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  • Mi amigo Frankenstein

    Mi amigo Frankenstein

    Boris Karloff

    Apenas me interesan las películas de terror; al menos, las convencionalmente adscritas a ese género. Tampoco la literatura en la que a menudo se basan, que me aburre tanto como la gótica o la ciencia-ficción. Sin embargo, sospecho que, a estas alturas y con más de sesenta años de espectador, tengo mis preferencias entre los personajes reconocidos a la hora de asustar. El problema es que, por esa familiaridad de verlos con frecuencia, su capacidad de aterrorizar anda un tanto devaluada porque también ha pasado por la parodia y la risa, que agradezco por encima de cualquier susto de un monstruo u ocurrencia de un científico enloquecido.

    Frankenstein me cae simpático, pero a Drácula no le soporto. La contrapuesta valoración viene de lejos, de cuando siendo un chaval los conocí atareados en los menesteres del susto mortal. El primero es un tipo tan bruto y destarifado, porque le prestaron un cerebro «anormal», como noble en sus múltiples enfrentamientos. Desde que lo encarnara Boris Karloff en la película dirigida por James Whale en 1931 le veo atolondrado, pero nunca taimado, a diferencia del conde incompatible con el ajo. De hecho, Frankenstein es un puzle de restos humanos que, con independencia de su belleza original, acaban mal combinados. Feo como un anti-Narciso, pero un tipo popular solo capaz de hacer lo que sus cortas entendederas le permiten. El aristócrata del mordisco, sin embargo, acumula siglos de experiencia y, cuando no se aburre mortalmente por un hastío como el explicitado por Nosferatu, actúa a traición si se cumple el requisito de la nocturnidad con la previsible alevosía.

    James Whale y Boris Karloff pasaron a menudo olímpicamente de la novela de Mary Shelley. La contertulia de lord Byron llegó a concebir a su criatura como un «moderno Prometeo» capaz de largar al modo de un experimentado filósofo. Nada de gruñidos y aspavientos como los recreados por quienes convirtieron al monstruo en un tipo patoso, lento y gruñón, que solo progresa adecuadamente en la continuación de 1935 cuando bebe vino, fuma puros y, claro está, muestra el deseo de folgar con moza placentera. Ahí empieza su autodestrucción. Le comprendo, porque resulta insoportable que hasta la novia grite al verte y asustarte cuando te observas reflejado en el agua de un estanque.

    El monstruo es el otro, como tantas veces ejemplifica el burgomaestre al frente de los pueblerinos entorchados a la búsqueda de una venganza, que bien podrían haber dirigido al noble que lo creó por la soberbia de un iluminado insoportablemente clasista. La solidaridad con la monstruosa víctima, que a su vez provoca otras víctimas en una espiral de intolerancia, se impone como un juego de la ficción donde todos quedamos eximidos de responsabilidad. Por eso el personaje de Boris Karloff me cayó simpático desde que le conocí en compañía de mi padre y gracias a una televisión donde el blanco y el negro nunca suponían una avería.

    Además, el pobre monstruo suele salir malparado de los enfrentamientos, a diferencia del ventajista Drácula, que muerde a traición porque su capa multiusos resulta envolvente, incluso para la censura, y el maligno entra y sale de la habitación de «la chica» convertido en murciélago. Así cualquiera, salvo que medie una ristra de ajos o unas cruces esgrimidas con convicción de catecúmeno.

    Su colega en el empeño del susto mide más de dos metros, no permanece invisible ante un espejo, ni siquiera sabe esconderse y, con paso tan torpe como demorado, acaba dando al contrincante una oportunidad para huir. Puestos a pelear, casi muestra un espíritu deportivo. El problema de la violencia en estas películas de los años treinta radica más bien en los cortos de entendederas, que suelen dispararle o blandir una antorcha para asustarle. Andan equivocados, puesto que el monstruo tiene experiencia como renacido sin necesidad de haber visto la película de Leonardo DiCaprio.

    Frankenstein es un tipo de buen conformar que, como demuestra en su visita al bondadoso ciego, solo aspira a escuchar el violín mientras bebe y fuma a la espera de folgar sin mediar gritos o aspavientos. También es verdad que no controla los impulsos por falta de aprendizaje, como ocurre con el asesinato de María, la niña que le ofrece flores para que varias décadas después viéramos la mirada de Ana Torrent en El espíritu de la colmena.

    Después de pasar por series de dibujos animados y parodias como la de Mel Brooks, el único que asusta en sus películas originales es el doctor Pretorius, que se lleva la cena a una cripta para dialogar con el monstruo e invitarle a una copa. A partir de ese momento, sabemos que es el verdadero malo, pero sin olvidar a un Víctor Frankenstein siempre disculpado por su bella prometida. Tal vez porque su condición de barón difumina las obsesiones del varón.

    El protagonista de las dos películas de James Whale, un director que terminó suicidándose, es un iluminado de modales compulsivos que trabaja en un laboratorio digno de una comedia de Enrique Jardiel Poncela, cuya confianza en la ciencia era nula. Allí da órdenes sin reflexionar, menosprecia al jorobado que le sirve hasta el punto de perder la vida en acto de servicio y provoca todo tipo de catástrofes. La culpa no es del monstruo, sino de alguien que estaría en un manicomio de no ser rico.

    Vistas así las películas, con la poca fe de quienes pensamos que los mitos solo son creíbles cuando olvidamos las circunstancias de la realidad, me fastidia que al final el monstruo perezca y Víctor Frankenstein sobreviva en compañía de su pareja, que en la segunda entrega de James Whale todavía es más guapa, paciente y abnegada. La vida no es justa y, si después del vino acompañado con un puro, el monstruo no puede folgar con hembra placentera, parece lógico que se acabe el mundo para quienes padecen tan triste destino.

    El problema es que el monstruo concebido por Mary Shelley ha vuelto a trabajar en más de treinta películas para acabar siempre fatal, que ya es desgracia. Mientras tanto, su colega Drácula disfruta lo suyo hasta que recibe la ración de ajos, cruces y hasta una astilla clavada en el sitio oportuno cuando duerme la mona después de la juerga nocturna. Se podrá aburrir como conde condenado a la vida eterna, sin ilusión a la hora de clavar los colmillos, pero su empeño siempre me ha parecido más llevadero. El de Frankenstein es un sindiós que justifica el suicidio.

    La solidaridad con el desdichado monstruo me parece inevitable, al tiempo que me resultan insoportables los iluminados como Víctor o Pretorius. Ambos ni siquiera llegaron demasiado lejos porque, poco después, el doctor Mengele y compañía demostraron que el verdadero terror estaba a la vuelta de la esquina sin necesidad de un decorado de novela gótica. Bastaba una cámara de gas, masificada pero eficaz, para el destino de quienes pasaron por sus experimentos, donde la ciencia era un macabro empeño. Las circunstancias, las históricas, una vez más dejaron en un segundo plano cualquier mito, que solo nos ayuda a comprendernos cuando nos imaginamos inmunes a esas mismas circunstancias. Vana ilusión, aunque distraída y provechosa como partícipe de la ficción.

  • La buena suerte

    La buena suerte

    El relato autobiográfico tiende a evitar el caos mediante un orden lógico cuya existencia resulta cuestionable. Nos gusta imaginar que dimos los pasos adecuados para llegar a una meta que, por ser la alcanzada, parece la única posible. Así fortalecemos la concatenación de distintas etapas, como si todas respondieran a una voluntad capaz de crear las circunstancias adecuadas con vistas al objetivo propuesto. La ilusión nos reconforta y hasta tranquiliza porque, entre otros motivos, obviamos un azar que nunca controlaremos, aunque sea notable el empeño puesto en contar con «una buena suerte».

    Al llegar el momento del balance tras repasar el pasado, puedes mantener esa ilusión, pero también asustarte por el recuerdo de las ocasiones en las que, gracias al azar, todo pudo haber cambiado. Y a peor, por desgracia. La memoria me permite recordar algunos de esos episodios. Los rememoro en familia para ser conscientes de que debemos luchar por nuestros objetivos, aunque los mismos puedan convertirse en un imposible por culpa del azar, de esa suerte que a veces resulta esquiva sin razón alguna para su justificación.

    Mi padre protagonizó, al menos, tres de esos momentos en que una trayectoria habría quedado en nada antes de empezar o habría discurrido por cauces completamente diferentes. Me los contó ya jubilado, los rememoramos juntos y ahora, al cabo de los años, todavía los recuerdo con el agradecimiento de que el azar nos fuera favorable.

    Los dos primeros guardan relación con la Guerra Civil. Pepe pretendió ir al frente como voluntario junto con un par de muchachos de la FUE que también estudiaban Magisterio. Los tres salieron con destino a Valencia para enrolarse. Allí, en la estación, les esperaba mi abuelo junto con un familiar que trabaja en los ferrocarriles. Ambos invitaron a comer a los voluntarios y, sin contrariar su propósito, el maquinista les mostró las balas que le disparaban en cada trayecto. No eran de fogueo precisamente y la evidencia difuminó el idealismo de mi padre, que decidió volver a casa hasta la movilización de su quinta. Sus dos amigos siguieron adelante y nunca llegaron a ser maestros porque fueron acribillados cerca de Teruel.

    Tras haber estado movilizado durante los últimos meses de la guerra, el azar también le libró de caer prisionero en la plaza de toros de Valencia. Un soldado de los vencedores le reconoció y le avisó de lo que sucedía para que se encaminase en otra dirección, hasta llegar al pueblo de La Nucía donde su familia estaba refugiada. Allí evitó nuevos problemas gracias a que varios de sus amigos militaban en las filas de los falangistas.

    La suerte le libró de algunas previsibles represalias, pero no impidió que fuera movilizado por segunda vez y destinado a un aeródromo que con los años se convertiría en la Universidad de Alicante. En aquellos barracones ahora transformados en facultades mi padre asistió a un sorteo donde nadie quería ser premiado.

    La División Azul se nutrió de voluntarios entusiastas por su militancia falangista, pero también de soldados a los que nunca se les preguntó acerca de si Rusia era «culpable». De los destinados en el aeródromo debía salir un cupo. Ante la ausencia de voluntarios para cubrirlo, se procedió a un sorteo. Mi padre tuvo fortuna y quedó libre, por azar, de marchar a las estepas de las que tantos miles de jóvenes nunca volvieron. El episodio apenas es una anécdota en relación con la historia de la División Azul. Nunca lo magnificaré en nombre de la memoria, pero el resultado de aquel sorteo permitió que Pepe conociera a Antoñita y los tres hijos pudiéramos nacer.

    El 6 de enero de 1967 mi padre me llevó a Benidorm para ver un partido de fútbol que disputaba el Hércules. Por entonces, yo era un futbolero como tantos chavales y lo prometido formaba parte del regalo de Reyes. Según me contó años después, cuando tuvo otros problemas cardiacos, ese día se encontraba mal, pero no quiso decepcionarme. Apenas comenzado el partido, le dio un infarto de miocardio. Gracias a estar en un espacio dotado de servicios médicos, pudieron atenderle inmediatamente y trasladarle a una cercana clínica, donde se salvó de puro milagro.

    De aquel dramático episodio vivido a los ocho años, con la impresión de verle convulsionar y echar por la boca una especie de alquitrán, solo recuerdo esa imagen. Ha sido decisiva para que jamás sintiera la tentación de fumar. Las fotos de los paquetes de tabaco resultan idílicas en comparación con ver a un padre a punto de morir.

    Al cabo de unos días volvió a casa convertido en un paciente que tendría problemas cardiovasculares hasta su fallecimiento en enero de 1996, cuando cayó fulminado mientras merendaba. La tarde anterior me encargó un regalo para el cumpleaños de mi madre e iba a llevárselo cuando recibí la fatal noticia.

    La pérdida de un padre siempre es una experiencia dura, pero llegó cuando yo era un adulto con la vida encauzada. El fallecimiento pudo producirse treinta años antes en Benidorm. Habría bastado con estar en el coche o lejos de la asistencia médica. El azar, y solo el azar, quiso que el infarto tuviera lugar donde fue posible seguir vivo.

    La condición de huérfano a los ocho años habría cambiado por completo mi vida. Al igual que mis hermanos, estudié la carrera mientras trabajaba. Todavía recuerdo la saca de cartas listas para repartir a la salida de clase. La economía de la familia no daba para más. Si los ingresos se hubieran reducido a una pensión de viudedad esa incorporación al trabajo se habría adelantado varios años. Con suerte, después de terminar el bachillerato elemental, como tantos de mis compañeros. Ahora, en vez de catedrático universitario, sería un jubilado de vete a saber qué.

    A veces escucho que nacer en el seno de una buena familia resulta determinante para alcanzar metas personales. La frase es una obviedad y nunca terminaré de agradecer lo que ha supuesto mi entorno familiar. Pero cuando en compañía de Pepa repaso aquellos episodios, donde de no haber mediado un favorable azar hubiéramos visto frustradas nuestras expectativas, sentimos vértigo. No solo por la posibilidad de caernos en un futuro si esa suerte resulta esquiva, sino también por la soberbia de quienes pretenden trazar las vidas como en la ficción.

    El esfuerzo y la voluntad son imprescindibles, pero esas bazas tantas veces publicitadas no garantizan un resultado positivo. La justicia poética es una prerrogativa del deicidio que a menudo supone la ficción. La realidad, tan caótica y contradictoria, depende en ocasiones de un sorteo o de caer enfermo en el lugar adecuado. Lo peor es que, sin ganas de participar en la ruleta de la suerte, nadie nos pregunta al respecto y ni siquiera cabe comprar el boleto que intuimos afortunado como garantía de acierto. Solo permanecemos casi inermes donde, a diferencia de la ficción, nadie parece autorizado para repartir una suerte acorde con los méritos. Tenemos la que nos llega y más vale cruzar los dedos tras cumplir los requisitos.

    La foto de mi padre tiene al dorso una dedicatoria: «A la yaya, a la mamá y a los fieras de mis hijos, con todo el cariño del gruñón del papá. 18-III-1967». Pepe se disponía a celebrar su santo sabiendo que el infarto debía esperar otra oportunidad.

  • King of Swing

    King of Swing

    La música de Benny Goodman, King of Swing, es un excelente antídoto para cuando los ánimos decaen y el cuerpo necesita un estimulante sin efectos secundarios. A diferencia de la de Glenn Miller, comentada en la entrada anterior, no la pude escuchar de niño porque no recuerdo haber tenido en casa un disco de la legendaria big band liderada por el clarinetista. Nuestra discografía doméstica era tan preciada como limitada.

    El descubrimiento vino de la mano de una película programada a principios de los setenta por RTVE: The Benny Goodman Story (1955), de Valentine Davies. No la he vuelto a ver y supongo que el biopic sería convencional como tantos otros, pero aquella música me entusiasmó y desde entonces procuro tenerla a mano, como las pastillas para superar el desánimo. Nunca las tomo porque hasta ahora me basta con escuchar canciones como «Sing, sing, sing», compuesta en 1936 por Louis Prima para su New Orleans Gang y grabada por Benny Goodman en el film Hollywood Hotel (1937). La escena, accesible desde You Tube, la debo haber disfrutado centenares de veces porque siempre he soñado con esas bandasde los años treinta.

    Ahora resulta fácil tomar esas pastillas. Basta con dar la orden a Alexa o entrar en You Tube, que sabe de mis debilidades y suele ofrecerme nuevas grabaciones. Así un día descubrí la versión de «Sing, sing, sing» interpretada por Louis Prima en una antológica escena del film Swing Kids (1993), de Thomas Carter. Lo busqué y descubrí que, ambientada en la Alemania de poco antes de la II Guerra Mundial, la película estaba basada en hechos reales. Los protagonistas son unos jóvenes capaces de desafiar al nazismo con una música perseguida como en la España de la Victoria, donde era prácticamente imposible escuchar los «ritmos negroides» llegados desde unos impíos Estados Unidos de América. Si el lector es escéptico con respecto a mi credibilidad, basta con recordar al párroco de Bienvenido Mr. Marshall cuando, alarmado, da las cifras millonarias que caracterizan aquel sindiós de país.

    Hace dieciocho años la facilidad para acceder a estas grabaciones no estaba tan extendida y, cuando acompañaba a mi hermano enfermo por el cáncer que acabó con su vida, le sorprendí demostrándole que a través del móvil podíamos recordar las melodías comentadas durante décadas. Todavía recuerdo algunas de Adriano Celentano con las que volvimos a sonreír, pero a menudo volvíamos a los clásicos de nuestra discografía, desde Aretha Franklin hasta Ray Charles, aquel mítico cantante que una noche de los años sesenta actuó en Alicante. Mi hermano no pudo verlo, pero lo contaba como si lo hubiera disfrutado en El Gallo Rojo.

    Durante unas semanas del verano de 2009, todas las noches poco antes de las doce acudía a casa de mi hermano para llevarle en coche a las sesiones de radioterapia. El horario era insólito para un tratamiento médico, pero no cabía otra elección. La perspectiva no deparaba un ánimo exultante y, con el deseo de hacer más llevadero el momento, procuraba tener grabadas las canciones preferidas de Pepe, que también eran las mías.

    Todavía recuerdo la noche que le sorprendí con «Sing, sing, sing» en la versión original de Louis Prima, al que siempre asociábamos con la celebrada «Just a gigolo» (1956). Le gustó, pero me pidió la de Benny Goodman por una razón que nunca me había explicado: la participación del legendario Gene Krupa a la batería.

    La canción es un duelo rítmico entre el clarinete y la batería. Tratar de emular a Benny Goodman era un imposible, pero en los años sesenta, cuando tantos conjuntos aparecieron en la estela de The Beatles, mi hermano había sido batería de uno de los hasta diecisiete que hubo en Alicante capital. La historia de aquella proliferación la relaté en Contemos cómo pasó (2016). Esa noche, en el coche, Pepe se emocionó al escuchar el ritmo de una batería casi soñada o «de película». La sabiduría de los maestros a menudo resulta inalcanzable, pero su magisterio siempre estimula, aunque sea desde la consciencia de no poder alcanzar semejante perfección.

    Al cabo de los años, todavía escucho al King of Swing sin necesidad de buscar emisoras norteafricanas como hacía mi padre durante la posguerra, comprendo que su ritmo supusiera un motivo para desafiar el nazismo y me tomo la correspondiente «pastilla», casi siempre compartida con una Pepa capaz de bailarla. Benny Goodman, junto con otros músicos de un país al que ahora apenas reconozco, me sigue acompañando y hasta sueño con levantarme de la silla para protagonizar un solo durante la interpretación de la big band. Nunca lo conseguiré, pero recuerdo que, al menos, mi hermano lo intentó porque siempre fue más lanzado, o temerario, en cuestiones relacionadas con los sueños imposibles, aquellos que nos mantienen vivos.

  • Manolo, el amigo de Glenn Miller

    Manolo, el amigo de Glenn Miller

    La colección de discos de mi familia era modesta y la selección de los posibles elegidos, a la hora de poner en marcha un enorme tocadiscos de madera que también funcionaba como radio, resultaba limitada. Los long play de mi padre me los sabía de memoria. También los single de mis hermanos, pero apenas importaba porque las alternativas para divertirse escaseaban cuando ni siquiera había llegado el primer televisor a nuestra casa.

    Uno de mis discos favoritos era una antología de las melodías de Glenn Miller, interpretadas al frente de su legendaria The Glenn Miller Orchestra durante la II Guerra Mundial hasta su misteriosa desaparición, cuando el músico y militar norteamericano volaba a la altura del canal de La Mancha con destino al París recién liberado.

    Años después, en una televisión donde las películas clásicas tenían cabida, disfruté con el biopic que le dedicó Anthony Man en 1953. Todavía recuerdo Sonrisas y lágrimas con emoción y algunas de sus escenas las recupero en momentos de flojera. Incluso procuro que la admiración por «el mago del swing» perdure en un nieto capaz de comprender que su abuelo tuvo veinte años y, a escondidas, escuchaba estas melodías para sobrellevar la derrota.

    Pepe, mi hermano, me llevaba once años. Nunca jugó conmigo, pero desde siempre y hasta su fallecimiento me transmitió todo tipo de historias. Las contaba y, algunas, las volvía a contar con variantes sorprendentes, hasta tal punto que pronto comprendí la frágil frontera entre el testimonio y la invención. La enseñanza me ha resultado útil para mi trabajo.

    Una tarde de esos veranos interminables de los siete u ocho años, mientras me vería entusiasmado al escuchar In the Mood (1940), con una guasa solo superada por su aparente seriedad me dijo que el verdadero título de la melodía de Glenn Miller era Dónde vas, Manolo, dónde vas. Vista mi sorpresa, me lo demostró fehacientemente tarareando el supuesto estribillo, sin respuesta, al ritmo de la música. La reiterada pregunta encajaba a la perfección en la canción y, para disipar cualquier duda, mi padre ratificó la novedad diciéndome que Manolo había sido un colega del músico norteamericano, aunque olvidado más allá de los círculos de iniciados. Pepe y mi hermano Pepito formaban parte del selecto grupo.

    Todavía disfruto con quienes son capaces de engañarme mediante el ingenio y el humor. Conozco de sobra sus trucos, incluso he dedicado libros a los mismos, pero en el fondo todos los días les agradezco esa capacidad de embaucarnos para disfrutar con las más disparatadas historias. También les envidio porque, por la vía oral, nunca he conseguido llegar a la altura de maestros en el tema como mi hermano Pepe, que ejerció de cinéfilo durante toda su vida y hasta de crítico en su momento.

    Manolo andaría sin rumbo y no triunfó de la mano de Glenn Miller, pero mereció al menos un reconocimiento musical en la intimidad de la memoria. Todavía perdura al escuchar In the Mood, una melodía capaz de combatir cualquier tristeza a la espera de coger el tren de Pensilvania, el 6-5000, con destino a Chattanooga. Llega puntual cuando la cita viene motivada por la tristeza o la melancolía.

    Algunas canciones permitían inventar historias rematadas con una sonrisa, pero las películas daban más oportunidades en ese sentido. Pepe estuvo casi cincuenta años contándomelas con lujo de detalles porque sabía que yo era un espectador incondicional de aquel cine ambulante sin horarios prefijados. El problema es que, cuando luego las veía, las películas perdían bastante. En la pantalla aparecían desprovistas de todo lo añadido por el narrador, que no era poco.

    Me temo que estamos perdiendo el arte de contar películas o inventarse historias como las de Manolo, aquel que triunfó de la mano del músico norteamericano. La transmisión oral retrocede a marchas forzadas y, al mismo tiempo, la predisposición a escuchar, que requiere a veces la credulidad de quien sabe del engaño, pero lo agradece por provenir de una imaginación convertida en un tesoro a cuidar. Hagámoslo, incluso con cuidados intensivos, aunque solo sea como un inútil acto de rebeldía ante tanta mediocridad.

  • Magdalenas y chocolate

    Magdalenas y chocolate

    La relación de Marcel Proust con las magdalenas es un tópico mil veces repetido por quienes se ocupan de los estímulos sensoriales de la memoria. Mis lecturas del clásico francés son de una lejana juventud y apenas he mantenido una familiaridad con su obra. No obstante, cada vez que escucho la historia de esa magdalena de tan altas competencias recuerdo dos evidencias incontestables: a la hora de desayunar me gustan desde pequeño las magdalenas y, puestos a recordar algo memorable con motivo de su degustación, vuelvo a las propias magdalenas, pero solo las amasadas por la señora María.

    Hasta los nueve años viví en un bajo situado en una calle donde la convivencia vecinal estaba repleta de anécdotas, pronto compartidas por quienes las conocían como si fueran de su propia familia. A falta de otras distracciones, las tardes de verano las pasaba con varios niños en una acera convertida en nuestro parque temático. En invierno, con la temprana oscuridad, andábamos más recogidos, preferentemente en casa de Federico, donde había televisión y vivía una señora María siempre ocupada en la cocina.

    La economía doméstica de la calle tenía detalles propios de una socialización basada en el intercambio. Mi madre, por ejemplo, tricotaba prendas para los hijos de la señora María, pero yo merendaba en calidad de invitado cada tarde de invierno en su casa porque, puestos a preparar magdalenas, aquellas carecían de parangón.

    Ahora, cada vez que entro en una panadería, me apena un tanto ver hasta qué punto las magdalenas puestas a la venta están normalizadas como producto. Las presentes en la bollería industrial de los supermercados me parecen tristes, tan pequeñas e iguales como desaboridas, y me producen un rechazo visceral. Paso de largo al verlas.

    Las amasadas por la señora María pertenecían a una edad de oro, la de nuestra infancia, donde los parámetros industriales para la venta ni siquiera estaban en la imaginación. En aquella casa con un padre camionero todo era modesto, pero en temas de alimentación la abundancia resultaba sorprendente. Así, puestos a amasar y hornear las propias magdalenas, la señora María calculaba a su manera la masa de cada unidad.

    El resultado era una sorpresa diaria que a menudo rivalizaba con las de otras tardes gracias a una cantidad de masa equivalente a la empleada para una toña. El producto final, calentito todavía, era una magdalena no solo jugosa, sino con el tamaño de una pelota de balonmano que requería el apoyo de toda la mano, incluso de las dos en momentos de apuro.

    Una magdalena de la señora María bastaba como merienda. Ahora también llegaría bien alimentado hasta el día siguiente. Sin embargo, por entonces había un apetito propio de la niñez y la acompañaba con una delgada barreta de chocolate con estampas de Mowgli y otros personajes de la versión cinematográfica de El libro de la selva (1967), que habíamos visto con un entusiasmo todavía perdurable en mi caso.

    La descomunal magdalena contrastaba con la delgadez de la barreta de chocolate que nos permitía completar un mancomunado libro de estampas relacionadas con la película. La solución pasaba por una estratégica dosificación. A un contundente bocado de la gollería amasada por la señora María le sucedía un bocadito, una especie de delicatessen, de la barrita de chocolate. Así, a base de economías, llegábamos satisfechos tras la ingesta de la magdalena sin que hubiera terminado el imprescindible chocolate.

    La dosificación requería raciocinio para no dejarse llevar por los instintos. Lo manteníamos, a pesar de que el futuro estímulo sensorial venía acompañado del entusiasmo con que veíamos las aventuras de Bugs Buuny y sus colegas de las series de los Looney Tunes y Merrie Melodies producidas por la Warner.

    Ahora, cada vez que busco las melodías de esas series en You Tube, casi salivo porque las asocio con las magdalenas acompañadas de su barrita de chocolate y la estampa de Mowgli. Todo es recuperable gracias a la actual tecnología. Solo falta el voraz apetito de aquellas meriendas, la satisfacción de estar rodeados de amiguitos y nuestro saludo de iniciados: “¿Qué hay de nuevo, viejo?”, que hasta puedo escucharlo con el acento del Bronx de la versión original.

    La tecnología nos devuelve todo lo imaginable, pero para volver a la infancia, de verdad, seguimos requiriendo la imaginación despertada por algún estímulo sensorial. Lo explicó Marcel Proust en Á la recherche du temps perdu, que es un libro exquisito, pero en la España de los sesenta, en aquella humilde calle, lo estábamos aprendiendo a bocado limpio. Nunca lo he olvidado.

  • De Juanito a Ignacio

    De Juanito a Ignacio

    Junto con mis primos el día de la primera comunión

    El Juanito de las historias ejemplares siempre acababa teniendo un correlato real. Mi hermana, al leer la anterior entrada del blog, me contó lo sucedido hacia mediados de los años cincuenta, cuando siendo una niña acudió junto con las compañeras de clase a ver el cadáver de Juanito, que vivía en una modestísima vivienda y permanecía en su cama. También iría al Cielo, porque el chavalillo ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar y expulsar las correspondientes serpientes.

    La visita de unos niños al domicilio mortuorio para ver al compañero fallecido no parece adecuada para las actividades extraescolares, pero nos habla de una época donde la muerte era una constante alejada de los eufemismos actuales. Vivir sabiéndose mortales desde el primer momento, con el consiguiente castigo o premio, suponía un objetivo educativo que iba más allá de las clases de religión.

    Las continuas alusiones a la muerte en las aulas venían envueltas en los recursos de la ficción, tan habituales en los libros y las explicaciones del profesorado. Algún ejemplo daremos en una entrada dedicada a aquellas tardes de mayo en que íbamos «con flores a María», previo pago de un ramo capaz de descabalar la economía doméstica de la semana.

    El problema de la ficción es que suele ser una mentira con base real y, cuando esta última aparece con su crudeza, la muerte cercana nunca nos coge preparados y menos siendo niños. Así sucedió con Ignacio, el menudo chavalín que conocí poco después de debutar como comulgante obligado a presentarse cada domingo en la sacristía para que me sellaran un certificado de asistencia. Sin la presentación del mismo los lunes, los recreos se convertían en horas de estudio en clase.

    Ignacio llegó procedente del País Vasco cuando el curso estaba muy avanzado. Su padre había sido destinado a Alicante para ocupar un alto puesto en una empresa y la familia le acompañó. Ante la necesidad de escolarizarlo en esas circunstancias, los padres decidieron matricularlo en un colegio situado al lado de la empresa y cerca de su nuevo domicilio.

    La circunstancia era extraordinaria. Ignacio debía haber ido a un colegio como los Jesuitas o los Maristas. Nunca a uno público, donde nadie esperaba ver a un niño de una familia acomodada. Sorpresas da la vida y el chavalín, de modales desconocidos en aquel centro, se presentó en clase cuando apenas faltaban unas semanas para terminar el curso.

    Ignacio vendría con alguna recomendación y don Emilio lo sentó junto a mí, porque no era «un revolica» y apuntaba como «bachiller» capaz de superar el examen de ingreso. De hecho, al finalizar el horario escolar acudía a clases voluntarias provisto de la Enciclopedia Álvarez, la suma de todos los saberes imaginables.

    Don Emilio me aleccionó para que le ayudara a ponerse al día. Siempre he sido cumplidor y así lo hice. Además, Ignacio parecía sacado de las historias de Emily Blyton, que por entonces leía esperando que, en algún momento, los cinco protagonistas extendieran un mantel sobre el césped para merendar un emparedado con pepinillos, mientras yo devoraba el bocadillo con morcillas que me preparaba la yaya.

    La figura menuda de Ignacio contrastaba con mis generosas carnes, que fueron sacrificadas al iniciar el bachillerato. Parecíamos Stan Laurel y Oliver Hardy. Así íbamos a todas partes durante aquellas semanas finales del curso. También a su casa, a donde acudí aleccionado por mi padre porque el de Ignacio era un cliente del banco y peinado por mi madre, que me repasó para evitar algún descosido.

    Nunca conocí a su padre porque, en pleno desarrollismo, los pluriempleados apenas aparecían por casa antes de la hora de cenar. Su madre, una señora elegante y delgada también parecía un personaje de Emily Blyton. Después de hacer los deberes y antes de jugar, nos traía la merienda en una bandeja y con servilletas. Faltaban las morcillas, pero años después comprendí que había tenido una experiencia british donde cabía ponderar la jugosidad de unas rodajas de pepino bien cortadas.

    Nuestra amistad fue fugaz, aunque firme porque aquel chavalín era tan educado como respetuoso. Le tomé afecto y, al llegar el verano, sacamos buenas notas y nos despedimos, pues se marchó a las «provincias vascongadas» con el resto de su familia.

    Al volver de vacaciones, Ignacio no apareció en clase. Nunca he dejado de preguntar, incluso de niño, pero nadie me daba una respuesta hasta que un día don José, el maestro, me puso la mano en el hombro y con palabras cariñosas me explicó lo sucedido a raíz de un trágico accidente de tráfico.

    Poco después vi a la madre por la calle, me sonrió y se acercó a darme un par de besos sin pronunciar una sola palabra. Mi hermano, once años mayor que yo, hizo el resto para explicarme lo que suponía la muerte de alguien cercano, aunque fuera tan inaceptable.

    Al cabo de los años, descubrí que don José, además de falangista de camisa azul, era un poeta en la senda de Dionisio Ridruejo. Leí con admiración algunos de sus poemas, como recordé a aquella señora y siempre tengo presente a mi hermano ya fallecido. Los tres, lejos del terror de curas como el Belfegor de la primera comunión, me dieron una enseñanza de vida, que todavía agradezco y procuro emular haciendo uso de la sensibilidad, el respeto y la educación en las aulas o en cualquier otro lugar.

  • La comunión de Belfegor

    La comunión de Belfegor

    La fe religiosa, entendida como alumbramiento, suele aparecer en un clima de trascendencia cuando forma parte de la ficción. El cine del franquismo es pródigo en ejemplos, filmados con una cámara situada en una grúa para captar los iluminados rostros de quienes reciben la buena nueva. La presencia divina, apenas entrevista para no faltar al decoro y el misterio, habla desde el más allá con una dicción ajena al menor titubeo. Si se trata de la Virgen, bien relacionada con los niños como madre, la autoridad se atempera con notas de dulzura. En cualquier caso, la trascendencia del momento no admite dudas o escepticismos. La fe recreada en estos rituales de la ficción deriva en una cuestión de pompa y circunstancia.

    La vida discurre por otros derroteros. En alguno dejaría olvidada esa fe religiosa si la tuve más allá del día en que me disfracé de «marinerito» para debutar como comulgante. Una vez perdida, la recuperación debería pasar por un momento digno de la cámara de un Rafael Gil o un Ladislao Vajda. Me habría gustado vivirlo «transido de emoción», pero las experiencias reales fueron mediocres. La consecuencia es una vida de impenitente descreído.

    El recuerdo de los profesores de Religión durante el bachillerato es una suma de anécdotas nada evangélicas. Ninguno, con sotana o alzacuellos, tuvo la capacidad de avivar la fe perdida. Tal vez la única que «creyera» fuera una misionera en África que durante unos meses impartió la asignatura sustituyendo al cura que venía, de Pascuas a Ramos, montado en un flamante Morris cuando el resto del profesorado aspiraba a un SEAT 600.

    La misionera llegaba a pie y en sandalias de aires franciscanos. La mujer era cariñosa, alentaba la participación y le pedíamos que contara historias de «los chinitos». Tal vez porque recordáramos las huchas con forma de cabezas de orientales utilizadas para las cuestaciones. La mujer con paciencia infinita nos recordaba que sus experiencias fueron con «negritos» y, a continuación, las relataba. África en mi imaginario eran las películas de Tarzán y disfrutaba al escucharlas, aunque sin el provecho religioso que se suponía porque nunca dejé de esperar la aparición de la mona Chita.

    Las historias de la misionera las escuché con más atención que devoción y, sobre todo, agradecí que evitara la trascendencia o el encogimiento de ánimo. Las experiencias en este sentido fueron traumatizantes desde que en 1966 tomara la primera y última comunión, justo después de asistir a un cursillo acelerado en una parroquia cercana al colegio.

    El párroco era un anciano rapado, alto y con una sotana raída. Los atrevidos habían visto poco antes Belfegor, el fantasma del Louvre (1965), de Claude Barna, y pronto aquel malhumorado hombre recibió el apodo de Belfegor, aunque en la cabeza no llevara la caja de galletas que suponíamos en el terrorífico fantasma de la serie francesa.

    La doctrina, al igual que cuando en mayo íbamos «con flores a María», quedaba reducida a una serie de historias edificantes. Su mensaje no admitía dudas o lecturas abiertas. Al contrario, escuchado por unos niños, equivalía a un alumbramiento, aunque sin el encanto de lo cinematográfico porque el párroco solo disponía de sus dotes oratorias.

    El protagonista de estas historias era Juanito, epítome de todos nosotros hasta el punto de terminar comulgando en compañía de un amigo imaginario capaz de acompañarnos en nuestro camino hacia la fe. La vida de Juanito estaba marcada por la superación y, dispuestos a competir en esa carrera de obstáculos y tentaciones, admirábamos el faro que Juanito suponía.

    La víspera de la comunión era trascendental porque, se rumoreaba, debíamos confesar hasta el último pecado para recibir la hostia. Durante la semana previa hubo debates en el colegio acerca del alcance de la confesión. Los radicales hablaban de todos los pecados, incluidos los de la gula al merendar, mientras que los relativistas negociaban algún olvido para mantener el decoro de una vida que para nuestra desgracia lucía «máculas».

    El párroco, alineado con los radicales, despejó cualquier duda con la más impactante historia de Juanito. El niño también debía confesar antes de comulgar. Llegado el día, de su boca salieron tantas serpientes como pecados había cometido. Todos descubrimos entonces que la vida del ejemplar compañero había sido la de un depravado, solo salvado por la expectoración de unos reptiles que a modo de metáfora resultaban clarificadores.

    Aliviados de la salvación de Juanito mediante la confesión, el párroco volvió a encogernos el ánimo con unos puntos suspensivos. Por la boca del niño asomaba una serpiente enorme que no terminaba de salir como el resto. El pecado debía ser mayúsculo y, en contra de los preceptos, el hasta entonces ejemplar Juanito lo calló y osó comulgar siendo pecador.

    La ceremonia transcurrió con normalidad, el niño lució su traje de «marinerito» y los familiares compartieron la felicidad de acogerlo en la fe. Justo entonces, a la salida del templo, el alocado Juanito cruzó la calle sin mirar a izquierda y derecha. Un coche, probablemente un 600, le atropelló y la primera comunión fue la última porque el marinerito emprendió el camino hacia el Cielo.

    La muerte era compatible con el consuelo. Juanito había muerto, pero en gracia de Dios porque ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar después de comulgar. La explicación del párroco tranquilizó los ánimos. Una vez aliviados, nos recordó esa serpiente que nunca terminó de salir por la boca. Juanito no solo fue un depravado, sino que comulgó sin haber borrado el último y más grave pecado gracias a la confesión. La consecuencia era el infierno, que en nuestros libros tenía una pinta horrorosa acrecentada por la eternidad.

    Conmovidos por el destino de nuestro amigo, los debates sobre el alcance de la confesión cesaron y todos acudimos al confesionario con el ánimo de expulsar hasta la última serpiente, aunque estuviera vinculada con una chocolatina saboreada con gula. Y así comulgamos al día siguiente, aliviados por estar en gracia de Dios y sin sufrir accidentes, pues hasta nos cogimos de la mano de nuestros padres antes de cruzar la calle.

    Eso sí, al cabo de algún tiempo, pensé que Belfegor no debió ir en compañía de niños, conté esta historia a mi padre y entonces me explicó las razones por las cuales nunca pisé un colegio de curas. Ni siquiera un templo, desde que la firma del párroco dejó de ser obligatoria para disfrutar del recreo.

  • De Groucho Marx a Jesucristo

    De Groucho Marx a Jesucristo

    José María Ovies Morán

    Mi abuelo Pepe, el materno, porque el paterno también era Pepe, así como mi padre y mi hermano, en junio de 1956 regaló un disco a este último. Semejantes gestos debían estar bien motivados porque el dispendio resultaba notable. En esta ocasión, a los nueve años Pepito había superado el examen de ingreso en el bachillerato y el abuelo estaría especialmente contento porque era su primer nieto. Al tercero, yo, apenas lo pudo conocer durante su enfermedad terminal.

    El disco era una adaptación firmada por el escritor y guionista radiofónico Ventura Porta Rosés (1917-1983) a partir de La isla del tesoro, la célebre obra de Robert Louis Stevenson. En apenas treinta y cuatro minutos, incluidos los de la excelente música de Rafael Ferrer, la aventura protagonizada por Jim Hawkins alentaba la imaginación de quienes escucharon un disco que fue premiado cuando se lanzó al mercado con notable éxito.

    La isla del tesoro, con su inconfundible carátula, permaneció en nuestra casa durante muchos años. Al igual que algunas prendas, los regalos de los hermanos mayores también se pasaban a los pequeños y, a mediados de los sesenta, cuando ya andaba cerca de mi examen de ingreso, en numerosas ocasiones escuché un disco que casi memoricé. El provecho sería notable porque la adaptación del relato es una maravilla de la síntesis narrativa.

    La novela de Robert Louis Stevenson debería ser una lectura obligatoria para los chavales, pero la disfruté como estudiante universitario. Mientras tanto, tuve en la imaginación lo fundamental de una aventura con todos los ingredientes para la fascinación, gracias al trabajo de José Luis Barcelona, que por entonces triunfaba junto a Mario Cabré en Reina por un día (TVE) y dirigió la grabación de La isla del tesoro.

    La tecnología puede ser una aliada de la memoria. Ahora, cuando aquel disco solo formaba parte de lo remoto, he podido volver a escucharlo con emoción en una grabación del portal Ivoox. Los compases iniciales, con la estupenda canción de los piratas, provocaron alguna lágrima porque, al cabo de sesenta años, volvía a ser el niño que una y otra vez escuchaba el disco sin perder el mínimo detalle. A mi manera, yo también fui Jim Hawkins y hasta imaginé a John Silver, con su pata de palo, antes de verlo interpretado por Orson Welles en una película de 1972.

    La isla del tesoro debe tener toneladas de bibliografía crítica, pero yo solo recordaba que los malos verdaderamente malos eran personajes secundarios, mientras que los malos a secas, como John Silver y el misterioso capitán que se aloja al principio del relato en la posada del Almirante Bembow, también eran buenos, aunque a su manera. Y, claro está, los oficialmente buenos lo eran hasta extremos inconmensurables. La tranquilidad, por lo tanto, estaba garantizada, mientras seguíamos la pista del tesoro escondido por el capitán Flint, que debió ser de aúpa porque hasta los marineros españoles temían sus piraterías.

    También recordaba con precisión la voz del narrador, pero desconocía su nombre porque por entonces nadie se preocupaba de informar acerca de quienes prestaron sus maravillosas voces de doblaje a los más afamados intérpretes. El narrador de La isla del tesoro es José M.ª Ovies Morán (1904-1965), que desde poco antes de la guerra dirigió los estudios de doblaje de la MGM en Barcelona.

    El excelente trabajo del actor asturiano está en consonancia con otros muchos destinados a la gran pantalla, donde apenas apareció con su rostro porque, supongo, no era precisamente un galán. Lo suyo era la voz y para la imagen ya tenía una pléyade de intérpretes norteamericanos capaces de envidiar su locución como hiciera Woody Allen cuando conoció a Miguel Ángel Valdivieso, el primer doblador de sus películas.

    La admiración me ha llevado a buscar algo más sobre José M.ª Ovies Morán, que tendría su historia personal porque en el Centro de Documentación de la Memoria Histórica cuenta con una ficha, probablemente por su colaboración en las emisoras republicanas durante la Guerra Civil. Al parecer, el castigo fue leve y pudo ejercer como director de los estudios de la MGM hasta su temprano fallecimiento.

    Antes de la guerra, José M.ª Ovies Morán ya había sido la voz de Groucho Marx en la célebre escena de la segunda parte de la parte contratante, por la que si hubiera cobrado derechos de autor habría sido millonario. Nunca lo fue y siguió prestando su voz a numerosos intérpretes norteamericanos, pero también al mismísimo Jesucristo en la inquietante escena final de Marcelino pan y vino (1955), cuando el angelical Pablito Calvo, que acabó hecho un demonio, es invitado al sueño eterno con el previsible entusiasmo de Fray Papilla y sus colegas. Su voz incluso se puso al servicio de la censura en escenas como la del desenlace de Ladrón de bicicletas. El rostro del angustiado niño contradice lo escuchado por orden de los censores franquistas.

    Los datos están al alcance de cualquier porque son el fruto de una brillante trayectoria como actor de doblaje. En mi memoria, ajena a Google, siempre quedará la voz de un locutor capaz de pronunciar todos y cada uno de los fonemas con una perfección apabullante, la que me hacía quedarme quieto y atento, mientras escuchaba una y otra vez la historia de aquellos piratas tan entusiastas del ron.

  • ¡¡¡Gorgorito, por ahí, por ahí!!!

    ¡¡¡Gorgorito, por ahí, por ahí!!!

    Uno de los problemas de cumplir años, demasiados, es acabar convertido en materia histórica. El pasado mes de septiembre, cuando asistí en Alcalá de Henares a un congreso sobre la cultura durante el franquismo, tuve la ocasión de escuchar la comunicación de un investigador que hablaba del teatro de marionetas. En un determinado momento, Rafa Segura comentó las andanzas de Gorgorito, el popular personaje de Maese Villarejo, y la escasez de testimonios de quienes lo vieron repartir mandobles con su tremenda estaca.

    Yo era uno de esos niños de los años sesenta que cada verano, poco después de las fiestas locales, asistía a las representaciones de un ambulante teatro de marionetas en compañía de otros muchos chavales. Provistos de merienda y junto con nuestras madres o abuelas, los padres solían estar ausentes, nos sentábamos en unas sillas de madera que apenas parecían incómodas porque pasábamos la mayor parte del tiempo de pie. Tal era la tensión con la que vivíamos las aventuras de Gorgorito, siempre acechado por la bruja y el ogro hasta que ambos recibían los correspondientes estacazos.

    Desde hace más de cuarenta años explico en clase el doble sistema de comunicación que caracteriza al teatro frente a la literatura. Gracias al mismo, el público interactúa con la representación, aunque solo sea mediante un silencio respetuoso. No era así en aquellas veladas infantiles. Todos gritábamos como si no hubiera un mañana cuando por una esquina acechaba el ogro -¡¡¡por ahí, por ahí!!!, señalábamos con el acusador dedo índice- o la bruja Ciriaca intentaba engañar a Gorgorito empleando las artimañas de quien era «la mala» capaz de raptar a Rosalinda, la «buena» a la que debíamos rescatar. El consenso al respeto pasaba por la unanimidad de un enfervorizado público que, llegado el momento de los estacazos, habría repartido también lo suyo gracias a una empatía ganada con los más elementales recursos. Funcionaban, ya lo creo…

    El castigo corporal todavía era una práctica habitual en muchas familias de la época. Incluso estaba más o menos admitido en las aulas, aunque hubiera quedado reducido al palmetazo en la punta de los dedos, que dolía y sobre todo humillaba. Los «revoltosos» capaces de emular a Zipi y Zape lo tenían crudo por entonces, pero los «tranquilitos» tampoco estábamos libres de recibir porque se repartía bastante y no siempre con criterio. Así que, cuando veíamos a Gorgorito, nuestro héroe, dando estacazos a troche y moche supongo que liberábamos tensión acumulada. La función catártica del teatro, en su versión más elemental y efectiva, quedaba demostrada con cada representación de la compañía ambulante de Maese Villarejo.

    Gracias a Rafa Segura, actor, dramaturgo e investigador, ahora conozco mejor el origen de aquel Gorgorito y de su creador en plena Victoria, que fue Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna (1922-1986). Por entonces, y de acuerdo con los tiempos, el protagonista de las marionetas respondía al nombre de Juanín el Flecha en obras acordes con Periquito contra los monstruos de la democracia, que se divulgó gracias a la muchachada falangista del SEU.

    El tal Periquito se jubiló y a Gorgorito le conocería un tanto desbravado en los años sesenta porque había llegado la etapa de los XXV Años de Paz. Los estacazos permanecían, pero debían concentrarse en un mal universal o ficticio. Afortunadamente, pues Gorgorito seguía fiel al principio de que no hay problema irresoluble si se dispone de una estaca descomunal con la que repartir «su merecido».

    El determinismo de la herencia familiar, la educación recibida y hasta de la época vivida durante la infancia es, a veces, una coartada destinada a justificar carencias individuales o la falta de voluntad para superarlas. Nunca he renegado de mi etapa escolar en un colegio con maestros que llevaban la camisa azul de los falangistas. Tampoco de los muchos Gorgoritos que fueron nuestros referentes de una ficción donde siempre había una Rosalinda a la espera del rescate. Ahí están, en una memoria que respeto y hasta recreo para convertirla en materia de reflexión. También de superación, pues hace tiempo que comprendí la inutilidad del estacazo para espantar los temores capaces de acechar por una esquina del escenario de la vida. Eso sí, a veces resulta imposible no desear repartirlos, aunque sea en modo dialéctico, que resulta más respetuoso con la integridad ajena.

    Rafa Segura me acaba de mandar su reciente edición de El Búho (Valencia, Sala Carme Teatre, 2025)la obra teatral donde da cuenta de parte de su investigación sobre la homónima compañía valenciana de la FUE que durante la II República intentó alegrar a la chavalería, y a otros públicos, con unas marionetas más cercanas al espíritu de las empleadas por Federico García Lorca. Aquella aventura teatral terminó con la guerra, el exilio y la represión franquista, justo cuando Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna creó su popular personaje, que fue un vencedor durante décadas en que alegró con sus aventuras las tardes de tantos niños.

    Ahora tengo noticia de que Gorgorito sigue de gira, aunque lo supongo tranquilizado y acorde con los tiempos. Incluso es posible que Rosalinda sea más protagonista de su propio destino. Me alegro por la chavalería que necesita de sus aventuras y de la experiencia de ser parte de un público capaz de vibrar con una representación. También porque, gracias a Rafa Segura y su tesis doctoral en marcha, sabemos de ese origen que tanto explica, de unas marionetas que también hicieron la guerra y padecieron la doble suerte del vencedor y el perdedor.

    Vistas las consecuencias de semejante barbaridad, y reacios a pasar la página de la historia sin haberla leído, prefiero imaginar que me habría alegrado asistir a un desenlace con el ogro y la bruja resucitados tras la tunda de estacazos. Y saludando al respetable, porque eran «los malos», pero de mentirijillas como en tantas ficciones manejadas por los hilos de los titiriteros. Los necesitamos, como aquellas meriendas sostenidas con una mano mientras que con la otra avisábamos a Gorgorito: ¡¡¡Por ahí, por ahí!!! La valentía de nuestro héroe y la belleza de Rosalinda bien merecían la entusiasta ayuda. La vida ya nos enseñaría a repartir los roles sin semejante sexismo y a respetar a los malos porque, en el fondo, eran de mentirijillas. Los otros nunca participan en una representación de marionetas.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 8 de febrero de 2026.

  • Franco, chocolate y churros

    Franco, chocolate y churros

    Los 20 de noviembre eran días festivos en Alicante. Durante mi estancia en el colegio San Fernando (1964-1968), a pesar de que ya se habían celebrado los XXV años de Paz, las vísperas de esa señalada fecha la ocupábamos en una visita a la casa-prisión de José Antonio. Allí nuestros maestros, con la preceptiva camisa azul, evocaban la ejemplaridad del sacrificio de un líder cuya imagen nos resultaba tan familiar como las de Franco y el crucifijo. Juntos formaban una especie de Santísima Trinidad.

    La visita, como expliqué en Contemos cómo pasó (2015), terminaba con una discusión acerca de si el mendrugo de la celda de José Antonio era el original o lo cambiaban cada año. Los puristas creían en la conservación milagrosa del pan. Los escépticos apuntábamos la posibilidad de la renovación porque, de haber sido un mendrugo de treinta años, aquello debería haberse convertido en un resto arqueológico. 

    Al final, todos juntos, jugábamos un improvisado partido de fútbol en el patio de aquel recinto para culminar una visita donde unos chavales convertían la pared de la ejecución en una portería. El acto era irrespetuoso, pero tampoco parecía respetuoso hablar de fusilamientos y sacrificios ejemplares a quienes llevábamos pantalones cortos por imperativo de la edad.

    A lo largo del bachiller, la festividad del 20 de noviembre en Alicante fue cada vez más extemporánea. La conmemoración del fusilamiento apenas contaba con presencia en la ciudad. Muchos aprovechaban la ocasión para desplazarse a otras localidades y hacer una especie de black Friday sin saber del mismo. Mi padre decidió que ir a Jumilla era una buena oportunidad de comprar vino. En otras ocasiones, el destino fue Jijona para proveernos de turrón a un precio especial porque los fabricantes eran «clientes del banco». Estos detalles de «los clientes» determinaron varios hitos gastronómicos hasta mi entrada en la universidad.

    Bluff fue fusilado por dibujar caricaturas como la del general Franco

    A la altura de 1975, y conocedor de las noticias, mi padre no programó un viaje en el «850» que sustituyó al «600» gracias a su condición de «apoderado del BV». La categoría laboral figuraba en sus tarjetas de visita guardadas en una cajita de plástico. La posesión de esa cajita la añoro, así como la entrega de la correspondiente tarjeta donde ahora figuraría una cualificación que habría enorgullecido al «apoderado», un término que me gustaba tanto como el de «perito».

    El 20 de noviembre de 1975 mi padre madrugó como todos los días. El hábito lo he heredado. Aquella mañana vino a mi habitación, con su sempiterno batín granate, para decirme una sola palabra: «¡Ya!». El resto de la implícita frase lo entendí al instante. A partir de ese momento, el desconcierto en nuestras reacciones fue notable porque «no había costumbre» de que Franco hubiera fallecido.

    El alivio era notable. Los partes del «equipo médico habitual», con su detallismo acerca de las «madejas sanguinolentas», habían preparado el camino, pero algo sonado debía hacerse. Mi padre sacó un billete de veinte duros y me mandó comprar una rueda de churros, toda una rueda, y chocolate. Así, mojando los churros sin temor a que se agotaran, contemplé al cariacontecido Arias Navarro en la tele o escuché las noticias por la radio. La duda permanece, pero lo bien que me sentaron esos churros es un dogma.

    José Robledano fue procesado por caricaturizar al general Franco

    La muerte ajena nunca debe ser motivo de alegría, y menos después de la carnicería a la que fue sometido el general Franco para prolongar su vida, pero conviene reconocer que a veces supone un alivio. El galán del No-Do era por entonces un personaje patético que amenazaba con la inmortalidad. Los secundarios, al menos los procedentes de familias derrotadas en 1939, esperábamos que la productora contratara a un sustituto con mejor presencia. Valía cualquiera y así, con la resignación de haber padecido el pasado, aceptamos al «campechano», que ya sabría de las artes de un buen galán.

    Aquella mañana del 20 de noviembre de 1975 en casa no hubo una celebración más allá de los churros con chocolate. Franco había fallecido, pero el franquismo seguía vivo. La comprobación era tan sencilla como salir a la calle. El problema es que esa mentalidad de un «régimen tenebroso de pícaros, patanes y meapilas» (Javier Cercas) no iba a desaparecer gracias al «hecho biológico». La tarea para convertirnos en un «país normal» (Iñaki Gabilondo) resultaba abrumadora y, sobre todo, no había un manual de instrucciones. Menos todavía un «gran timonel» que nos orientara. No obstante, la necesidad de ser «normales» permitió que la dictadura, a diferencia del dictador, fuera derrotada poco a poco en la calle.

    El aprendizaje de la convivencia durante la Transición fue un empeño colectivo, pero nunca unánime. El franquismo estaba en cualquier esquina y, visto el presente, parece capaz de mutarse para que no podamos comer unos churros con chocolate sin temor de que se agoten o sin la mala conciencia de que engordan. Qué le vamos a hacer. Siempre tendremos a mano las galletas gracias a las pequeñas victorias en el empeño de ser «normales» para que nadie acabe como Bluff o José Robledano. Ni siquiera insultado o difamado, menos condenado, por pensar que las dictaduras donde mejor están es en el recuerdo de lo remoto.