King of Swing

La música de Benny Goodman, King of Swing, es un excelente antídoto para cuando los ánimos decaen y el cuerpo necesita un estimulante sin efectos secundarios. A diferencia de la de Glenn Miller, comentada en la entrada anterior, no la pude escuchar de niño porque no recuerdo haber tenido en casa un disco de la legendaria big band liderada por el clarinetista. Nuestra discografía doméstica era tan preciada como limitada.

El descubrimiento vino de la mano de una película programada a principios de los setenta por RTVE: The Benny Goodman Story (1955), de Valentine Davies. No la he vuelto a ver y supongo que el biopic sería convencional como tantos otros, pero aquella música me entusiasmó y desde entonces procuro tenerla a mano, como las pastillas para superar el desánimo. Nunca las tomo porque hasta ahora me basta con escuchar canciones como «Sing, sing, sing», compuesta en 1936 por Louis Prima para su New Orleans Gang y grabada por Benny Goodman en el film Hollywood Hotel (1937). La escena, accesible desde You Tube, la debo haber disfrutado centenares de veces porque siempre he soñado con esas bandasde los años treinta.

Ahora resulta fácil tomar esas pastillas. Basta con dar la orden a Alexa o entrar en You Tube, que sabe de mis debilidades y suele ofrecerme nuevas grabaciones. Así un día descubrí la versión de «Sing, sing, sing» interpretada por Louis Prima en una antológica escena del film Swing Kids (1993), de Thomas Carter. Lo busqué y descubrí que, ambientada en la Alemania de poco antes de la II Guerra Mundial, la película estaba basada en hechos reales. Los protagonistas son unos jóvenes capaces de desafiar al nazismo con una música perseguida como en la España de la Victoria, donde era prácticamente imposible escuchar los «ritmos negroides» llegados desde unos impíos Estados Unidos de América. Si el lector es escéptico con respecto a mi credibilidad, basta con recordar al párroco de Bienvenido Mr. Marshall cuando, alarmado, da las cifras millonarias que caracterizan aquel sindiós de país.

Hace dieciocho años la facilidad para acceder a estas grabaciones no estaba tan extendida y, cuando acompañaba a mi hermano enfermo por el cáncer que acabó con su vida, le sorprendí demostrándole que a través del móvil podíamos recordar las melodías comentadas durante décadas. Todavía recuerdo algunas de Adriano Celentano con las que volvimos a sonreír, pero a menudo volvíamos a los clásicos de nuestra discografía, desde Aretha Franklin hasta Ray Charles, aquel mítico cantante que una noche de los años sesenta actuó en Alicante. Mi hermano no pudo verlo, pero lo contaba como si lo hubiera disfrutado en El Gallo Rojo.

Durante unas semanas del verano de 2009, todas las noches poco antes de las doce acudía a casa de mi hermano para llevarle en coche a las sesiones de radioterapia. El horario era insólito para un tratamiento médico, pero no cabía otra elección. La perspectiva no deparaba un ánimo exultante y, con el deseo de hacer más llevadero el momento, procuraba tener grabadas las canciones preferidas de Pepe, que también eran las mías.

Todavía recuerdo la noche que le sorprendí con «Sing, sing, sing» en la versión original de Louis Prima, al que siempre asociábamos con la celebrada «Just a gigolo» (1956). Le gustó, pero me pidió la de Benny Goodman por una razón que nunca me había explicado: la participación del legendario Gene Krupa a la batería.

La canción es un duelo rítmico entre el clarinete y la batería. Tratar de emular a Benny Goodman era un imposible, pero en los años sesenta, cuando tantos conjuntos aparecieron en la estela de The Beatles, mi hermano había sido batería de uno de los hasta diecisiete que hubo en Alicante capital. La historia de aquella proliferación la relaté en Contemos cómo pasó (2016). Esa noche, en el coche, Pepe se emocionó al escuchar el ritmo de una batería casi soñada o «de película». La sabiduría de los maestros a menudo resulta inalcanzable, pero su magisterio siempre estimula, aunque sea desde la consciencia de no poder alcanzar semejante perfección.

Al cabo de los años, todavía escucho al King of Swing sin necesidad de buscar emisoras norteafricanas como hacía mi padre durante la posguerra, comprendo que su ritmo supusiera un motivo para desafiar el nazismo y me tomo la correspondiente «pastilla», casi siempre compartida con una Pepa capaz de bailarla. Benny Goodman, junto con otros músicos de un país al que ahora apenas reconozco, me sigue acompañando y hasta sueño con levantarme de la silla para protagonizar un solo durante la interpretación de la big band. Nunca lo conseguiré, pero recuerdo que, al menos, mi hermano lo intentó porque siempre fue más lanzado, o temerario, en cuestiones relacionadas con los sueños imposibles, aquellos que nos mantienen vivos.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *