
Pedro, o Monsieur Pierre, es un viejo republicano con décadas de exilio en París. Casado con Madame Bernarda, del ramo de la verdulería, ha formado un hogar proletario y concienciado donde la nota de modernidad es la preciosa Ninette, la hija que trabaja en las Galerías Lafayette y a menudo dice «mais oui, Monsieur…» con un acento que desarma a cualquier «español de bien».
Miguel Mihura siempre supo de la imprescindible presencia de una mujer como protagonista de sus comedias. En 1964, imaginó que un señor de Murcia, dispuesto a echar una cana al aire gracias a una herencia, fuera a París en busca de frivolidad y desenfreno. La echó, pero en casa de Monsieur Pierre, en la que Ninette resulta ser tan deliciosa como envolvente.
La relativamente voluntaria clausura de Andrés, el señor de Murcia, le permite entablar varias conversaciones con el irredento republicano. No suelen coincidir, pero el visitante cede porque, al fin y al cabo, disfruta de una hospitalidad con el añadido de Ninette, que no es poco.
La táctica para evitar la discusión pasa por la indefinición. Monsieur Pierre, sin embargo, es un hombre acostumbrado a la dialéctica del materialismo histórico y le exige un pronunciamiento claro y rotundo sobre temas como los planes quinquenales de la URSS. Además, le recuerda la necesidad de ser cocidista o fabadista, sin medias tintas y con el debido entusiasmo militante.
La necesidad de escoger entre militar en las filas de los cocidistas o de los fabadistas me hace sonreír como espectador de Miguel Mihura, pero la evito porque prefiero los matices a las rotundidades. Sin embargo, de vez en cuando ese andar entre ambos extremos aburre y es conveniente pronunciarse en los términos establecidos por Monsieur Pierre. De lo contrario, corremos el riesgo de que el exiliado nos castigue con un solo de gaita emulando a los verdugos más perversos.
Puesto a ser cocidista o fabadista y dado que Pepa prepara ambos platos de maravilla, no encuentro demasiadas disyuntivas que merezcan una opción excluyente. Y menos con el paso del tiempo, que todo lo cubre con una pátina de escepticismo. No obstante, al plantear en casa la necesidad de un pronunciamiento claro y rotundo, el consenso lo encontramos en temas como el eterno enfrentamiento entre Coyote y Correcaminos.
En nuestra familia y por unanimidad alcanzada en varias votaciones somos partidarios de Coyote. La elección tiene truco porque su veloz oponente carece de personalidad, no digamos de vida interior, al ser tan solo el deseo imposible o inalcanzable del sufrido Coyote, tan trabajador y ocurrente como al final estrellado.
Coyote evidencia la amargura del hambre, que siempre es un motivo respetable, mientras que Correcaminos no solo luce una apolínea figura, sino que, además, mantiene una insolente sonrisa solo alterada por su chulesco bip-bip. En su vida no hay drama porque nació con la suerte de cara, mientras que en Coyote todos los intentos de comer se saldan con un fracaso subrayado por una caída, una explosión o un golpe. Menos mal que el derrotado se recupera con una rapidez milagrosa porque lo suyo, en materia de destino, está abocado a la repetición por culpa de los guionistas.
Ser partidario de Coyote desde chaval, cuando merendaba unas maravillosas magdalenas viendo aquellos episodios, me ha enseñado a comprender las vicisitudes de los antihéroes, desde los pícaros a los derrotados de tantas guerras. También me ha hecho dudar de la existencia de los héroes. Al menos de los oficiales, porque otros sujetos, habitualmente en segundo plano, merecen este calificativo.
Así, al evocar una conversación con Rafael Azcona en un hotel de Murcia, sin la presencia del «señor», recuerdo una frase que me dijo cuando su carrera de guionista estaba prácticamente terminada: «Nunca he dedicado una sola línea a los héroes». Su filmografía lo confirma y, al cabo del tiempo, cuando yo también estoy cerca del final de mi carrera, creo que puedo compartir la frase del maestro. Los héroes son los grandes ausentes de mis libros.
La ausencia la podría justificar con múltiples razones, algunas de enjundia filosófica o ideológica, pero en el fondo creo que responde a un motivo más sencillo: «Soy de Coyote», como decíamos en el patio del colegio, cuando jugábamos a «tú la llevas» y siempre había un chulito capaz de imitar el bip-bip porque conocía mi lentitud de chaval gordito.
La diferencia es que Coyote está abocado a repetir una y otra vez su destino, mientras que yo adelgacé para evitar las burlas y el colesterol. Lo conseguí con renuncias, pero nunca me he pasado al bando de los correcaminos porque sigo identificado con los coyotes, aquellos que se quedaron a medio camino porque confiaron en los productos de la marca Acme.
Ahora, cuando tengo noticia del estreno de Coyote vs. Acme, una película en la que el eterno derrotado interpone una demanda contra la citada casa, ando buscando dónde firmar para mostrar mi solidaridad con las víctimas de tantos productos defectuosos, que prometen poder alcanzar a un Correcaminos tan veloz como absurdo porque no va a ninguna parte. Lo mejor es dejarlo correr y hacerse vegetariano sin confiar en los embaucadores de Acme, una empresa que debe pagar una indemnización millonaria para que los coyotes tengan algún consuelo en el caso de no optar por la vía de los vegetarianos.




















