
La colección de discos de mi familia era modesta y la selección de los posibles elegidos, a la hora de poner en marcha un enorme tocadiscos de madera que también funcionaba como radio, resultaba limitada. Los long play de mi padre me los sabía de memoria. También los single de mis hermanos, pero apenas importaba porque las alternativas para divertirse escaseaban cuando ni siquiera había llegado el primer televisor a nuestra casa.
Uno de mis discos favoritos era una antología de las melodías de Glenn Miller, interpretadas al frente de su legendaria The Glenn Miller Orchestra durante la II Guerra Mundial hasta su misteriosa desaparición, cuando el músico y militar norteamericano volaba a la altura del canal de La Mancha con destino al París recién liberado.
Años después, en una televisión donde las películas clásicas tenían cabida, disfruté con el biopic que le dedicó Anthony Man en 1953. Todavía recuerdo Sonrisas y lágrimas con emoción y algunas de sus escenas las recupero en momentos de flojera. Incluso procuro que la admiración por «el mago del swing» perdure en un nieto capaz de comprender que su abuelo tuvo veinte años y, a escondidas, escuchaba estas melodías para sobrellevar la derrota.
Pepe, mi hermano, me llevaba once años. Nunca jugó conmigo, pero desde siempre y hasta su fallecimiento me transmitió todo tipo de historias. Las contaba y, algunas, las volvía a contar con variantes sorprendentes, hasta tal punto que pronto comprendí la frágil frontera entre el testimonio y la invención. La enseñanza me ha resultado útil para mi trabajo.
Una tarde de esos veranos interminables de los siete u ocho años, mientras me vería entusiasmado al escuchar In the Mood (1940), con una guasa solo superada por su aparente seriedad me dijo que el verdadero título de la melodía de Glenn Miller era Dónde vas, Manolo, dónde vas. Vista mi sorpresa, me lo demostró fehacientemente tarareando el supuesto estribillo, sin respuesta, al ritmo de la música. La reiterada pregunta encajaba a la perfección en la canción y, para disipar cualquier duda, mi padre ratificó la novedad diciéndome que Manolo había sido un colega del músico norteamericano, aunque olvidado más allá de los círculos de iniciados. Pepe y mi hermano Pepito formaban parte del selecto grupo.
Todavía disfruto con quienes son capaces de engañarme mediante el ingenio y el humor. Conozco de sobra sus trucos, incluso he dedicado libros a los mismos, pero en el fondo todos los días les agradezco esa capacidad de embaucarnos para disfrutar con las más disparatadas historias. También les envidio porque, por la vía oral, nunca he conseguido llegar a la altura de maestros en el tema como mi hermano Pepe, que ejerció de cinéfilo durante toda su vida y hasta de crítico en su momento.
Manolo andaría sin rumbo y no triunfó de la mano de Glenn Miller, pero mereció al menos un reconocimiento musical en la intimidad de la memoria. Todavía perdura al escuchar In the Mood, una melodía capaz de combatir cualquier tristeza a la espera de coger el tren de Pensilvania, el 6-5000, con destino a Chattanooga. Llega puntual cuando la cita viene motivada por la tristeza o la melancolía.
Algunas canciones permitían inventar historias rematadas con una sonrisa, pero las películas daban más oportunidades en ese sentido. Pepe estuvo casi cincuenta años contándomelas con lujo de detalles porque sabía que yo era un espectador incondicional de aquel cine ambulante sin horarios prefijados. El problema es que, cuando luego las veía, las películas perdían bastante. En la pantalla aparecían desprovistas de todo lo añadido por el narrador, que no era poco.
Me temo que estamos perdiendo el arte de contar películas o inventarse historias como las de Manolo, aquel que triunfó de la mano del músico norteamericano. La transmisión oral retrocede a marchas forzadas y, al mismo tiempo, la predisposición a escuchar, que requiere a veces la credulidad de quien sabe del engaño, pero lo agradece por provenir de una imaginación convertida en un tesoro a cuidar. Hagámoslo, incluso con cuidados intensivos, aunque solo sea como un inútil acto de rebeldía ante tanta mediocridad.

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