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  • ¡¡¡El rey era el señor Llorca!!!

    ¡¡¡El rey era el señor Llorca!!!

    El terror de la ficción da bastante juego durante el período navideño. Tal vez sea por el contraste con el almibarado espíritu del momento. El caso es que Papá Noel y compañía andan a menudo mezclados en asuntos turbios. Los Reyes Magos, tan locales, suelen quedar algo relegados, aunque no cabe descartar un relato de pánico a la vista de las aglomeraciones en algunas cabalgatas.

    La circunstancia de ser el menor de los hermanos resta ingenuidad en creencias como las de los Reyes Magos y los nazarenos, que me parecían seres inquietantes durante aquellas semanas santas donde el luto todavía marcaba un tiempo de recogimiento, tambores y capirotes en compañía de Fray Escoba, cuya vida ejemplar casi aprendí de memoria.

    Nunca he tenido inquietudes religiosas. Ni siquiera cuando preparaba la obligatoria primera comunión a mediados de los sesenta. No obstante, las procesiones las veía al pasar por mi calle, asomado a un balcón. Excepto un año que, sin aviso previo, mi hermano me instó a presenciar otra que se celebraba unas calles más abajo.

    De repente, mi familia, poco dada a estas ceremonias, estaba al completo en primera fila poniéndome en lugar preeminente por ser el pequeño. Aquello me sorprendió hasta que un nazareno, sin mediar motivo y con el consiguiente susto, agachó su capirote, echó mano de una escondida bolsa y me dio un montón de caramelos diciéndome con voz entre grave y guasona: «Juan Antonio, soy yo…».

    La posibilidad de que un nazareno supiera mi nombre era imprevisible. Apenas repuesto de la impresión, los siguientes capirotes andantes hicieron lo mismo hasta tener las manos llenas de caramelos. El misterio permaneció, pero al volver a casa y ver a mi hermano junto con sus amigos lo comprendí. Aquellos que nunca iban a misa, por vete a saber qué historia, un año salieron en una cofradía generosa en materia de caramelos. Los repartí, los disfruté y, desde entonces, la presencia de un nazareno camino de la procesión con el capirote en la mano me provoca una sonrisa porque le imagino cargado de caramelos.

    Los Reyes Magos corrieron una suerte similar poco antes. Yo era de Baltasar, por aquello de lo exótico de un negro en una ciudad donde solo había dos o tres procedentes de Guinea Ecuatorial. Mi padre respetaba la elección y cada año, cuando me llevaba al reparto de juguetes que tenía lugar en la oficina del banco donde trabajaba, procuraba que fuera Baltasar quien me diera lo pedido en la carta redactada con buena letra.

    Aquello debió funcionar hasta 1963 o 1964 cuando había pedido, en consonancia con los tiempos, una pistola de cowboy o un equipo militar de operaciones especiales. Mi padre matizó la petición regalándome un casco de soldado de la ONU en misión de paz, aunque provisto del arma reglamentaria. El casco azul nunca fue entendido por los amiguitos, que no sabían de qué bando era. Pero lo fundamental es que, al dármelo, Baltasar me saludó por mi nombre con una voz familiar: ¡¡¡Era el señor Llorca!!!

    A partir de ese momento, descreído en materia de nazarenos y reyes magos, debí comprender que el camino del descreimiento carece de límites. Lo confirmé cuando en las Navidades de 1964 acudí a la feria junto con mi padre. Ese año, por un misterio insondable, se puso de moda que los niños llevaran una gorrita de jockey. Mi madre compartió la ocurrencia de tantas amigas y, sin ser consultado, me vi encasquetado con la dichosa gorrita en el tren de la bruja.

    Puestos a padecer algo de terror en «las felices fiestas», los escobazos de la bruja figuraban en lugar destacado para un niño de cinco o seis años que no armaba, según las madres, «ni polvo ni remolino». Disciplinado y calladito, me colocaba detrás de la máquina del tren a la espera de que la bruja se cebara con los más folloneros, siempre sentados en el último vagón.

    Las vueltas de rigor estaban a punto de terminar cuando, de repente, mi gorrita salió volando. Mi padre, atemorizado ante la posibilidad de volver a casa sin la prenda del nene, como el abuelo que pierde a Chencho, llamó a la bruja y le pidió que me la diera. Aquello era el terror en vena, pero milagrosamente el feriante de los escobazos también me conocía: «Juan Antonio, toma tu gorra». El alivio fue notable y nunca jamás me asusté ante una careta de goma, llevara o no aparejada la escoba.

    Los tres misterios de estos rituales festivos desaparecieron en un par de años, aunque no los puedo precisar con seguridad. Bastó con la pronunciación de mi nombre para que esos personajes misteriosos cobraran familiaridad. Desde entonces, puesto a tener miedo o respeto, nunca lo he sufrido ante una ficción que puede quitarse su careta, el capirote o la pintura. El problema es cuando el miedo, el de verdad, viene con su propio rostro. Si lo veo, ni siquiera confío en que escuchar mi nombre evite un susto morrocotudo.

  • ¡¡¡Chencho se ha perdido!!!

    ¡¡¡Chencho se ha perdido!!!

    Nunca me he llevado bien con los espíritus. Ni siquiera el navideño, cuyo cuestionamiento parece una herejía en unos tiempos tan intolerantes ante la discrepancia que no comparte las unanimidades. Sin embargo, tampoco me gusta ir contra una ilusión razonable y participo, con moderación, en unas fiestas cuyo origen religioso ha quedado en un segundo plano.

    El cine forma parte del ritual navideño. Descartados los villancicos en los centros comerciales, que me parecen una tortura mental para quienes allí trabajan, tampoco disfruto con los relatos navideños de una literatura ejemplar y de buenos sentimientos. Nunca escucho las archiconocidas canciones navideñas de Mariah Carey o George Michael y, puestos a recordar entre bromas, prefiero el tamborilero, rotoponpon, rotoponpon, de nuestro Raphael. Ahora bien, el cine me ha permitido asociar tres grandes películas con la Navidad y disfrutar recordándolas gracias a varias visualizaciones.

    ¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra, la descubrí tarde, pero «la abuelita Capra» -así le llamaba Juan A. Bardem- consiguió emocionarme, aunque no tanto como a los norteamericanos que cada año se juntan en las salas de cine para compartir el ritual de verla de nuevo. Mis entusiasmos nunca llegan a semejantes extremos y, desde luego, no lloro cuando el protagonista descubre la belleza de la vida. Solo le doy la razón, porque la tiene.

    Plácido (1961), de Luis García Berlanga, tal vez sea el relato navideño con el que más sintonizo. Si la caridad sale mal parada, la Navidad con su espíritu no corre mejor suerte. La actual dispersión de la oferta cultural permite huir de cualquier avalancha, pero cuando esta posibilidad parecía una quimera en tiempos televisivos de cadena única siempre me quedaba la oportunidad de rescatar aquel relato inicialmente titulado Siente un pobre en su mesa. Conozco la película escena por escena, personaje a personaje, y sin necesidad de buscarla la rememoro todos los años como un licor digestivo tras el empacho navideño, que afortunadamente ahora es más llevadero.

    Puestos a recordar en mi casa, cada Nochebuena pensamos en Chencho, el niño perdido en la plaza Mayor de Madrid mientras compra figuritas del belén en compañía de su abuelo y varios de sus catorce hermanos. La escena de La gran familia (1962), de Fernando Palacios, es mítica, especialmente para quienes formamos parte del baby boom del desarrollismo.

    Yo siempre he sabido que, por edad, estaba entre Chencho y Críspulo, el trapisondista de la familia. Tampoco hay que buscar tanta exactitud en el cine con el que mantenemos una identificación generacional. Lo importante, al ver la película, es reencontrarme no con el espíritu navideño, sino con la ropa que llevan aquellos niños del blanco y negro, cuando la televisión era una novedad realmente prodigiosa. Gracias a esos pantalones cortos en pleno invierno y tantos otros detalles, reavivo la memoria y me veo paseando de la mano de quien era el abuelo oficial del cine español, un Pepe Isbert que tantas buenas horas me ha hecho pasar.

    La película de Pedro Masó y Fernando Palacios es pura propaganda del tardofranquismo. Lo he explicado en mis libros y coincido con otros colegas, pero prefiero fijarme en los detalles de esos pantalones, los abriguitos tan rígidos, las gorritas para no coger frío, las bufandas que llegaban hasta las rodillas desnudas y, sobre todo, en un carrusel de imágenes donde cualquier color sobraría.

    Mis evocaciones de la infancia son en blanco y negro. Incluso sueño así cuando recupero un episodio de aquellos años, donde el color lo invadiría todo, pero sin erradicar un blanco y negro más pertinente para fijar una conclusión: éramos pobres, aunque no lo sabíamos y nuestros padres veían una época de prosperidad para dejar atrás las penurias de la autarquía.

    No sufro por Chencho porque conozco el final propio de un cine donde los españoles, por ser tales, éramos unos «formidables» como los protagonistas de un popular espacio radiofónico de la época. Chencho vuelve a la familia y todos sonreímos, pero prefiero observar los detalles de aquella vivienda, los objetos perdidos en una memoria tan selectiva y sentir, de nuevo, la experiencia de vivir en blanco y negro. No la añoro, pero la nostalgia de la niñez es inevitable cuando empiezas a ser un émulo de Pepe Isbert.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 24 de diciembre de 2024.

  • La indulgente Eva María y su biquini a rayas

    La indulgente Eva María y su biquini a rayas

    Fórmula V

    Allá por septiembre de 1983, si no recuerdo mal, conocí a un colega empeñado en un afán. Años después supe que el rasgo era propio de los personajes novelísticos de Luis Landero. Antes de disfrutar con ellos, siendo becario, ya mostraba querencia por quienes se afanan en torno a lo absurdo e insólito. Nunca lo es del todo. Entre otros motivos, porque ese empeño ayuda a lidiar con la mediocridad de la vida, que es un requisito para aguantar el tirón sin perder la sonrisa. Todavía no lo sabía, pero ahora, cuando lo de becario suena lejanísimo, me parece una obviedad.

    Tomás me llevaba tres años y simultaneaba las milicias universitarias con la docencia en la universidad. A menudo le veía llegar a la facultad con el uniforme de alférez. La imagen sorprendía, pero pronto la olvidaba porque, lejos de cualquier marcialidad, hacía gala de buen ánimo y simpatía. Su carrera docente ha sido la de un sabio, aunque ya por entonces lo era y, desde luego, me apabullaba con sus conocimientos literarios.

    Sin mediar razón aparente, un día me bendijo como Flumina en atención a mi primer apellido. Aquello me sorprendió y le pregunté por su voluntad de traducir al latín cualquier texto o referencia de su entorno. Lo hacía como un entrenamiento mental y reconoció que solo había encontrado dos desafíos capaces de provocarle dudas filológicas: indicarle al peluquero que deseaba «un pelado recio», dicho con su acento murciano, y el biquini de rayas de Eva María, aquella joven que en 1973 se fue buscando el sol en la playa.

    No recuerdo las opciones planteadas para ambas traducciones. Una lástima, porque en su momento me parecieron bien argumentadas. Desde entonces, contagiado por el afán del alférez, he buscado traducciones tan insólitas como gratuitas para jugar con el lenguaje y sonreír, que no es poco.

    El azar de las búsquedas me condujo hace unos días a la canción del verano de 1973. Eva María no solo se fue a la playa con su biquini de rayas, sino que estuvo presente en cualquier rincón gracias a los trescientos mil discos vendidos. Ahora me entero de que ejemplifica «la música chicle». La denominación parece acertada, pero entonces era preciso ser un marciano para no enterarse de cómo era el biquini de la susodicha y, claro está, su maleta.

    Ya puestos en la búsqueda, me interesé por la letra de una canción cuyo estribillo forma parte de la memoria compartida por la gente que anda con nietos o aspira a tenerlos. La encontré sin problemas, pero con una fijación del texto deficiente capaz de espantar a Tomás, que traducía a partir de lo escuchado en la radio.

    La traducción al latín le habría dado empaque, pero queda fuera de mis posibilidades e ignoro si el colega la recuerda. En cualquier caso, espantado ante una letra reproducida con faltas de ortografía y una puntuación absurda, me impuse el deber de fijar el texto de manera que en internet haya, al menos, una versión digna de pasar a los anales:

    Eva María se fue buscando el sol en la playa

    con su maleta de piel y su biquini de rayas.

    Ella se marchó y solo me dejó recuerdos de su ausencia.

    Sin la menor indulgencia, Eva María se fue.

    Paso las noches así, pensando en Eva María.

    Cuando no puedo dormir, miro su fotografía.

    ¡Qué bonita está bañándose en el mar, tostándose en la arena,

    mientras yo siento la pena de vivir sin su amor!

    ¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?

    ¿Qué voy a hacer, si Eva María se fue?

    [bis]

    Apenas puedo vivir pensando si ella me quiere,

    si necesita de mí y si es amor lo que siente.

    Ella se marchó y solo me dejó recuerdos de su ausencia.

    Sin la menor indulgencia, Eva María se fue.

    [estribillo]

    Eva María se fue buscando el sol en la playa

    Con su maleta de piel y su biquini de rayas.

    [bis]

    Aparte de que parece improbable que alguien deje recuerdos de una ausencia, más bien sería de una presencia, ya en su momento me sorprendió el empleo de «sin la menor indulgencia» para definir la marcha de Eva María. Supongo que sería una ocurrencia de los responsables de la canción: José Luis Armenteros y Pablo Herrero. Tampoco resulta coherente que el planteamiento de la situación se repita al final. Ya sabíamos que la moza se había marchado y, claro está, sin indulgencia alguna.

    Ahora bien, ¿se marchó definitiva o temporalmente? El asunto no parece claro. Algún precipitado, sin la exégesis precisa, escribe en Wikipedia que Eva María dejó a su pareja. Sin embargo, la letra también permite entender que solo se marchó de vacaciones, tal vez con su familia como tantas jóvenes de la época. De hecho, el muchacho cuenta con una foto de ella, que pudo haber recibido durante la ausencia de la amada. Yo apuesto a que la chica estaba con sus padres en una residencia costera de Educación y Descanso, donde tantos «productores» gozaban de unos días de asueto.

    Mi hipótesis parece coherente con la época, aúna la honestidad familiar con la modernidad del biquini y, sobre todo, me evita pensar en todo un país cantando algo similar a una elegía. No, Eva María volvió morena, con su biquini y la maleta para reanudar una relación que el muchacho disfrutaría con entusiasmo renovado después de pensar en tantos recuerdos de su ausencia, que ya es ser retorcido. Eso sí, todo esto en latín tiene más empaque.

    Entrada publicada en Varietés y República el 15 de noviembre de 2024.  

  • La España del chiri-biribi, pom, pom, pom, pom

    La España del chiri-biribi, pom, pom, pom, pom

    Fernando Jiménez del Oso

    Una noche del verano de 1977 me encontraba solo en casa. Mi familia veraneaba en un pueblo cercano y, mientras trabajaba para pagarme los estudios, tenía que buscarme la vida a la hora de solucionar los retos de la intendencia doméstica. Incluida la cena, que preparaba con una sobriedad espartana a falta de recursos gastronómicos.

    Esa noche, comprobados los resultados de mi escasa destreza en la cocina, encendí la televisión en blanco y negro para ver una entrega de Más allá, un programa de temas esotéricos protagonizado por el no menos esotérico Fernando Jiménez del Oso (1941-2005), que por entonces gozaba de una notable popularidad. Salir en aquella televisión garantizaba millones de espectadores, aunque fueras Torrebruno o el Capitán Tan.

    Los charlatanes siempre han sido una de mis debilidades. El citado, a pesar de ejercer como psiquiatra, en la televisión utilizaba buena parte de los recursos de este oficio tan noble para hablarnos de platillos volantes, extraterrestres y apariciones misteriosas. Su aspecto -véase la foto- invitaba al susto y el tono de su voz todavía más. Esa solitaria noche, claro está, me asustó y antes de que el movimiento de las cortinas despertara la sospecha de una compañía imprevista, apagué la televisión porque por entonces lo de cambiar de canal era una operación bastante limitada.

    Fernando Jiménez del Oso mantenía las apariencias, pero los charlatanes capaces de contar, con absoluta seriedad, los embolados más tremendos ya estaban en la monopolística pantalla de la época. Y con todas las bendiciones de las autoridades, que controlaban con mano férrea las emisiones por su enorme influencia entre la población. Conviene recordarlo, ahora que tanto se habla de los bulos como consecuencia de la fragmentación de la oferta informativa que permite la proliferación de quienes sustituyen a los periodistas.

    La anécdota la he recordado al ver la serie Ummo. La España alienígena (2022), de Laura Pausa y Javier Olivera, donde Fernando Jiménez del Oso es un protagonista destacado. Los tres capítulos tratan de un país que, desde mediados de los sesenta, se empeñó en divisar platillos volantes y extraterrestres por todas partes. La prensa de la época, incluida la oficialista cadena del Movimiento, está repleta de estas noticias nunca desmentidas y publicadas con la seriedad de lo aparecido en el BOE.

    Si el turismo había elegido España como destino preferente, nada más lógico que los extraterrestres compartieran la búsqueda del sol, las playas, los precios baratos y la natural simpatía de los españoles. Puestos ante tan irrefutable evidencia, lo raro era encontrar a alguien que no hubiera tenido la experiencia del OVNI sobre su tejado o, al menos, que no supiera de la misma a partir de un vecino, que lo había leído en la prensa como argumento de autoridad.

    Los extraterrestres se cansaron de venir a España con la llegada de la Transición, que ya es casualidad. Desde entonces andarán por otros lares. Tal vez porque nos hayamos convertido en un país más normalito, aunque todavía quedan ciudadanos dispuestos a creer a los embaucadores, ahora reconvertidos gracias a la tecnología. El fenómeno, aparte de preocupante por la divulgación de bulos, parece novedoso. Sin embargo, dista de serlo en una España donde como en otros países hay personas dispuestas a creer lo insólito porque la realidad le resulta aburrida o incómoda.

    La citada serie me ha recordado la presencia de tantas personas dispuestas a difundir supuestas noticias relacionadas con los alienígenas que, ahora, al cabo de las décadas tendrían dificultades para justificarlas por la desaparición de lo que nunca existió. La prueba del tiempo es un excelente criterio para valorar la credibilidad de una noticia, aunque al final nadie pida disculpas por haber difundido una patraña. Apenas se haya detectado como tal, los responsables habrán sacado otras nuevas para que el espectáculo no decaiga.

    Los platillos volantes por los cielos de España fueron una moda destinada a la distracción del personal, casi siempre harto de lidiar con la realidad. Como tal habrá que examinarla y, sobre todo, no perder el humor a la hora de evocarla con sus trampas y cartón. Al fin y al cabo, como bien explica Ummo, vivíamos en la España cañí donde Los Payos en 1969 triunfaron clamorosamente con el chiri-biribi pom pom pom dedicado a María Isabel, aquella muchacha que paseaba por la playa tras ponerse el sombrero. El millón de discos vendidos con la pegadiza melodía remite a un país necesitado de extraterrestres que llegaran de la mano de Fernando Jiménez del Oso o de cualquier otro sujeto de ojos penetrantes, voz grave y aspecto misterioso al servicio de romper la monotonía y la complejidad de la realidad:

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 13 de noviembre de 2024. En fechas recientes, el vicepresidente de USA ha insistido en la existencia de los OVNIS, relacionados directamente con el demonio. El general Franco no se atrevió a tanto.

  • Tadzio, «il ragazzo piú bello del mondo»

    Tadzio, «il ragazzo piú bello del mondo»

    Tadzio, «il ragazzo piú bello del mondo»

    Rafael Azcona descubrió Ibiza en los años cincuenta, cuando la isla todavía conservaba el encanto de un lugar poco frecuentado. Una noche de verano, montando en bicicleta, el futuro guionista quedó deslumbrado ante el cielo estrellado. La tentación fue inevitable, el ciclista miró hacia arriba y acabó magullado en tierra tras tropezar con un obstáculo. Desde entonces, según me contó en una comida, nunca se dejó cautivar por lo sublime o trascendente. Yo tampoco; tras muchos años escribiendo, jamás he dedicado una línea a los héroes de la perfección porque sigo las enseñanzas del amigo que tantos consejos me dio en forma de anécdotas para el recuerdo.

    El problema es que las voluntades más firmes a veces caen en la tentación, aunque tengan la coartada de las circunstancias a una edad temprana. En 1981, concretamente el 22 de febrero, juré bandera en un ejército con oficiales dispuestos a dar un golpe de Estado. La experiencia la conté con algo de humor en La sonrisa del inútil (2008) y no cabe reiterar las batallitas de aquel año. Sin embargo, la visión en RTVE Play del documental The most Beautiful Boy in the World (2021)de Kristina Lindströn y Kristian Petri, me ha traído el recuerdo de una noche en el campamento de San Fernando donde se supone que serví a la Patria.

    Cada mes y medio, cuando se marchaba un reemplazo de reclutas con destino a Ceuta y Melilla, el campamento donde habitualmente había dos mil personas quedaba solitario a la espera del siguiente reemplazo. En nuestro barracón con techo de uralita y numerosos chinches solo permanecía un soldado, Lorenzo, bajo las órdenes de un cabo, que nunca tomó en serio la relación jerárquica con quien ya era un monje capaz de renunciar a sus privilegios en el servicio militar y hacerlo como el resto de los cristianos.

    Lorenzo, en momentos de bronca y gritos, que abundaban, me hablaba en latín por lo bajinis mientras permanecíamos en la formación. Para tranquilizarme porque él, a diferencia del cabo, era de un estoicismo propio de quien admira a quien vino a la tierra para ser crucificado. El latín fue uno de los motivos de nuestra complicidad, pero hubo otros más a lo largo de aquellos meses.

    Una noche en que la soledad del barracón permitía escuchar el vuelo de un moscardón, incluso a los chinches desesperados por la falta de alimento, Lorenzo y yo debíamos turnarnos en las imaginarias para evitar la invasión del turco o cualquier otra desgracia. La guardia correspondía a un teniente bonachón que nunca se movía de su puesto y, atrevidos por puro hartazgo, decidimos cerrar la puerta y ver la televisión en compañía de unos ratones ya familiares.

    La casualidad quiso que esa noche RTVE emitiera Muerte en Venecia (1971), de Luchino Visconti. Ambos la habíamos visto mientras acumulábamos prórrogas para posponer la incorporación a filas. Aquello fue un chute de belleza como el cielo estrellado de Rafael Azcona. La Venecia decadente filmada con la sabiduría de Luchino Visconti, el adagietto de Gustav Mahler, el relato de Thomas Mann sobre la belleza absoluta como antesala de la muerte, la elegancia de Silvana Mangano y, claro está, la turbadora imagen de Tadzio, el chico más guapo del mundo, interpretado por un desconocido que respondía al nombre de Björn Andrésen. El conjunto es la perfección al servicio de una belleza deslumbrante en un clima de decadencia y muerte.

    Nuestra caída de la bicicleta pudo haber venido en forma de arresto por incumplimiento del deber, pero esa noche hubo suerte y ambos, solos en el barracón, hablamos largo y tendido sobre la película. Lorenzo era respetuoso con el dogma, pero escéptico y comprensivo en cuestiones terrenales. Sin necesidad de recurrir al latín, por la experiencia, convinimos en que lo visto era bello, pero peligroso como cualquier imagen deslumbrante. Había que ser precavidos, aspirar a bellezas accesibles y hasta respetar el derecho a la vida de los ratones y los chinches, que asistieron mudos a nuestro debate.

    Nunca he olvidado esa noche. De vez en cuando, escucho el adagietto, recuerdo un día pasado en Venecia y, por supuesto, he vuelto a ver la película de Luchino Visconti, donde Tadzio es el objeto de una mirada obsesiva que conduce a la muerte. El problema es lo que hubo tras la última toma, aquella de la figura del adolescente, recortada frente al mar, en una playa donde fallece Aschenbach, el músico deslumbrado por la belleza absoluta.

    Rafael Azcona me habló de las posibilidades del fundido en negro del cine frente al único fundido de la vida, que es la muerte. El director, cuando conviene, corta el relato y hasta creemos que, en la experiencia real, como en la cinematográfica, existen finales apoteósicos. A estas alturas, suponerlo es una estupidez y, en las clases, procuro avisar al alumnado. Le recomiendo que se deslumbre todo lo que sea preciso para disfrutar, pero que vuelva a la realidad una vez terminado el tiempo pactado de la ficción.

    Ahora, al ver el citado documental, tan deprimente, he sabido de una vida destrozada por culpa de la película de Luchino Visconti y otras circunstancias. Contemplar a Tadzio, que tenía mi edad, envejecido y destrozado es una enseñanza difícil de olvidar. Apenas merece la pena avisar de los peligros de instrumentalizar a un adolescente y convertirlo en un icono. Kristina Lindström y Kristian Petri nos los recuerdan, pero en mi reflexión permanece la necesidad de no buscar lo absoluto, sea en nombre de la belleza o de cualquier otro concepto.

    El consiguiente escepticismo del día al día resulta saludable y permite llegar al final en mejores condiciones que las vistas en Björn Andrésen, que ahora me apena frente a la admiración de antaño. Lorenzo, según supe por Irene Vallejo, vive en Granollers dando ejemplo de fe en varias parroquias donde ejerce como Llorenç por su indiscutible catalanidad. También escribe sobre filosofía y trabaja para Cáritas. Veo, desde la distancia, una vida coherente gracias a la discreción de la labor cotidiana, bien hecha y sin alharacas.

    Mi compañero de aquella noche y de tantas otras anécdotas es un monje urbano desde la etapa universitaria. El cabo, ateo de nacimiento y descreído por voluntad, a su modo también ha pretendido ser un monje, aunque en otras materias y sin tantas renuncias. Ambos aprendimos una lección: la belleza está ahí para rendirle tributo de admiración, pero no merece la pena deslumbrarse más allá de un instante y, sobre todo, nunca debe ser instrumentalizada como le ocurrió al pobre Tadzio-Björn cuando finalizó la película y siguió la vida.

    Entrada publicada en Varietés y República el 28 de julio de 2024. Björn Andrésen, el individuo de la foto arriba reproducida, falleció el 25 de octubre de 2025 a causa del cáncer cuando tenía setenta años.

  • Au revoir, Françoise

    Au revoir, Françoise

    Françoise Hardy ha fallecido. La noticia no por esperada tras una dura lucha contra el cáncer deja de entristecer a quienes supimos de ella en los años sesenta, cuando en 1962 triunfó con una canción protagonizada por «tous les garçons et les filles» que paseaban «dans la rue deux per deux». Apenas tenía cuatro años por entonces, pero el disco permaneció en casa durante mucho tiempo y la melodía que pronto fue un himno generacional la escuché junto con otras canciones todavía presentes en el recuerdo.

    A mediados de los sesenta era demasiado pronto para compartir las andanzas de esos adolescentes enamorados que, «les yeux dans les yeux et la main dans la main», caminaban «sans peur du lendemain». Pasaron los años, el miedo era nuestro colega en las clases sin ni siquiera atisbar un «lendemain» y a principios de los setenta llegó al instituto, de improviso y fugazmente como corresponde, una lectora de francés. La joven durante unas semanas sustituyó a la anciana felliniana encargada de hacernos leer las aventuras de la familia Dupont, aquella para la cual ir a la «boulangerie» era una hazaña digna de la letra impresa y la memorización.

    La joven de Lyon, que hablaba un castellano como el de la Ninette de Miguel Mihura, podía ser nuestra hermana mayor. La sorpresa fue notoria en una clase donde una chica solo era una referencia de la imaginación. Nadie sabía manejarse ante una presencia femenina que no fuera avejentada y, supongo, alguna burrada debió escuchar una lectora que merecía llamarse Mireille o Silvie, unos nombres que garantizaban el encanto de las «suecas», que solían ser francesas. Al menos, en una España todavía en blanco y negro donde traspasar la frontera suponía un viaje galáctico. Si lo queréis comprobar con una sonrisa basta recordar Vacaciones para Ivette (1964), de José María Forqué o las comedias protagonizadas por la sin par Ninette en compañía de «un señor de Murcia».

    Tras la sorpresa inicial, la asistencia a clase bajó porque era voluntaria y la chica no ponía la correspondiente falta. Una tarde, para pasmo de quienes seguíamos atentos sus intentos de mejorar nuestra pronunciación, la lectora trajo un tocadiscos portátil y una colección de singles con las más populares canciones francesas. Todavía recuerdo que la última, y repetida por petición de los pocos asistentes, fue la de Françoise Hardy, que contaba con una carátula donde aparecía el rostro de la cantante. Nunca lo he olvidado.

    Esa tarde aprendí a pronunciar algunos versos en francés, pero sobre todo la lección de maravillarme ante la belleza serena, elegante y melancólica de una joven que, para pasmo de quienes entendimos la letra, decía estar sola porque «personne ne murmure ‘je t’aime’ á mon oreille». Menos mal que, al final de la canción, Françoise se mostraba esperanzada, tal y como nos explicó la lectora para tranquilidad de unos jovencitos dispuestos a solucionar semejante soledad con el recurso de la imaginación.

    La ciencia avanza que es una barbaridad, como Ricardo de la Vega constató en La verbena de la Paloma (1894). Gracias a Internet, durante estos últimos años he vuelto a escuchar la canción de aquella tarde con la paseante presencia de una jovencísima Françoise Hardy. La contemplación del vídeo con diferentes subtitulados me provoca una sonrisa de complicidad, como cuando veo a una joven pareja «les yeux dans les yeux et la main dans la main», pero la imagen también me recuerda el respeto que merece la elegancia de quien nace bella y se hace todavía más hermosa gracias a su sensibilidad.

    La lección conviene aprenderla porque ayuda a respetar a quienes no comparten esa suerte de la genética o el destino. Justo en aquellos años sesenta, cuando escuchaba a Françoise Hardy y tantas francesas formaban parte de los sueños, acudía al fútbol con mi padre. Allí trabajaba, vendiendo pipas y chucherías, una mujer con el rostro destrozado por un accidente. Los energúmenos que nos rodeaban la llamaban Brigitte Bardot con las consiguientes risotadas, que se repetían domingo tras domingo. Mi padre nunca rio ante semejante bestialidad. Yo tampoco porque hasta le veía algo molesto con la reiterada «broma». Los tiempos y el lugar no permitían ir más allá, pero ese silencio de mi padre fue tan elocuente como el rostro de Françoise Hardy. Aquella mujer, probablemente, no tenía quien le murmurara a la oreja «je t’aime» y se lo merecía por padecer la brutalidad de un país donde la llegada de las Ninette, Ivette, Mireille o Silvie suponía una ráfaga de aire fresco. Y, si eran como Françoise, ni os cuento…

    Entrada publicada en Varietés y República el 12 de junio de 2024

  • Una conversación

    Una conversación

    El diálogo de los protagonistas, mientras fuman un pitillo, debió darse sin complejo de inferioridad por parte del minusválido situado a la izquierda. La evidencia salta a la vista. La ironía supone una constante en la obra de Ramón Masats, un intuitivo fotógrafo capaz de utilizar el contraste en lo cotidiano para captar imágenes tan insólitas como verosímiles. El requisito es tener la mirada entrenada y la intuición de quien sabe de la presencia del humor en cualquier esquina, siempre a la espera de un observador que no busca necesariamente la burla tantas veces presente en lo irónico.

    La instantánea de Ramón Masats podría ser un fotograma de cualquier película coetánea de Luis G. Berlanga o Marco Ferreri. Rafael Azcona disfrutaría al verla, mientras escribía historias de jubilados empeñados en quedarse minusválidos para evitar la soledad y realizar excursiones al campo en El cochecito (1960). El visto en la foto es más humilde y su utilización no resultaría fruto del capricho, absolutamente justificado, de un señor tan respetable como el personaje interpretado por Pepe Isbert. El asiento parece un sillón de mimbre reconvertido gracias a la pericia de un manitas del barrio y la tracción es similar a la de una bicicleta, aunque los pedales hayan sido sustituidos por unas manivelas. El vehículo del minusválido es propio de la España autárquica donde tantas veces se comprobó que la necesidad agudiza el ingenio; o la improvisación, que es una respuesta tan socorrida como carente del prestigio de lo clásico.

    La endeblez del vehículo contrasta con el poderío de la apisonadora de Cubiertas y Tejados S.A. La enorme máquina está lista para asfaltar una carretera. Tal vez en el extrarradio de Madrid –por el edificio situado al fondo- o en las afueras de un pueblo tan sorprendido ante la llegada del armatoste como Villar del Río. Allí, en medio de la expectación popular, también paró una apisonadora. El conductor no tiene tiempo de hacerse un cigarrillo con las autoridades ni de contemplar las calles engalanadas. Todo un síntoma de los tiempos venideros, pero anuncia la inminente llegada de los americanos; es decir, la modernidad apenas entrevista, al menos por los desencantados pueblerinos a los que el alcalde les debe una explicación. El discapacitado tampoco la conocería porque estaba acostumbrado a que nadie le rindiera cuentas y, curioso en su deambular para vender cupones o lo que fuera preciso, no tuvo reparo en aparcar «el cochecito» junto al monstruo mecánico y pegar la hebra con su conductor, que le atiende desde la «cabina» de su aplastante montura.

    La foto de Ramón Masats no permite conocer la temática de la conversación entablada por los protagonistas. Tal vez dispersa y superficial como corresponde a la ocasión. El objetivo del discapacitado sería hablar con su colega conductor e intercambiar impresiones sobre las posibilidades de sus respectivos vehículos. La comparativa de sus prestaciones salta a la vista. El tema daba para un cigarrillo bien fumado y, sobre todo, la conversación evitaría la soledad de quien dependía de una silla de ruedas en una época donde esta circunstancia era una desgracia sin paliativos.

    El humor del período franquista está repleto de tullidos, cojos, mancos… que, lejos de esconder su condición o recurrir al eufemismo, dan aliento a la vertiente más negra de la risa nacional. Los excesos de muchos humoristas fueron evidentes, así como la falta de respeto de quienes se rieron de la desgracia ajena. La crítica en este sentido parece una obviedad de lo políticamente correcto, pero también cabe pensar en la espontaneidad del hombre que se acerca a charlar con el conductor de la apisonadora. El gesto genera un contraste y el mismo, captado por la cámara, provoca la sonrisa del observador gracias al tratamiento dado por Ramón Masats.

    Al igual que la de Rafael Azcona, la mirada del fotógrafo no hace sangre en el humilde y respeta la dignidad de los protagonistas, que nunca protestaron al verse retratados e inmortalizados como personajes anónimos. El derecho a la imagen propia era un futurible en aquella España del blanco y negro, pero a la vista de tantas instantáneas desinhibidas también podemos pensar en la naturalidad de lo que fluye a la espera de una mirada atenta, aquella que sin sobresaltos ni énfasis nos recuerda con sencillez que dos colegas de la conducción podían echar un pitillo y pegar la hebra. Esa fluidez es vida, sin corsé y proclive al espectáculo de lo dispar.

    Entrada publicada en Varietés y República el 14 de agosto de 2017

  • ¿Fue gol?

    ¿Fue gol?

    Ramón Masats, 1951

    Un guardameta seminarista, con sotana y capaz de realizar una fotogénica estirada para evitar el gol, es una imagen cuya cotidianidad ahora parece insólita. Ramón Masats la captó en 1961, cuando el catalán visitó un seminario de Madrid para realizar un reportaje periodístico. A su salida, el todavía joven fotógrafo se topó con un partido de fútbol donde los jugadores de ambos equipos defendían el mismo color: el negro de las sotanas. Tal vez los seminaristas se confundieran entre sí y con el árbitro durante su ejercicio nada espiritual, pero también cabe confiar en la natural disciplina de estos jóvenes a la espera de la tonsura para que el encuentro discurriera por los cauces de la deportividad.

    El partido debió tener sus momentos de tensión y hasta de agresividad fruto de la edad de los jugadores. La sudorosa fogosidad evacúa los efectos de la disciplina. En cualquier caso, los excesos serían veniales hasta para la doctrina del nacionalcatolicismo, siempre comprensiva ante los imperativos de la virilidad. No obstante, ante la imposibilidad de recurrir a un caño para superar al defensa provisto de sotana, algún alocado seminarista atacaría a las bravas hasta caer derribado por una zancadilla. La acción antirreglamentaria merecería la pena máxima que se deduce por la posición de los jugadores en la foto y, dada la oportunidad, Ramón Masats se aprestó a sacar la instantánea.

    La ausencia de redes, y de cualquier indicio de una cancha en condiciones, permitió al fotógrafo situarse detrás de la portería, que por metonimia o sinécdoque suponemos al observar el poste derecho. La imagen de un gol encajado por la Iglesia era problemática a principios de los sesenta, pero quedaba disculpada por la juventud de los protagonistas y la circunstancia de que el delantero también profesaría poco después. No cabía decantarse por uno u otro equipo y, por supuesto, la atención del observador se centra en la espectacularidad de la estirada, que merecía quedar culminada con una parada o un despeje.

    Nadie duda del mérito del entusiasta portero, pero si observamos la fotografía con atención de malintencionados o iconoclastas comprobaremos que el balón oculta una parte de su mano derecha; es decir, el esférico había superado al guardameta. El gol parece inevitable en tales casos. No obstante, la ausencia de defensores nos hace suponer un penalti, que sería ejecutado por el seminarista situado a la izquierda de la fotografía. Si así fuere, la trayectoria del balón bien pudo lamer el poste, pero por fuera.

    La estirada del guardameta fue, en definitiva, tan digna de quedar grabada en la memoria colectiva como inútil, bien porque el seminarista llegó tarde o porque el delantero tuvo mejores días en cuestión de puntería. Apenas importa, pues la espectacularidad de lo excepcional gusta más que la efectividad de lo previsible. El futuro párroco no pararía el balón, pero ganó la inmortalidad gracias a su atlético desafío a la gravedad y la penitencia de un golpetazo notable, así como algún desgarro en la sotana de diario.

    El precio del dolor en la cadera y el probable castigo por «el siete» en la prenda lo pagaría el portero con la sorpresa de que, gracias a la mirada de Ramón Masats, su gesta pasó a la posterioridad. La fotografía estuvo durante años en una parroquia de Madrid para orgullo del protagonista, pero también como recordatorio de que la verdadera inmortalidad es un instante de plenitud como el de aquella prodigiosa e imprevista estirada, aunque fuera inútil.

    Entrada publicada en Varietés y República el 11 de agosto de 2017

  • El «piropo»

    El «piropo»

    Carlos Arniches era un hombre bienhumorado y, sobre todo, un creyente en la bondad natural de quienes poblaban sus obras teatrales. Ambas circunstancias le llevaron a imaginar una academia donde los discípulos aprendían el método Gorritz, que resultaba infalible en materia de piropos ingeniosos, oportunos y capaces de derrumbar cualquier resistencia femenina. El propio Gorritz ejerce de maestro en el arte del requiebro, pero al final recibe una lección porque su edad y condición de casado resultan risibles en combinación con los lances del deseo. La tradición del teatro como escuela de costumbres así lo dictamina, mientras la realidad deambula por otros derroteros menos proclives a la sonrisa y la comprensión.

    El piropo viene de largo y puede ser de tantos tipos que ha propiciado monografías como la del profesor José Luis Calvo Carilla. Las fotos de Francesc Catalá Roca y Xavier Miserachs no permiten imaginar unos piropos ocurrentes, graciosos y hasta poéticos. Los rostros y las actitudes de los protagonistas desmienten semejante posibilidad. El lanzado en la Sevilla de 1959, probablemente después de una procesión de Semana Santa por las sillas puestas en la acera y el tiempo lluvioso, indica un descaro no exento de chulería. El piropeador se siente impune y protegido por los representantes del poder eclesiástico y militar, que durante el franquismo provocaba temores en muchas materias mientras exhibía una complaciente actitud ante los excesos de la testosterona.

    Las víctimas sevillanas desconfían de las autoridades allí presentes, si las vieron, y optan por endurecer el gesto, acelerar el paso, mirar adelante para evitar el rostro chulesco del agresor y, una de ellas, poner la mano sobre el pecho, pretendiendo así tapar la parte del cuerpo que pudiera haber incitado al piropeador. No parecen mujeres especialmente atractivas ni jóvenes. Ambas solo son «responsables» de estar en la calle y cruzarse con un solitario, de aquellos que tomaban un coñac Soberano sin saborearlo y después desplegaban unas artes de seducción capaces de espantar a cualquiera, aunque algunos, justo al lado, opten por seguir hablando de la procesión a pesar de la amenaza de lluvia.

    El piropo recogido por la cámara de Xavier Miserachs en 1962 invita a pensar en un fotógrafo especialmente dotado para «el momento decisivo» del que hablara Henri Cartier-Bresson. Tal vez el catalán intuyera que la presencia de un nutrido grupo de jóvenes, procedentes de un centro masculino de bachillerato, era la estopa a la espera del fuego de una joven que se cruzara por el camino. Xavier Miserachs decidió seguir los pasos de esos alborotados chicos por la Vía Layetana. La intuición favorece el azar y, justo en ese momento, la cámara recogió el salto del piropeador, que con el ímpetu de las hormonas provoca la maniobra de regate de una mujer con un rostro de hastío y rabia ante la insolencia del jovenzuelo. Incluso pudo haberle propinado un manotazo como respuesta. Mientras tanto, el resto del grupo ríe la gracia del asaltador y refuerza el espíritu gregario donde cualquier «lanzado» se siente a gusto porque ostenta un liderazgo, aunque sea momentáneo.

    El sevillano es un solitario que mira a las mujeres con el descaro del veterano. El barcelonés se sabe en grupo, es joven y recurre a una puesta en escena más espectacular para provocar la risotada de los compañeros. La joven le esquiva con peligro para su integridad porque camina por una calzada donde hay coches. Nadie recala en la presencia del fotógrafo y la escena se desarrolla con la espontaneidad de lo tan acostumbrado como risible, de acuerdo con la mentalidad imperante en la época. Xavier Miserachs testimonió el acoso y derribo de una joven bajo la coartada de un piropo gregario. Los comentarios, al cabo de los años, casi sobran por su obviedad para quienes somos conscientes de aquella selva machista, que no era privativa del franquismo, tal y como demuestran las numerosas fotos coetáneas dedicadas al piropo en diferentes países.

    La instantánea es reveladora. Todo queda nítido para provocar la emoción del observador. La consiguiente reflexión habrá ganado consistencia con el paso del tiempo y el cambio de las costumbres, pero las fotos geniales deben guardar alguna interrogante. Visto el rostro del joven situado en primer plano, casi chupando cámara sin saberlo, cabe preguntarse si era consciente de lo sucedido a sus espaldas. Tal vez sí, o no; incluso es probable que haya fallecido sin saberse protagonista de una foto célebre. En cualquier caso, parece ir a lo suyo sin mayores problemas, como si tuviera prisa y despreciando el peligro de andar por la calzada, porque esto de los excesos en el piropo solo interesaba a miradas atentas como la de Xavier Miserachs. El resto reía la gansada de un compañero o hablaba de la procesión.

    Entrada publicada en Varietés y República el 12 de agosto de 2017

  • Presentación del blog

    Presentación del blog

    Memoria y ficción es un blog que invita a compartir los recuerdos de quienes ya acumulamos algunos años y, lejos de avinagrarnos pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, miramos hacia atrás con una sonrisa de comprensión sin perder el sentido crítico. La melancolía es inevitable, sobre todo cuando se relaciona con la lejana juventud, pero también resulta paralizante. Una alternativa pasa por la recreación del pasado gracias a las múltiples ficciones o recuerdos que lo avivan en diálogo con nuestro presente.

    La memoria debe ser alimentada para mantenerla viva como garantía de supervivencia en un mundo bastante caótico donde las referencias, las fijas, escasean por el afán de consumir la última novedad. Frente a este sindiós, cabe plantarse, recordar con una sonrisa nada bobalicona y compartir unas vivencias que fundamentan una trayectoria donde todo, al final, acaba teniendo el valor relativo de un sano escepticismo.

    Alicante, 1964. Mi abuela, un amigo y yo en una foto neorrealista

    Enrique Tierno Galván explicó en reiteradas ocasiones que a los dieciocho años un individuo debía tener lo fundamental claro y, a partir de ese momento, ahondar en una misma dirección. Esta última puede llevarnos a lugares insospechados, pero es indudable que el momento generacional capaz de marcarnos suele ser el de la juventud y con él aparecen los recuerdos imborrables que se añaden a los de la infancia.

    Nací en 1958 en una España todavía en blanco y negro, mi infancia fue la de un chaval del tardofranquismo y mi juventud coincidió con un momento tan apasionante como la Transición. De todo ese período hablaremos en un blog que continúa la labor iniciada en Varietés y República, que a partir de ahora permanece en la red como un diario de mi actividad profesional.

    Para hacer posible ese enlace con lo publicado, durante las primeras semanas recuperaré las entradas del primer blog vinculadas con la temática de Memoria y ficción y a partir del curso 2026-2027 añadiré otras que completen una labor iniciada con dos libros todavía accesibles: La sonrisa del inútil (2008) y Contemos cómo pasó (2016). Ambos marcaron la línea a seguir y ahora, puesto un pie en la jubilación, la culminaré con un blog que será un espacio de diálogo con el pasado a la búsqueda de una sonrisa compartida y compatible con la lucidez crítica.

    La melancolía la dejamos para otro momento porque solo la juventud lejana la merece y a ratos, porque la memoria y la ficción también nos la devuelven envuelta en recuerdos que conviene mantener bien vivos.