Cuatro bodas y tres épocas

Los jóvenes olvidan a menudo que sus padres y abuelos también fueron jóvenes. Tal vez sea un lugar común sujeto a excepciones, pero lo he comprobado en clase cuando, al ver Calle Mayor (1955), les invito a preguntar en casa acerca del noviazgo o el festeo de sus familiares. La justificación es obvia: el contraste generacional de las experiencias en torno a un motivo nos ayuda a comprender la evolución de un país.

La pregunta la hice en casa de mis padres y la respuesta cuenta con los oportunos documentos gráficos, pues la celebración de los bautizos, comuniones y bodas justificaba el dispendio que suponía unas fotos. Al ver las de mis padres recién casados, me llama la atención su estilizada figura en contraste con la que lucieron a partir de los sesenta. La boda se celebró en 1946 y, por entonces, ninguna delgadez sorprendía. Al contrario, en aquella España del hambre lo insólito era mostrar unas «buenas mantecas», que podían ser envidiadas por lo que presuponían de riqueza.

Pepe y Antoñita engordaron una década después, cuando yo era un niño y el hambre de la posguerra empezaba a ser un recuerdo. Algo similar pasó con los padres de Pepa, que también lucían buen tipo por obligación de la época. Ninguno de los cuatro lo perdió por culpa del convite, que se limitó en un caso a unos churros con chocolate y en el otro a una horchata con rollitos morenos. No hay fotos para probar el glamour de estos almuerzos porque los tiempos no estaban precisamente para echar la casa por la ventana.

Tampoco las fotos abundaban más allá de las imprescindibles para el recuerdo, con unos novios formales y unas familias que no desprendían vitalidad. Y, además, las escasas tomadas durante la celebración podían perderse por alguna circunstancia. Así sucedió en la boda de mis suegros. La pérdida fue solventada gracias a las dotes para el dibujo de Pepe, que reconstruyó a mano la imagen de su boda. La prueba permanece en casa como una muestra de amor que cuenta con un relato transmitido a las nuevas generaciones de la familia:

Mi boda con Pepa llegó en diciembre de 1982, tras siete años de novios formales, con las carreras terminadas y abriéndonos camino para alcanzar una estabilidad laboral todavía lejana. El hambre y otras carencias formaban parte del pasado, pero no tanto las dificultades para llevar a la práctica las libertades recién conquistadas. El matrimonio civil suponía una novedad y, dada la procedencia de quienes lo tramitaban, todavía era una carrera de obstáculos.

La paciencia se agotó con algunos trámites en los que, para ofrecer una alternativa, los funcionarios ponderaban las facilidades dadas por la Iglesia en el caso de optar por un matrimonio de los de «toda la vida». Al final, si el «vuelva usted mañana» de Larra no suponía un desfallecimiento definitivo, la boda se celebraba. El problema entonces era un juez incapaz de hacer olvidar que estaba allí por imposición de una constitución que no había jurado, a diferencia de los principios fundamentales del Movimiento.

La ceremonia civil tenía lugar en un cuarto donde apenas cabían unas quince personas. La imagen de la boda desprendía un aire de clandestinidad, como un correctivo de la España oficial por empeñarme en ser un ateo hasta en el día del enlace matrimonial, que la mayoría de los invitados presuponía oficializado cuando la pareja salía del cochambroso edificio compartido con los delincuentes que declaraban en los juzgados. La constitución de 1978 estaba en vigor tras el fracaso del 23-F, pero llevarla a la práctica acarreaba consecuencias en el trato dispensado por una España que se acostó franquista y despertó demócrata.

La condición de pioneros es sufrida y apenas agradecida por quienes recorren sin problemas un camino abierto a base de sinsabores. Desde hace muchos años, las celebraciones civiles se han dignificado. Y, desde luego, a nadie se le mira con mala cara por preferir a un concejal como oficiante en detrimento de un sacerdote. Los cambios fundamentales, aquellos que afectan a la cotidianidad, carecen de fechas o hitos. No sabemos con exactitud cuándo las bodas civiles dejaron de lindar con la clandestinidad de lo mal visto por «las jerarquías», pero lo conseguimos con el empeño de agrandar unas libertades nunca caídas del Cielo.

Ahora, cuando nuestro hijo se acaba de casar por lo civil con una joven que vino a España hace cuatro años, la ceremonia ha sido «de película», norteamericana, por supuesto. El país es más rico, contamos con mejores medios para conservar unas imágenes capaces de alentar el recuerdo y, sobre todo, nadie pregunta por qué la ceremonia no se ha celebrado en una iglesia.

La España del hambre parece remota, dudo que haya una marcha atrás en cuestiones como las bodas civiles y solo cabe alegrarse por una evolución favorable a la tolerancia con todas las creencias. De hecho, la boda de nuestro hijo fue oficiada por quien fue sacerdote hasta que decidió casarse y en la ceremonia la novia expresó sus votos ante Dios porque es católica. Siempre, con tolerancia mutua, llegamos a un punto de encuentro donde prevalece la voluntad de compartir un camino.

Nos emociona pensar que los abuelos, presentes en la ceremonia gracias a sus imágenes, se sentirían alegres y sorprendidos al verla. También al observar la alegría de los asistentes, que contrasta con la seriedad habitual en las fotos de las bodas de los años cuarenta y cincuenta. La diferencia no solo radica en pasar del blanco y negro al color, sino en vivir de acuerdo con esos colores que nos ofrece un presente más ilusionante.

También nos emociona comprobar que el juez malhumorado ha sido sustituido por un amigo capaz de compartir la alegría del momento. La pelea de los pioneros tuvo su coste, pero mayor es la satisfacción de ver plasmado en los hijos aquello que solo era un sueño a principios de los ochenta.

El camino a recorrer todavía es largo. La ceremonia de Antonio y Michel contó con la presencia de gente procedente de diferentes países y con distintas creencias. Todos nos encontramos en torno a la alegría de ver a dos jóvenes dispuestos a compartir un proyecto común. Vista la pujanza de quienes propagan el odio frente al diferente, el empeño de esta generación ya no pasará por el hambre o las reformas legales, sino por hacer realidad, hasta en los más pequeños detalles, la tolerancia para convivir con quienes nos enseñan a relativizar nuestra identidad.

El ingeniero ahora baila salsa y la cuidadora estudia para progresar en su trabajo mientras nos contagia su alegría. Solo espero que nadie con mala intención les recuerde que nacieron a diez mil kilómetros de distancia. Como hizo aquel juez malhumorado que, al ver nuestra filiación, ironizó sobre la común condición de universitarios y, por lo tanto, presuntos progres dispuestos a casarse por lo civil. Juntos llevamos cincuenta y un años.

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