general Franco para prolongar su vida, pero conviene reconocer que a veces supone un alivio. El galán del No-Do era por entonces un personaje patético que amenazaba con la inmortalidad. Los secundarios, al menos los procedentes de familias derrotadas en 1939, esperábamos que la productora contratara a un sustituto con mejor presencia. Valía cualquiera y así, con la resignación de haber padecido el pasado, aceptamos al «campechano», que ya sabría de las artes de un buen galán.

    Aquella mañana del 20 de noviembre de 1975 en casa no hubo una celebración más allá de los churros con chocolate. Franco había fallecido, pero el franquismo seguía vivo. La comprobación era tan sencilla como salir a la calle. El problema es que esa mentalidad de un «régimen tenebroso de pícaros, patanes y meapilas» (Javier Cercas) no iba a desaparecer gracias al «hecho biológico». La tarea para convertirnos en un «país normal» (Iñaki Gabilondo) resultaba abrumadora y, sobre todo, no había un manual de instrucciones. Menos todavía un «gran timonel» que nos orientara. No obstante, la necesidad de ser «normales» permitió que la dictadura, a diferencia del dictador, fuera derrotada poco a poco en la calle.

    El aprendizaje de la convivencia durante la Transición fue un empeño colectivo, pero nunca unánime. El franquismo estaba en cualquier esquina y, visto el presente, parece capaz de mutarse para que no podamos comer unos churros con chocolate sin temor de que se agoten o sin la mala conciencia de que engordan. Qué le vamos a hacer. Siempre tendremos a mano las galletas gracias a las pequeñas victorias en el empeño de ser «normales» para que nadie acabe como Bluff o José Robledano. Ni siquiera insultado o difamado, menos condenado, por pensar que las dictaduras donde mejor están es en el recuerdo de lo remoto.

  • Nuestra Brigitte Bardot

    Nuestra Brigitte Bardot

    Los iconos cinematográficos de una época, cuando fallecen, dejan un reguero de recuerdos personales en nuestras experiencias como espectadores o personas de la calle. Brigitte Bardot nos ha dicho adiós a una respetable edad y tras unos cincuenta años alejada de las pantallas. El tiempo transcurrido desde su popularidad como actriz dificulta hablar del presente, el de sus campañas animalistas combinadas con un ideario conservador, y prefiero recordarla cuando en la España de los sesenta era sinónimo de la belleza inalcanzable, aquella que nos llegaba censurada, a cuenta gotas y gracias a referencias lindantes con lo mítico por desconocido.

    Por aquel entonces, yo iba junto con mi padre a ver los partidos del Hércules C.F. en el vetusto estadio de La Viña. El espectáculo no siempre estaba en el escaso césped porque en las gradas muchos deseaban sentirse protagonistas. La ocasión para el consiguiente «lucimiento» llegaba con la presencia de una mujer que, con una cesta repleta de vasitos y dos botellas de coñac Soberano, intentaba ganarse la vida.

    Aquella mujer tenía la cara deformada por un accidente que le dejó una cicatriz enorme. Las burlas de los aficionados eran crueles y, supongo, la vendedora habrá ganado el cielo tras aguantarlas con la resignación de tantas otras mujeres de la época ante las manifestaciones de un machismo desaforado.

    Soberano era «cosa de hombres» como recordaba la publicidad de los anuncios cuando otra marca rivalizaba gracias a una lejana y hermosa mujer a lomos de un caballo blanco. También las bromas pesadas, que a menudo culminaban cuando algún aficionado, más ocurrente, llamaba Brigitte Bardot a aquella vendedora de coñac. La ocurrencia se convirtió en un clásico dominical porque siempre era recibida con risotadas de complicidad.

    Todavía no había cumplido los diez años. A esa edad, la curiosidad apenas permite entender las situaciones vividas. Sin embargo, recuerdo que mi padre nunca reía con esa supuesta broma y, además, cuando pedía su vasito de Soberano lo hacía con un respeto agradecido, tácitamente, por aquella mujer con su silencio y su mirada.

    La lección del ejemplo fue suficiente. No para aprender un comportamiento feminista, sino para algo más básico y fundamental: ser educado y respetuoso con cualquier persona y, especialmente, con aquellas que peor suerte han tenido en el reparto de la vida. La aprendí y desde hace cincuenta años la imparto a mi alumnado sin necesidad de prédicas feministas porque lo básico de las mismas viene incluido en el ejemplo de la educación respetuosa con el prójimo.

    Aquellos aficionados al fútbol de los sesenta apenas sabrían de la actriz francesa por sus películas porque las mismas andaban con problemas a causa de la censura. Sin embargo, sabían de su existencia por la prensa, alguna foto no demasiado atrevida y unas referencias que la vinculaban con lo prohibido y, al mismo tiempo, atractivo. Bastaba para soñar con una Brigitte Bardot que simbolizaba el máximo de la belleza deseada de tantas turistas, «las suecas», del desarrollismo de los años sesenta.

    Cuando preparé Lo sainetesco en el cine español (1997) tuve la ocasión de hablar con Luis G. Berlanga. El cineasta todavía lamentaba no haber contratado a una jovencita francesa que la productora de Novio a la vista (1954) le ofreció para el reparto. La aspirante a debutante era Brigitte Bardot. El error del director fue mayúsculo, aunque anecdótico. La verdadera Brigitte Bardot, convertida en un icono de la época, nunca habría hecho carrera en la cinematografía española y cuando finalmente participó en la misma, con Las petroleras (1971), lo hizo al final de su carrera y en una película tan infame como digna del olvido en las necrológicas de la actriz.

    Al cabo de los años conseguí ver algunos de los títulos de su filmografía con los más afamados directores del momento. Su rompedora belleza era incuestionable, pero sus interpretaciones me parecieron discretas. Apenas las recuerdo y las imágenes han quedado diluidas por el paso del tiempo. Sin embargo, evoco a menudo la figura de una joven que rompió limitaciones cuando, por ejemplo, lució su belleza en las playas de Cannes o Saint Tropez.

    Esa muchacha francesa formaba parte del sueño imposible que empezó a anidar entre nosotros gracias al turismo y la emigración. Al contacto con una Europa que, por su distancia, parecía estar en otro planeta. He dedicado muchas páginas a contarlo e incluso, cuando juego a provocar a los colegas sesudos, explico que estos iconos eróticos contribuyeron a un cambio que la oposición al franquismo, tan heroica como anquilosada en sus planteamientos, se empeñaba en buscarlo por derroteros quiméricos.

    Brigitte Bardot no es una actriz a la altura de la inconmensurable Sophia Loren. Tampoco estaba obligada a ello y, visto el cambio en el papel social de la mujer producido desde su aparición en las pantallas, cabe agradecerle su belleza y la capacidad de convertirla en un revulsivo para romper los tabúes de una época timorata.

    Su imagen nos permitió ser conscientes de que un mundo más bello resultaba posible, incluso cercano, con el consiguiente ánimo de encontrarlo. Por el camino solo era necesario recordar la educación y el respeto, aquellos requisitos que también permiten una convivencia con quienes distan mucho de ser unos iconos, pero forman parte de una realidad cotidiana donde cabe la belleza. La respuesta silenciosa de aquella mujer del coñac, cuando mi padre le pedía una copita, me la enseñó.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 29 de diciembre de 2025.

  • Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!

    Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!

    La escena forma parte de los recuerdos de varias generaciones. Chencho se pierde cuando, en compañía del abuelo y cuatro hermanos, acude al mercadillo navideño de la madrileña Plaza Mayor. El episodio de La gran familia (1962), de Fernando Palacios, es dramático, pero aleccionador. El guionista Pedro Masó vivía el momento más brillante de su carrera cinematográfica y sabía de la necesidad de «sufrir» antes de sonreír con el alivio de comprobar la bondad natural de quienes, por ser españoles, eran unos «formidables» cuya solidaridad permitía encontrar al nene.

    Ángel Pardo, el Chencho de la película, tenía cuatro años cuando se rodó aquel gran éxito del cine español. Su papel es el propio de un figurante que, en un momento determinado, cobra protagonismo, pero el intérprete apenas podía ir más allá de emocionarnos con su aspecto desvalido mientras deambula por la Plaza Mayor en busca de su familia. Gracias al flequillo rubio, el gorrito y el abriguito, solo necesita mostrar su cara de niño bueno para que sintamos la necesidad de cogerle de la mano a la espera del abuelo, que terminaría apareciendo con el rostro desencajado por el susto y agradecido por la bondad de los «formidables». Es decir, nosotros.

    Aquel cine aleccionador del franquismo descansa en la solidaridad sin posibles fisuras de la colectividad. El ideal resulta tan hermoso como carente de base real, pero los pormenores de la realidad apenas importan cuando se presenta a una familia como la protagonista de la película. Todo es posible en ese mundo de la ficción en blanco y negro donde un aparejador obra milagros con su sueldo y justifica, de sobra, el baby boom que a tantos nos trajo al mundo.

    La solidaridad de los padrinos, los hermanos, el portero, los vecinos, los periodistas, los policías… está en el guion porque era lo que tocaba en aquel esquema argumental tan eficaz como bien visto por las autoridades de la época. Sin embargo, cada vez que he disfrutado con esta comedia de Fernando Palacios me he hecho más partidario de Críspulo, el hermano trapisondista interpretado por Pedro Mari Sánchez.

    Hace muchos años tuve la oportunidad de hablar en la UA con el actor que encarnó a Críspulo. Algunas conversaciones permanecen en el recuerdo. Pedro Mari Sánchez me lleva cuatro años, pero compartimos una infancia en aquel desarrollismo todavía en blanco y negro porque no daba para lujos. Me contó anécdotas del rodaje, reímos al recordar algunos episodios y, al final, terminamos hablando de la gorrita de cuero que lleva en la escena de la Plaza Mayor y durante esas Navidades en busca de Chencho.

    Yo tenía una gorrita idéntica y llegadas las Navidades, que en Alicante nunca son tan frías, era preciso llevarla para «ir calentitos». La verdad es que aquellas gorritas al estilo de las lucidas en la hípica abrigaban poco. Al menos en comparación con el tradicional gorro de lana, pero lucían lo suyo en un querer y no poder bastante propio del momento. Su aspecto de aires foráneos era un síntoma de una época en la que tantas clases medias aspiraban a su cuota de modernidad, aunque la misma quedara reducida a un abriguito rígido y una gorrita incompatible con las exhibidas en las carreras de Ascot.

    El problema es que, a diferencia de Críspulo, yo no era un trapisondista, sino un «niño bueno». Tal vez por eso siempre me han fascinado los trapisondistas, un término ahora perdido entre los recuerdos, como tantos otros de una época que cuesta evocar a la luz de un presente donde el pasado parece sobrar o molestar.


    Críspulo era un trapisondista de buen corazón como mandaban los cánones a los que se acogió aquella película. Podía lanzar un petardo en una cola -también era petardista-, pero solo para dispersar al personal y entrevistarse rápidamente con el rey mago. Puestos a ver a Dios, seguro que Su Majestad intercedería para encontrar pronto a Chencho. Aquellos trapisondistas al estilo de Zipi y Zape alborotaban, embaucaban y enredaban, pero sin mala intención, como un desahogo propio de una edad donde cierto comportamiento anárquico resulta imprescindible.

    Yo me acercaba más al modelo del «repelente niño Vicente» concebido por Rafael Azcona. No por la vanidad de lucir saberes impensables en la infancia, sino porque era capaz de quedar bien con las visitas y hasta de ser puesto como ejemplo de comportamiento frente al de tantos trapisondistas.

    Al cabo del tiempo, creo que lo de ser «niño bueno» no luce demasiado en la vida. Los trapisondistas prevalecen, pero no los de buen corazón, sino aquellos que alborotan sin mesura hasta el punto de que nadie, absolutamente nadie, utiliza esa denominación para caracterizarlos. Son gamberros, porque la RAE debiera incluir en su definición de las trapisondas la carencia de una mala intención como la habitual en las gamberradas

    No he vuelto a hablar con Pedro Mari Sánchez, que ha cumplido los setenta. Yo ando cerca de esa edad donde los niños buenos y trapisondistas, ya sin gorritas que no sean las necesarias para preservar la calvicie, confluyen en limitaciones capaces de evitar cualquier exceso. El presente entonces sigue abierto al disfrute mesurado, pero a condición de dejar hueco a un pasado donde fuimos niños con gorritas y abriguitos del modesto desarrollismo en blanco y negro.

    La nostalgia es una engañifa, pero añorar la infancia supone una necesidad porque en ella cabe imaginar a «buenos» y «trapisondistas» empeñados en jugar al fútbol en un pasillo, «hacer el indio» durante una visita y hasta lanzar algún petardo, que es el privilegio disfrutado por Críspulo gracias a una ficción ajena a las limitaciones de la realidad.

    Por eso todavía la disfrutamos, al menos en Navidades, y sonreímos al recordarla como si fuera la propia de nuestra infancia. El necesario desengaño lo dejamos para otra ocasión porque, ahí nos duele, en la vida carecemos de un guionista como el mejor Pedro Masó. Y puestos a compartir la edad de Pepe Isbert, sabemos de sobra que no todos somos unos «formidables» como los anunciados por Alberto Oliveras en la SER con el fondo musical de la sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák.

     Pd.: En una entrada dedicada a Chencho, publicada el 24-XII-2024, creí que era mayor que el personaje interpretado por Ángel Pardo. En realidad, me lleva unos meses. Aclarado y reconocido este error, asumo la penitencia con la esperanza de que, al cabo de los años, esas diferencias ni se notan.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República, el 23 de diciembre de 2025.

  • El Biscúter, sin marcha atrás y a lo loco

    El Biscúter, sin marcha atrás y a lo loco

    Demostración práctica de la marcha atrás del Biscúter

    El abuelo Pepe fue un forofo del Hércules C.F., mi padre me llevaba a ver los partidos y hasta la adolescencia creí firmemente en el «herculanismo». El uso de la razón y la experiencia de tantas derrotas me curaron de semejante desvarío, aunque me sigue gustando el fútbol.

    Por llevar la contraria, mis ídolos estaban bajo los palos. Las fotos de los guardametas luciendo sus habilidades, en especial las palomitas, me encantaban. Las veía cada semana en la Hoja del Lunes, pero llegado el verano me refugiaba en dos tomos encuadernados por mi abuelo con los ejemplares del Marca de la temporada 1954-1955.

    La relectura de esas crónicas era una maravilla veraniega. El Hércules C.F. nunca descendía, que era lo suyo, sino que al final siempre ocupaba la sexta posición en la tabla clasificatoria de la 1.ª división, junto a los grandes. Lo insólito suele fascinar.

    La noticia de esa machada no por sabida dejaba de sorprender y, además, consolaba a la luz de tantas temporadas enfrentándonos al Iliturgi o al Calvo Sotelo, que hasta bien mayor solo asocié con un equipo de fútbol. Del asesinado don José nada sabía por entonces.

    Las hazañas blanquiazules de 1954-1955 me gustaban, pero la noticia que cada verano me asombraba estaba protagonizada por Juan Manuel Fangio, pentacampeón de Fórmula 1. El as argentino vino a España por entonces y, convenientemente retribuido tal vez, elogió las prestaciones del Biscúter, un sucedáneo de coche que se empezó a fabricar en Barcelona poco antes de esta publicidad.

    Nunca imaginé a Fangio al mando de un Biscúter. La posibilidad era una paradoja, pero cada verano al repasar aquellos tomos del Marca recordaba el artilugio andante que conocí hacia 1964, cuando el vehículo fabricado en Barcelona ya había dejado paso al «600» para que fuera un símbolo de la década.

    Mi padre tuvo su momento de emprendedor como tantos pluriempleados del desarrollismo. Lo comprobé años después al hojear un libro sobre la crianza en casa de pollos y conejos como fuente de riqueza. El champiñón auguraba un similar resultado. El problema, claro está, es que la teoría del manual dio paso a la práctica.

    Mis mayores evocaron durante años aquella etapa del emprendedor como una pesadilla poblada de conejos y pollos. La infancia me eximió de limpiar las jaulas, pero recuerdo que cada cierto tiempo venía a casa un profesional del ramo propietario de un Biscúter.

    Nadie me lo ha confirmado, pero creo que este hombre se llevaba animales con el objetivo de venderlos, era lo lógico, hasta que terminó llevándoselos todos para alivio de la familia. Mientras tanto, me asomaba a aquel artilugio andante aparcado en la puerta de la casa. Un vehículo marciano no habría despertado una mayor curiosidad.

    El Biscúter carecía de marcha atrás, y casi de todo lo propio de un verdadero coche. Cuando el pollero llegaba, la chiquillería se arremolinaba porque, al cabo de unos minutos, el propietario requería ayuda: había que dar la vuelta al vehículo a pulso. El artefacto pesaba 240 kilos y, entre adulos y chiquillos, el solidario acto era motivo de sonrisas y distracción.

    El Biscúter llegó a incorporar la marcha atrás con el paso del tiempo, aunque se bloqueaba con facilidad dando pie a anécdotas divertidas. La publicidad de Fangio no lo redimió y su imagen quedó como una prueba del quiero y no puedo de unos años cincuenta que acabaron en la bancarrota nacional cuando nací. A partir de 1958 todo mejoró, pero Laureano López Rodó nunca tuvo en cuenta mi contribución.

    La mentalidad de los pioneros y emprendedores por pura supervivencia, sin embargo, quedó vigente y sería fundamental para el desarrollismo de los sesenta. A veces con fundamento empresarial y en otras ocasiones concretada en historias donde la ciencia y la picaresca mantenían una relación equívoca.

    Los XXV años de Paz se celebraron en 1964. La efeméride tuvo una omnipresente vertiente oficial para dar paso a una nueva etapa de la dictadura. La estudié en algunas de sus manifestaciones curiosas, pero dediqué un libro –Petróleo, monjas y poetas (2021)– a las otras caras del año en que supe del Biscúter.

    Una de esas historias fue la del inventor -español, claro está- del motor de agua. La reconstruí con la ayuda de la familia del pionero que iba a hacer temblar a la industria petrolífera. La experiencia fue agradable por el cariño de una hermana y la simpatía de una nieta, pero a ambas nunca les confesé el origen de mi interés: el invento de aquel motor me recordaba los tiempos del Biscúter y a mi padre, junto a la chiquillería, dándole la vuelta a falta de marcha atrás. Así era aquella España en blanco y negro, aunque los historiadores se empeñen en hablar de otras cuestiones que pocos habrán incorporado a una memoria revitalizada cada verano.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 23 de agosto de 2025

  • Un máster en ganchillo y bolillos

    Un máster en ganchillo y bolillos

    El estado natural de mi abuela, al menos por las tardes, era sentada, el pelo recogido en un moño, las gafas justo en la punta de la nariz y afanada con el ganchillo. Así horas y horas, mientras escuchaba la radio o vigilaba mis correrías por las aceras de una calle sin tráfico apenas.

    La consecuencia eran tapetes de ganchillo repartidos por toda la casa. Tampoco fuimos originales en este sentido. Solo nos singularizamos cuando mis padres descartaron la compra de un toro o una sevillana para decorar el televisor, con tapete, que llegó a casa en 1963. La proclamación de Pablo VI fue nuestro debut familiar como telespectadores. Menos mal que pronto triunfaron los Monster de «tenebroso recuerdo».

    Mi abuela dibujaba su firma, pero poseía unas probadas cualidades en cuestión de matemáticas aplicadas. Jamás la vi contar los puntos dados al ganchillo. Aquella cuenta la debería llevar de una forma misteriosa porque, al final, el dibujo del tapete era simétrico.

    Su memoria también suponía un motivo de asombro familiar y vecinal. Mientras hacía las tareas domésticas, ella cantaba como tantas mujeres de la época. Su especialidad era el cuplé con letra digna de Rafael de León, sin menoscabo de algunas canciones de las sicalipsis de sus veinte años, que también fueron los del siglo.

    La primera vez que supe de las andanzas de «la pulga», que desde 1906 se solazaba donde no debía, fue gracias a mi abuela. La cantaba con toda la letra y la necesaria picardía, tan ingenua, para hacerme reír con la gestualidad aprendida en su juventud: «rápida salta y se esconde/ ya me ha picado y no sé dónde».

    Esas pulgas juguetonas, pasadas las décadas, son tan entrañables como los recuerdos de una generación de mujeres dispuesta a disfrutar de «los felices veinte», aunque la pareja fuera obrero metalúrgico y serio como un palo. Muchos años después, atento a las desventuras de algunas vedettes y cupletistas, averigüé el origen de una canción resucitada por Sarita Montiel, que por entonces y a mi edad formaba parte de lo prohibido. Se decía que, cuando aparecía en la pantalla, la temperatura de los cines aumentaba y eso, claro está, «no tiene solución»:

    Aquellas canciones y las romanzas de las zarzuelas a veces se interrumpían por alguna circunstancia. El momento era de expectación familiar, pues con independencia del tiempo transcurrido la abuela las retomaba justo donde las había dejado. El botón de Pause no suponía el olvido para quien me enseñó canciones ahora recuperadas en mis trabajos u ocios sin conseguir memorizar las letras. En caso de duda, consulto a la compañera de toda la vida, que las recuerda y me sorprende.

    Manuel Vicent recrea una memoria más remota, pero que comparte anécdotas comprensibles para mi generación. El novelista ha evocado la salida hacia el colegio para asistir a las clases vespertinas. Las radios estaban encendidas en todas las casas y con las mismas canciones en su sintonía. De hecho, Manuel al principio podía escuchar el planteamiento -«él vino en un barco de nombre extranjero»-, saber del nudo a la altura de la siguiente manzana -«y voy sangrando lentamente/ de mostrador en mostrador»- y llegar al colegio cuando el polivalente desenlace sonaba en cada casa: «Mira su nombre de extranjero/ escrito aquí, sobre mi piel./ Si te lo encuentras, marinero, dile que yo muero por él». ¿La había dejado embarazada o era una pasión desatada?

    Yo no disfruté de esa maravilla de la canción itinerante porque en los sesenta la televisión empezó a sustituir a la radio. No obstante, cuando las emisiones cesaban a primera hora de la tarde, los seriales todavía estaban presentes en cualquier casa. Hace años escribí sobre las andanzas de Guillermo Sautier Casaseca, «el rey de la lágrima» (Un franquismo con franquistas, 2019). El personaje era de cuidado, de mucho cuidado, pero reconstruí su trayectoria con el cariño que merece el recuerdo compartido.

    Ahora, cuando tanta gente recurre a la IA para menesteres propios del saber escribir o simula un CV plagado de títulos con algún término en inglés, comprendo que mi abuela hizo uso de su inteligencia natural para cursar un máster en ganchillo. Incluso, provista de un mundillo, se doctoró en bolillos con puntos como «el de la loca» o encajes propios de la frivolité.

    Y, además, puso una banda sonora al arreglo de la casa sin necesidad de la tecnología. Lola mantuvo la memoria de lo escuchado cuando era joven, aunque -ya en sus últimos años- aceptó que algún meritorio presentado por «el Íñigo» de la televisión pudiera equipararse a Manolo Escobar, que cantaba a su «madrecita» para alegrar a tantas mujeres de aquella generación. Sin generalizar, fueron numerosas las que pasaron por la vida dando mucho a cambio de casi nada.

    Esas abuelas más sonrientes que cascarrabias fueron jóvenes. Así me gusta imaginarlas con la ayuda de mi trabajo como historiador porque merecen el agradecimiento por el tiempo dedicado a cuidarnos, el deseo de mantener viva su memoria y la voluntad de testimoniar los límites de unos silencios que, a menudo, resultaron obligatorios como consecuencia de una derrota mucho más entrometida que la contumaz pulga.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 10 de agosto de 2025

  • Mi calle no era un parque temático

    Mi calle no era un parque temático

    La foto donde aparezco junto con mi abuela Dolores y Federico no forma parte del archivo visual de la posguerra. Ni siquiera de los cincuenta donde todo parecía abocado a la eternidad de una dictadura. Uno ya tiene sus años, pero cumplí los cuatro en 1962, cuando alguien desde la calzada de mi calle, por donde apenas circulaban los vehículos, inmortalizó un momento de la cotidianidad que relaté en Contemos cómo pasó (2016).

    Aquel libro lo construí a base de conversaciones familiares para combatir la amenaza de una grave enfermedad. El recuerdo de la infancia, compartido entre sonrisas cómplices, une y fortalece cuando el miedo acecha. La sanidad pública hizo el resto. Diez años después todavía aprovechamos la tranquilidad del verano para evocar esos episodios de un período en blanco y negro, como los propios recuerdos, pues nunca hemos conseguido imaginar nuestra infancia en colores.

    Los veranos de los primeros años sesenta eran sinónimo de vacaciones, pero solo escolares. Mi padre estaba pluriempleado también durante la época estival y mi madre seguía tricotando para medio barrio. Lo de salir fuera vino después y solo gracias al Banco de Vizcaya, que tenía una residencia para los empleados donde podíamos ir los familiares a precios módicos. Esa política empresarial, tan propia de la época, ha pasado a mejor vida.

    Mientras llegaba la aventura de viajar cincuenta kilómetros en un Tiburón -de «un cliente muy simpático del banco»- para veranear cerca de Benidorm, las tardes veraniegas las pasaba en la acera de la calle. Vista la foto, hasta tenía un triciclo, lo cual casi suponía un privilegio a compartir con los demás compañeros de juegos. Ellos también me prestaban sus canicas o alguna pistola para reemplazar el cañón del dedo índice y protagonizar aventuras bajo la mirada de la abuela sentada en una sillita. Allí hacía ganchillo, que era lo suyo mientras lucía «un alivio de luto» por ser verano. De hecho, teníamos tapetes de ganchillo en todos los rincones de la casa. Mi familia no fue peculiar en este sentido. Ni en ningún otro.

    La acera no era un parque temático, pero la imaginación suplía esta circunstancia. Todavía recuerdo que corríamos una distancia convenida con mi abuela como cronómetro en voz alta. Las posibilidades de batir el récord aumentaban gracias a quien espaciaba el recuento de los segundos. El truco luego lo apliqué a otros juegos en solitario que recreaban las más variadas competiciones deportivas. Nunca he vuelto a ganar tantas medallas.

    La panoplia de juegos no era una caja de sorpresas. Sin embargo, teníamos algunas visitas para alegrar la tarde. Los burros eran unos asiduos. Uno, conducido por un lugareño con boina, llevaba en sus alforjas sangre cocida, sangueta, para la merienda de niños y mayores. Las condiciones higiénicas del manjar debieron someter a prueba nuestra inmunidad. Los supervivientes, superada la selección de la especie, hemos llegado a la vejez sin melindres gastronómicos.

    Aquel burro era un habitué, pero el de las grandes ocasiones venía tirando de un carrito con dos bancos en los laterales. La escena, idealizada, está presente en Un rayo de luz (1960), protagonizada por Marisol. Nosotros no disponíamos de la modernidad de un poni frente a la tradición del burro. Tampoco cantábamos una alegre canción, nadie nos bendecía a nuestro paso y el tecnicolor habría sido improcedente para reflejar la imagen de unos niños montados en el carrito previo pago de unas «moneditas». El objetivo de la aventura era dar la vuelta a la manzana, pronto convertida en una odisea digna del recuerdo.

    Así pasábamos las tardes de meriendas, carreras y paseos tirados por un burro, pero recuerdo que, como en las mejores películas, hubo una especial. El padre de Federico era «el señor Pepe», el del camión que traía cerveza desde Madrid. Todos lo sabíamos porque casi vivíamos en comunidad. Una tarde, previo aviso a la vecindad, la expectación era enorme porque el vetusto camión a veces aparcado en la calle había dado paso a otro flamante que iba a ser exhibido como la llegada de la modernidad.

    Apenas conservo imágenes de aquella tarde. Ni de otras muchas, pero recuerdo que cuando llegó el señor Pepe con el Pegaso paró en la puerta de la foto, colindante con la de su casa. El hombre bajó con el motor en marcha e invitó a la chiquillería para que se montara en aquel armatoste que parecía galáctico en comparación con el carrito del burrito. Todos subimos, con nuestros pantalones cortos y la merienda -«cuidado no se te caiga la mortadela»- y dimos la vuelta más triunfal a la manzana.

    La modernidad había llegado y el señor Pepe la compartió. Quince años después, ya jubilado, le encontré en un mitin celebrado en un bajo de aquel mismo barrio. Yo era un irreconocible barbudo universitario, pero me acerqué, di un beso a la señora María, pregunté por Federico, que era el nuevo camionero, y recordé con ellos aquella vuelta triunfal a la manzana, de la cual mi abuela no contó los segundos tardados porque, esta vez sí, había una verdad indiscutible: aquel Pegaso era insuperable.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 3 de agosto de 2025.