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  • Nuestra Brigitte Bardot

    Nuestra Brigitte Bardot

    Los iconos cinematográficos de una época, cuando fallecen, dejan un reguero de recuerdos personales en nuestras experiencias como espectadores o personas de la calle. Brigitte Bardot nos ha dicho adiós a una respetable edad y tras unos cincuenta años alejada de las pantallas. El tiempo transcurrido desde su popularidad como actriz dificulta hablar del presente, el de sus campañas animalistas combinadas con un ideario conservador, y prefiero recordarla cuando en la España de los sesenta era sinónimo de la belleza inalcanzable, aquella que nos llegaba censurada, a cuenta gotas y gracias a referencias lindantes con lo mítico por desconocido.

    Por aquel entonces, yo iba junto con mi padre a ver los partidos del Hércules C.F. en el vetusto estadio de La Viña. El espectáculo no siempre estaba en el escaso césped porque en las gradas muchos deseaban sentirse protagonistas. La ocasión para el consiguiente «lucimiento» llegaba con la presencia de una mujer que, con una cesta repleta de vasitos y dos botellas de coñac Soberano, intentaba ganarse la vida.

    Aquella mujer tenía la cara deformada por un accidente que le dejó una cicatriz enorme. Las burlas de los aficionados eran crueles y, supongo, la vendedora habrá ganado el cielo tras aguantarlas con la resignación de tantas otras mujeres de la época ante las manifestaciones de un machismo desaforado.

    Soberano era «cosa de hombres» como recordaba la publicidad de los anuncios cuando otra marca rivalizaba gracias a una lejana y hermosa mujer a lomos de un caballo blanco. También las bromas pesadas, que a menudo culminaban cuando algún aficionado, más ocurrente, llamaba Brigitte Bardot a aquella vendedora de coñac. La ocurrencia se convirtió en un clásico dominical porque siempre era recibida con risotadas de complicidad.

    Todavía no había cumplido los diez años. A esa edad, la curiosidad apenas permite entender las situaciones vividas. Sin embargo, recuerdo que mi padre nunca reía con esa supuesta broma y, además, cuando pedía su vasito de Soberano lo hacía con un respeto agradecido, tácitamente, por aquella mujer con su silencio y su mirada.

    La lección del ejemplo fue suficiente. No para aprender un comportamiento feminista, sino para algo más básico y fundamental: ser educado y respetuoso con cualquier persona y, especialmente, con aquellas que peor suerte han tenido en el reparto de la vida. La aprendí y desde hace cincuenta años la imparto a mi alumnado sin necesidad de prédicas feministas porque lo básico de las mismas viene incluido en el ejemplo de la educación respetuosa con el prójimo.

    Aquellos aficionados al fútbol de los sesenta apenas sabrían de la actriz francesa por sus películas porque las mismas andaban con problemas a causa de la censura. Sin embargo, sabían de su existencia por la prensa, alguna foto no demasiado atrevida y unas referencias que la vinculaban con lo prohibido y, al mismo tiempo, atractivo. Bastaba para soñar con una Brigitte Bardot que simbolizaba el máximo de la belleza deseada de tantas turistas, «las suecas», del desarrollismo de los años sesenta.

    Cuando preparé Lo sainetesco en el cine español (1997) tuve la ocasión de hablar con Luis G. Berlanga. El cineasta todavía lamentaba no haber contratado a una jovencita francesa que la productora de Novio a la vista (1954) le ofreció para el reparto. La aspirante a debutante era Brigitte Bardot. El error del director fue mayúsculo, aunque anecdótico. La verdadera Brigitte Bardot, convertida en un icono de la época, nunca habría hecho carrera en la cinematografía española y cuando finalmente participó en la misma, con Las petroleras (1971), lo hizo al final de su carrera y en una película tan infame como digna del olvido en las necrológicas de la actriz.

    Al cabo de los años conseguí ver algunos de los títulos de su filmografía con los más afamados directores del momento. Su rompedora belleza era incuestionable, pero sus interpretaciones me parecieron discretas. Apenas las recuerdo y las imágenes han quedado diluidas por el paso del tiempo. Sin embargo, evoco a menudo la figura de una joven que rompió limitaciones cuando, por ejemplo, lució su belleza en las playas de Cannes o Saint Tropez.

    Esa muchacha francesa formaba parte del sueño imposible que empezó a anidar entre nosotros gracias al turismo y la emigración. Al contacto con una Europa que, por su distancia, parecía estar en otro planeta. He dedicado muchas páginas a contarlo e incluso, cuando juego a provocar a los colegas sesudos, explico que estos iconos eróticos contribuyeron a un cambio que la oposición al franquismo, tan heroica como anquilosada en sus planteamientos, se empeñaba en buscarlo por derroteros quiméricos.

    Brigitte Bardot no es una actriz a la altura de la inconmensurable Sophia Loren. Tampoco estaba obligada a ello y, visto el cambio en el papel social de la mujer producido desde su aparición en las pantallas, cabe agradecerle su belleza y la capacidad de convertirla en un revulsivo para romper los tabúes de una época timorata.

    Su imagen nos permitió ser conscientes de que un mundo más bello resultaba posible, incluso cercano, con el consiguiente ánimo de encontrarlo. Por el camino solo era necesario recordar la educación y el respeto, aquellos requisitos que también permiten una convivencia con quienes distan mucho de ser unos iconos, pero forman parte de una realidad cotidiana donde cabe la belleza. La respuesta silenciosa de aquella mujer del coñac, cuando mi padre le pedía una copita, me la enseñó.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 29 de diciembre de 2025.

  • Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!

    Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!

    La escena forma parte de los recuerdos de varias generaciones. Chencho se pierde cuando, en compañía del abuelo y cuatro hermanos, acude al mercadillo navideño de la madrileña Plaza Mayor. El episodio de La gran familia (1962), de Fernando Palacios, es dramático, pero aleccionador. El guionista Pedro Masó vivía el momento más brillante de su carrera cinematográfica y sabía de la necesidad de «sufrir» antes de sonreír con el alivio de comprobar la bondad natural de quienes, por ser españoles, eran unos «formidables» cuya solidaridad permitía encontrar al nene.

    Ángel Pardo, el Chencho de la película, tenía cuatro años cuando se rodó aquel gran éxito del cine español. Su papel es el propio de un figurante que, en un momento determinado, cobra protagonismo, pero el intérprete apenas podía ir más allá de emocionarnos con su aspecto desvalido mientras deambula por la Plaza Mayor en busca de su familia. Gracias al flequillo rubio, el gorrito y el abriguito, solo necesita mostrar su cara de niño bueno para que sintamos la necesidad de cogerle de la mano a la espera del abuelo, que terminaría apareciendo con el rostro desencajado por el susto y agradecido por la bondad de los «formidables». Es decir, nosotros.

    Aquel cine aleccionador del franquismo descansa en la solidaridad sin posibles fisuras de la colectividad. El ideal resulta tan hermoso como carente de base real, pero los pormenores de la realidad apenas importan cuando se presenta a una familia como la protagonista de la película. Todo es posible en ese mundo de la ficción en blanco y negro donde un aparejador obra milagros con su sueldo y justifica, de sobra, el baby boom que a tantos nos trajo al mundo.

    La solidaridad de los padrinos, los hermanos, el portero, los vecinos, los periodistas, los policías… está en el guion porque era lo que tocaba en aquel esquema argumental tan eficaz como bien visto por las autoridades de la época. Sin embargo, cada vez que he disfrutado con esta comedia de Fernando Palacios me he hecho más partidario de Críspulo, el hermano trapisondista interpretado por Pedro Mari Sánchez.

    Hace muchos años tuve la oportunidad de hablar en la UA con el actor que encarnó a Críspulo. Algunas conversaciones permanecen en el recuerdo. Pedro Mari Sánchez me lleva cuatro años, pero compartimos una infancia en aquel desarrollismo todavía en blanco y negro porque no daba para lujos. Me contó anécdotas del rodaje, reímos al recordar algunos episodios y, al final, terminamos hablando de la gorrita de cuero que lleva en la escena de la Plaza Mayor y durante esas Navidades en busca de Chencho.

    Yo tenía una gorrita idéntica y llegadas las Navidades, que en Alicante nunca son tan frías, era preciso llevarla para «ir calentitos». La verdad es que aquellas gorritas al estilo de las lucidas en la hípica abrigaban poco. Al menos en comparación con el tradicional gorro de lana, pero lucían lo suyo en un querer y no poder bastante propio del momento. Su aspecto de aires foráneos era un síntoma de una época en la que tantas clases medias aspiraban a su cuota de modernidad, aunque la misma quedara reducida a un abriguito rígido y una gorrita incompatible con las exhibidas en las carreras de Ascot.

    El problema es que, a diferencia de Críspulo, yo no era un trapisondista, sino un «niño bueno». Tal vez por eso siempre me han fascinado los trapisondistas, un término ahora perdido entre los recuerdos, como tantos otros de una época que cuesta evocar a la luz de un presente donde el pasado parece sobrar o molestar.


    Críspulo era un trapisondista de buen corazón como mandaban los cánones a los que se acogió aquella película. Podía lanzar un petardo en una cola -también era petardista-, pero solo para dispersar al personal y entrevistarse rápidamente con el rey mago. Puestos a ver a Dios, seguro que Su Majestad intercedería para encontrar pronto a Chencho. Aquellos trapisondistas al estilo de Zipi y Zape alborotaban, embaucaban y enredaban, pero sin mala intención, como un desahogo propio de una edad donde cierto comportamiento anárquico resulta imprescindible.

    Yo me acercaba más al modelo del «repelente niño Vicente» concebido por Rafael Azcona. No por la vanidad de lucir saberes impensables en la infancia, sino porque era capaz de quedar bien con las visitas y hasta de ser puesto como ejemplo de comportamiento frente al de tantos trapisondistas.

    Al cabo del tiempo, creo que lo de ser «niño bueno» no luce demasiado en la vida. Los trapisondistas prevalecen, pero no los de buen corazón, sino aquellos que alborotan sin mesura hasta el punto de que nadie, absolutamente nadie, utiliza esa denominación para caracterizarlos. Son gamberros, porque la RAE debiera incluir en su definición de las trapisondas la carencia de una mala intención como la habitual en las gamberradas

    No he vuelto a hablar con Pedro Mari Sánchez, que ha cumplido los setenta. Yo ando cerca de esa edad donde los niños buenos y trapisondistas, ya sin gorritas que no sean las necesarias para preservar la calvicie, confluyen en limitaciones capaces de evitar cualquier exceso. El presente entonces sigue abierto al disfrute mesurado, pero a condición de dejar hueco a un pasado donde fuimos niños con gorritas y abriguitos del modesto desarrollismo en blanco y negro.

    La nostalgia es una engañifa, pero añorar la infancia supone una necesidad porque en ella cabe imaginar a «buenos» y «trapisondistas» empeñados en jugar al fútbol en un pasillo, «hacer el indio» durante una visita y hasta lanzar algún petardo, que es el privilegio disfrutado por Críspulo gracias a una ficción ajena a las limitaciones de la realidad.

    Por eso todavía la disfrutamos, al menos en Navidades, y sonreímos al recordarla como si fuera la propia de nuestra infancia. El necesario desengaño lo dejamos para otra ocasión porque, ahí nos duele, en la vida carecemos de un guionista como el mejor Pedro Masó. Y puestos a compartir la edad de Pepe Isbert, sabemos de sobra que no todos somos unos «formidables» como los anunciados por Alberto Oliveras en la SER con el fondo musical de la sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák.

     Pd.: En una entrada dedicada a Chencho, publicada el 24-XII-2024, creí que era mayor que el personaje interpretado por Ángel Pardo. En realidad, me lleva unos meses. Aclarado y reconocido este error, asumo la penitencia con la esperanza de que, al cabo de los años, esas diferencias ni se notan.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República, el 23 de diciembre de 2025.

  • El Biscúter, sin marcha atrás y a lo loco

    El Biscúter, sin marcha atrás y a lo loco

    Demostración práctica de la marcha atrás del Biscúter

    El abuelo Pepe fue un forofo del Hércules C.F., mi padre me llevaba a ver los partidos y hasta la adolescencia creí firmemente en el «herculanismo». El uso de la razón y la experiencia de tantas derrotas me curaron de semejante desvarío, aunque me sigue gustando el fútbol.

    Por llevar la contraria, mis ídolos estaban bajo los palos. Las fotos de los guardametas luciendo sus habilidades, en especial las palomitas, me encantaban. Las veía cada semana en la Hoja del Lunes, pero llegado el verano me refugiaba en dos tomos encuadernados por mi abuelo con los ejemplares del Marca de la temporada 1954-1955.

    La relectura de esas crónicas era una maravilla veraniega. El Hércules C.F. nunca descendía, que era lo suyo, sino que al final siempre ocupaba la sexta posición en la tabla clasificatoria de la 1.ª división, junto a los grandes. Lo insólito suele fascinar.

    La noticia de esa machada no por sabida dejaba de sorprender y, además, consolaba a la luz de tantas temporadas enfrentándonos al Iliturgi o al Calvo Sotelo, que hasta bien mayor solo asocié con un equipo de fútbol. Del asesinado don José nada sabía por entonces.

    Las hazañas blanquiazules de 1954-1955 me gustaban, pero la noticia que cada verano me asombraba estaba protagonizada por Juan Manuel Fangio, pentacampeón de Fórmula 1. El as argentino vino a España por entonces y, convenientemente retribuido tal vez, elogió las prestaciones del Biscúter, un sucedáneo de coche que se empezó a fabricar en Barcelona poco antes de esta publicidad.

    Nunca imaginé a Fangio al mando de un Biscúter. La posibilidad era una paradoja, pero cada verano al repasar aquellos tomos del Marca recordaba el artilugio andante que conocí hacia 1964, cuando el vehículo fabricado en Barcelona ya había dejado paso al «600» para que fuera un símbolo de la década.

    Mi padre tuvo su momento de emprendedor como tantos pluriempleados del desarrollismo. Lo comprobé años después al hojear un libro sobre la crianza en casa de pollos y conejos como fuente de riqueza. El champiñón auguraba un similar resultado. El problema, claro está, es que la teoría del manual dio paso a la práctica.

    Mis mayores evocaron durante años aquella etapa del emprendedor como una pesadilla poblada de conejos y pollos. La infancia me eximió de limpiar las jaulas, pero recuerdo que cada cierto tiempo venía a casa un profesional del ramo propietario de un Biscúter.

    Nadie me lo ha confirmado, pero creo que este hombre se llevaba animales con el objetivo de venderlos, era lo lógico, hasta que terminó llevándoselos todos para alivio de la familia. Mientras tanto, me asomaba a aquel artilugio andante aparcado en la puerta de la casa. Un vehículo marciano no habría despertado una mayor curiosidad.

    El Biscúter carecía de marcha atrás, y casi de todo lo propio de un verdadero coche. Cuando el pollero llegaba, la chiquillería se arremolinaba porque, al cabo de unos minutos, el propietario requería ayuda: había que dar la vuelta al vehículo a pulso. El artefacto pesaba 240 kilos y, entre adulos y chiquillos, el solidario acto era motivo de sonrisas y distracción.

    El Biscúter llegó a incorporar la marcha atrás con el paso del tiempo, aunque se bloqueaba con facilidad dando pie a anécdotas divertidas. La publicidad de Fangio no lo redimió y su imagen quedó como una prueba del quiero y no puedo de unos años cincuenta que acabaron en la bancarrota nacional cuando nací. A partir de 1958 todo mejoró, pero Laureano López Rodó nunca tuvo en cuenta mi contribución.

    La mentalidad de los pioneros y emprendedores por pura supervivencia, sin embargo, quedó vigente y sería fundamental para el desarrollismo de los sesenta. A veces con fundamento empresarial y en otras ocasiones concretada en historias donde la ciencia y la picaresca mantenían una relación equívoca.

    Los XXV años de Paz se celebraron en 1964. La efeméride tuvo una omnipresente vertiente oficial para dar paso a una nueva etapa de la dictadura. La estudié en algunas de sus manifestaciones curiosas, pero dediqué un libro –Petróleo, monjas y poetas (2021)– a las otras caras del año en que supe del Biscúter.

    Una de esas historias fue la del inventor -español, claro está- del motor de agua. La reconstruí con la ayuda de la familia del pionero que iba a hacer temblar a la industria petrolífera. La experiencia fue agradable por el cariño de una hermana y la simpatía de una nieta, pero a ambas nunca les confesé el origen de mi interés: el invento de aquel motor me recordaba los tiempos del Biscúter y a mi padre, junto a la chiquillería, dándole la vuelta a falta de marcha atrás. Así era aquella España en blanco y negro, aunque los historiadores se empeñen en hablar de otras cuestiones que pocos habrán incorporado a una memoria revitalizada cada verano.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 23 de agosto de 2025

  • Un máster en ganchillo y bolillos

    Un máster en ganchillo y bolillos

    El estado natural de mi abuela, al menos por las tardes, era sentada, el pelo recogido en un moño, las gafas justo en la punta de la nariz y afanada con el ganchillo. Así horas y horas, mientras escuchaba la radio o vigilaba mis correrías por las aceras de una calle sin tráfico apenas.

    La consecuencia eran tapetes de ganchillo repartidos por toda la casa. Tampoco fuimos originales en este sentido. Solo nos singularizamos cuando mis padres descartaron la compra de un toro o una sevillana para decorar el televisor, con tapete, que llegó a casa en 1963. La proclamación de Pablo VI fue nuestro debut familiar como telespectadores. Menos mal que pronto triunfaron los Monster de «tenebroso recuerdo».

    Mi abuela dibujaba su firma, pero poseía unas probadas cualidades en cuestión de matemáticas aplicadas. Jamás la vi contar los puntos dados al ganchillo. Aquella cuenta la debería llevar de una forma misteriosa porque, al final, el dibujo del tapete era simétrico.

    Su memoria también suponía un motivo de asombro familiar y vecinal. Mientras hacía las tareas domésticas, ella cantaba como tantas mujeres de la época. Su especialidad era el cuplé con letra digna de Rafael de León, sin menoscabo de algunas canciones de las sicalipsis de sus veinte años, que también fueron los del siglo.

    La primera vez que supe de las andanzas de «la pulga», que desde 1906 se solazaba donde no debía, fue gracias a mi abuela. La cantaba con toda la letra y la necesaria picardía, tan ingenua, para hacerme reír con la gestualidad aprendida en su juventud: «rápida salta y se esconde/ ya me ha picado y no sé dónde».

    Esas pulgas juguetonas, pasadas las décadas, son tan entrañables como los recuerdos de una generación de mujeres dispuesta a disfrutar de «los felices veinte», aunque la pareja fuera obrero metalúrgico y serio como un palo. Muchos años después, atento a las desventuras de algunas vedettes y cupletistas, averigüé el origen de una canción resucitada por Sarita Montiel, que por entonces y a mi edad formaba parte de lo prohibido. Se decía que, cuando aparecía en la pantalla, la temperatura de los cines aumentaba y eso, claro está, «no tiene solución»:

    Aquellas canciones y las romanzas de las zarzuelas a veces se interrumpían por alguna circunstancia. El momento era de expectación familiar, pues con independencia del tiempo transcurrido la abuela las retomaba justo donde las había dejado. El botón de Pause no suponía el olvido para quien me enseñó canciones ahora recuperadas en mis trabajos u ocios sin conseguir memorizar las letras. En caso de duda, consulto a la compañera de toda la vida, que las recuerda y me sorprende.

    Manuel Vicent recrea una memoria más remota, pero que comparte anécdotas comprensibles para mi generación. El novelista ha evocado la salida hacia el colegio para asistir a las clases vespertinas. Las radios estaban encendidas en todas las casas y con las mismas canciones en su sintonía. De hecho, Manuel al principio podía escuchar el planteamiento -«él vino en un barco de nombre extranjero»-, saber del nudo a la altura de la siguiente manzana -«y voy sangrando lentamente/ de mostrador en mostrador»- y llegar al colegio cuando el polivalente desenlace sonaba en cada casa: «Mira su nombre de extranjero/ escrito aquí, sobre mi piel./ Si te lo encuentras, marinero, dile que yo muero por él». ¿La había dejado embarazada o era una pasión desatada?

    Yo no disfruté de esa maravilla de la canción itinerante porque en los sesenta la televisión empezó a sustituir a la radio. No obstante, cuando las emisiones cesaban a primera hora de la tarde, los seriales todavía estaban presentes en cualquier casa. Hace años escribí sobre las andanzas de Guillermo Sautier Casaseca, «el rey de la lágrima» (Un franquismo con franquistas, 2019). El personaje era de cuidado, de mucho cuidado, pero reconstruí su trayectoria con el cariño que merece el recuerdo compartido.

    Ahora, cuando tanta gente recurre a la IA para menesteres propios del saber escribir o simula un CV plagado de títulos con algún término en inglés, comprendo que mi abuela hizo uso de su inteligencia natural para cursar un máster en ganchillo. Incluso, provista de un mundillo, se doctoró en bolillos con puntos como «el de la loca» o encajes propios de la frivolité.

    Y, además, puso una banda sonora al arreglo de la casa sin necesidad de la tecnología. Lola mantuvo la memoria de lo escuchado cuando era joven, aunque -ya en sus últimos años- aceptó que algún meritorio presentado por «el Íñigo» de la televisión pudiera equipararse a Manolo Escobar, que cantaba a su «madrecita» para alegrar a tantas mujeres de aquella generación. Sin generalizar, fueron numerosas las que pasaron por la vida dando mucho a cambio de casi nada.

    Esas abuelas más sonrientes que cascarrabias fueron jóvenes. Así me gusta imaginarlas con la ayuda de mi trabajo como historiador porque merecen el agradecimiento por el tiempo dedicado a cuidarnos, el deseo de mantener viva su memoria y la voluntad de testimoniar los límites de unos silencios que, a menudo, resultaron obligatorios como consecuencia de una derrota mucho más entrometida que la contumaz pulga.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 10 de agosto de 2025

  • Mi calle no era un parque temático

    Mi calle no era un parque temático

    La foto donde aparezco junto con mi abuela Dolores y Federico no forma parte del archivo visual de la posguerra. Ni siquiera de los cincuenta donde todo parecía abocado a la eternidad de una dictadura. Uno ya tiene sus años, pero cumplí los cuatro en 1962, cuando alguien desde la calzada de mi calle, por donde apenas circulaban los vehículos, inmortalizó un momento de la cotidianidad que relaté en Contemos cómo pasó (2016).

    Aquel libro lo construí a base de conversaciones familiares para combatir la amenaza de una grave enfermedad. El recuerdo de la infancia, compartido entre sonrisas cómplices, une y fortalece cuando el miedo acecha. La sanidad pública hizo el resto. Diez años después todavía aprovechamos la tranquilidad del verano para evocar esos episodios de un período en blanco y negro, como los propios recuerdos, pues nunca hemos conseguido imaginar nuestra infancia en colores.

    Los veranos de los primeros años sesenta eran sinónimo de vacaciones, pero solo escolares. Mi padre estaba pluriempleado también durante la época estival y mi madre seguía tricotando para medio barrio. Lo de salir fuera vino después y solo gracias al Banco de Vizcaya, que tenía una residencia para los empleados donde podíamos ir los familiares a precios módicos. Esa política empresarial, tan propia de la época, ha pasado a mejor vida.

    Mientras llegaba la aventura de viajar cincuenta kilómetros en un Tiburón -de «un cliente muy simpático del banco»- para veranear cerca de Benidorm, las tardes veraniegas las pasaba en la acera de la calle. Vista la foto, hasta tenía un triciclo, lo cual casi suponía un privilegio a compartir con los demás compañeros de juegos. Ellos también me prestaban sus canicas o alguna pistola para reemplazar el cañón del dedo índice y protagonizar aventuras bajo la mirada de la abuela sentada en una sillita. Allí hacía ganchillo, que era lo suyo mientras lucía «un alivio de luto» por ser verano. De hecho, teníamos tapetes de ganchillo en todos los rincones de la casa. Mi familia no fue peculiar en este sentido. Ni en ningún otro.

    La acera no era un parque temático, pero la imaginación suplía esta circunstancia. Todavía recuerdo que corríamos una distancia convenida con mi abuela como cronómetro en voz alta. Las posibilidades de batir el récord aumentaban gracias a quien espaciaba el recuento de los segundos. El truco luego lo apliqué a otros juegos en solitario que recreaban las más variadas competiciones deportivas. Nunca he vuelto a ganar tantas medallas.

    La panoplia de juegos no era una caja de sorpresas. Sin embargo, teníamos algunas visitas para alegrar la tarde. Los burros eran unos asiduos. Uno, conducido por un lugareño con boina, llevaba en sus alforjas sangre cocida, sangueta, para la merienda de niños y mayores. Las condiciones higiénicas del manjar debieron someter a prueba nuestra inmunidad. Los supervivientes, superada la selección de la especie, hemos llegado a la vejez sin melindres gastronómicos.

    Aquel burro era un habitué, pero el de las grandes ocasiones venía tirando de un carrito con dos bancos en los laterales. La escena, idealizada, está presente en Un rayo de luz (1960), protagonizada por Marisol. Nosotros no disponíamos de la modernidad de un poni frente a la tradición del burro. Tampoco cantábamos una alegre canción, nadie nos bendecía a nuestro paso y el tecnicolor habría sido improcedente para reflejar la imagen de unos niños montados en el carrito previo pago de unas «moneditas». El objetivo de la aventura era dar la vuelta a la manzana, pronto convertida en una odisea digna del recuerdo.

    Así pasábamos las tardes de meriendas, carreras y paseos tirados por un burro, pero recuerdo que, como en las mejores películas, hubo una especial. El padre de Federico era «el señor Pepe», el del camión que traía cerveza desde Madrid. Todos lo sabíamos porque casi vivíamos en comunidad. Una tarde, previo aviso a la vecindad, la expectación era enorme porque el vetusto camión a veces aparcado en la calle había dado paso a otro flamante que iba a ser exhibido como la llegada de la modernidad.

    Apenas conservo imágenes de aquella tarde. Ni de otras muchas, pero recuerdo que cuando llegó el señor Pepe con el Pegaso paró en la puerta de la foto, colindante con la de su casa. El hombre bajó con el motor en marcha e invitó a la chiquillería para que se montara en aquel armatoste que parecía galáctico en comparación con el carrito del burrito. Todos subimos, con nuestros pantalones cortos y la merienda -«cuidado no se te caiga la mortadela»- y dimos la vuelta más triunfal a la manzana.

    La modernidad había llegado y el señor Pepe la compartió. Quince años después, ya jubilado, le encontré en un mitin celebrado en un bajo de aquel mismo barrio. Yo era un irreconocible barbudo universitario, pero me acerqué, di un beso a la señora María, pregunté por Federico, que era el nuevo camionero, y recordé con ellos aquella vuelta triunfal a la manzana, de la cual mi abuela no contó los segundos tardados porque, esta vez sí, había una verdad indiscutible: aquel Pegaso era insuperable.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 3 de agosto de 2025.

  • ¡¡¡El rey era el señor Llorca!!!

    ¡¡¡El rey era el señor Llorca!!!

    El terror de la ficción da bastante juego durante el período navideño. Tal vez sea por el contraste con el almibarado espíritu del momento. El caso es que Papá Noel y compañía andan a menudo mezclados en asuntos turbios. Los Reyes Magos, tan locales, suelen quedar algo relegados, aunque no cabe descartar un relato de pánico a la vista de las aglomeraciones en algunas cabalgatas.

    La circunstancia de ser el menor de los hermanos resta ingenuidad en creencias como las de los Reyes Magos y los nazarenos, que me parecían seres inquietantes durante aquellas semanas santas donde el luto todavía marcaba un tiempo de recogimiento, tambores y capirotes en compañía de Fray Escoba, cuya vida ejemplar casi aprendí de memoria.

    Nunca he tenido inquietudes religiosas. Ni siquiera cuando preparaba la obligatoria primera comunión a mediados de los sesenta. No obstante, las procesiones las veía al pasar por mi calle, asomado a un balcón. Excepto un año que, sin aviso previo, mi hermano me instó a presenciar otra que se celebraba unas calles más abajo.

    De repente, mi familia, poco dada a estas ceremonias, estaba al completo en primera fila poniéndome en lugar preeminente por ser el pequeño. Aquello me sorprendió hasta que un nazareno, sin mediar motivo y con el consiguiente susto, agachó su capirote, echó mano de una escondida bolsa y me dio un montón de caramelos diciéndome con voz entre grave y guasona: «Juan Antonio, soy yo…».

    La posibilidad de que un nazareno supiera mi nombre era imprevisible. Apenas repuesto de la impresión, los siguientes capirotes andantes hicieron lo mismo hasta tener las manos llenas de caramelos. El misterio permaneció, pero al volver a casa y ver a mi hermano junto con sus amigos lo comprendí. Aquellos que nunca iban a misa, por vete a saber qué historia, un año salieron en una cofradía generosa en materia de caramelos. Los repartí, los disfruté y, desde entonces, la presencia de un nazareno camino de la procesión con el capirote en la mano me provoca una sonrisa porque le imagino cargado de caramelos.

    Los Reyes Magos corrieron una suerte similar poco antes. Yo era de Baltasar, por aquello de lo exótico de un negro en una ciudad donde solo había dos o tres procedentes de Guinea Ecuatorial. Mi padre respetaba la elección y cada año, cuando me llevaba al reparto de juguetes que tenía lugar en la oficina del banco donde trabajaba, procuraba que fuera Baltasar quien me diera lo pedido en la carta redactada con buena letra.

    Aquello debió funcionar hasta 1963 o 1964 cuando había pedido, en consonancia con los tiempos, una pistola de cowboy o un equipo militar de operaciones especiales. Mi padre matizó la petición regalándome un casco de soldado de la ONU en misión de paz, aunque provisto del arma reglamentaria. El casco azul nunca fue entendido por los amiguitos, que no sabían de qué bando era. Pero lo fundamental es que, al dármelo, Baltasar me saludó por mi nombre con una voz familiar: ¡¡¡Era el señor Llorca!!!

    A partir de ese momento, descreído en materia de nazarenos y reyes magos, debí comprender que el camino del descreimiento carece de límites. Lo confirmé cuando en las Navidades de 1964 acudí a la feria junto con mi padre. Ese año, por un misterio insondable, se puso de moda que los niños llevaran una gorrita de jockey. Mi madre compartió la ocurrencia de tantas amigas y, sin ser consultado, me vi encasquetado con la dichosa gorrita en el tren de la bruja.

    Puestos a padecer algo de terror en «las felices fiestas», los escobazos de la bruja figuraban en lugar destacado para un niño de cinco o seis años que no armaba, según las madres, «ni polvo ni remolino». Disciplinado y calladito, me colocaba detrás de la máquina del tren a la espera de que la bruja se cebara con los más folloneros, siempre sentados en el último vagón.

    Las vueltas de rigor estaban a punto de terminar cuando, de repente, mi gorrita salió volando. Mi padre, atemorizado ante la posibilidad de volver a casa sin la prenda del nene, como el abuelo que pierde a Chencho, llamó a la bruja y le pidió que me la diera. Aquello era el terror en vena, pero milagrosamente el feriante de los escobazos también me conocía: «Juan Antonio, toma tu gorra». El alivio fue notable y nunca jamás me asusté ante una careta de goma, llevara o no aparejada la escoba.

    Los tres misterios de estos rituales festivos desaparecieron en un par de años, aunque no los puedo precisar con seguridad. Bastó con la pronunciación de mi nombre para que esos personajes misteriosos cobraran familiaridad. Desde entonces, puesto a tener miedo o respeto, nunca lo he sufrido ante una ficción que puede quitarse su careta, el capirote o la pintura. El problema es cuando el miedo, el de verdad, viene con su propio rostro. Si lo veo, ni siquiera confío en que escuchar mi nombre evite un susto morrocotudo.

  • ¡¡¡Chencho se ha perdido!!!

    ¡¡¡Chencho se ha perdido!!!

    Nunca me he llevado bien con los espíritus. Ni siquiera el navideño, cuyo cuestionamiento parece una herejía en unos tiempos tan intolerantes ante la discrepancia que no comparte las unanimidades. Sin embargo, tampoco me gusta ir contra una ilusión razonable y participo, con moderación, en unas fiestas cuyo origen religioso ha quedado en un segundo plano.

    El cine forma parte del ritual navideño. Descartados los villancicos en los centros comerciales, que me parecen una tortura mental para quienes allí trabajan, tampoco disfruto con los relatos navideños de una literatura ejemplar y de buenos sentimientos. Nunca escucho las archiconocidas canciones navideñas de Mariah Carey o George Michael y, puestos a recordar entre bromas, prefiero el tamborilero, rotoponpon, rotoponpon, de nuestro Raphael. Ahora bien, el cine me ha permitido asociar tres grandes películas con la Navidad y disfrutar recordándolas gracias a varias visualizaciones.

    ¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra, la descubrí tarde, pero «la abuelita Capra» -así le llamaba Juan A. Bardem- consiguió emocionarme, aunque no tanto como a los norteamericanos que cada año se juntan en las salas de cine para compartir el ritual de verla de nuevo. Mis entusiasmos nunca llegan a semejantes extremos y, desde luego, no lloro cuando el protagonista descubre la belleza de la vida. Solo le doy la razón, porque la tiene.

    Plácido (1961), de Luis García Berlanga, tal vez sea el relato navideño con el que más sintonizo. Si la caridad sale mal parada, la Navidad con su espíritu no corre mejor suerte. La actual dispersión de la oferta cultural permite huir de cualquier avalancha, pero cuando esta posibilidad parecía una quimera en tiempos televisivos de cadena única siempre me quedaba la oportunidad de rescatar aquel relato inicialmente titulado Siente un pobre en su mesa. Conozco la película escena por escena, personaje a personaje, y sin necesidad de buscarla la rememoro todos los años como un licor digestivo tras el empacho navideño, que afortunadamente ahora es más llevadero.

    Puestos a recordar en mi casa, cada Nochebuena pensamos en Chencho, el niño perdido en la plaza Mayor de Madrid mientras compra figuritas del belén en compañía de su abuelo y varios de sus catorce hermanos. La escena de La gran familia (1962), de Fernando Palacios, es mítica, especialmente para quienes formamos parte del baby boom del desarrollismo.

    Yo siempre he sabido que, por edad, estaba entre Chencho y Críspulo, el trapisondista de la familia. Tampoco hay que buscar tanta exactitud en el cine con el que mantenemos una identificación generacional. Lo importante, al ver la película, es reencontrarme no con el espíritu navideño, sino con la ropa que llevan aquellos niños del blanco y negro, cuando la televisión era una novedad realmente prodigiosa. Gracias a esos pantalones cortos en pleno invierno y tantos otros detalles, reavivo la memoria y me veo paseando de la mano de quien era el abuelo oficial del cine español, un Pepe Isbert que tantas buenas horas me ha hecho pasar.

    La película de Pedro Masó y Fernando Palacios es pura propaganda del tardofranquismo. Lo he explicado en mis libros y coincido con otros colegas, pero prefiero fijarme en los detalles de esos pantalones, los abriguitos tan rígidos, las gorritas para no coger frío, las bufandas que llegaban hasta las rodillas desnudas y, sobre todo, en un carrusel de imágenes donde cualquier color sobraría.

    Mis evocaciones de la infancia son en blanco y negro. Incluso sueño así cuando recupero un episodio de aquellos años, donde el color lo invadiría todo, pero sin erradicar un blanco y negro más pertinente para fijar una conclusión: éramos pobres, aunque no lo sabíamos y nuestros padres veían una época de prosperidad para dejar atrás las penurias de la autarquía.

    No sufro por Chencho porque conozco el final propio de un cine donde los españoles, por ser tales, éramos unos «formidables» como los protagonistas de un popular espacio radiofónico de la época. Chencho vuelve a la familia y todos sonreímos, pero prefiero observar los detalles de aquella vivienda, los objetos perdidos en una memoria tan selectiva y sentir, de nuevo, la experiencia de vivir en blanco y negro. No la añoro, pero la nostalgia de la niñez es inevitable cuando empiezas a ser un émulo de Pepe Isbert.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 24 de diciembre de 2024.

  • La indulgente Eva María y su biquini a rayas

    La indulgente Eva María y su biquini a rayas

    Fórmula V

    Allá por septiembre de 1983, si no recuerdo mal, conocí a un colega empeñado en un afán. Años después supe que el rasgo era propio de los personajes novelísticos de Luis Landero. Antes de disfrutar con ellos, siendo becario, ya mostraba querencia por quienes se afanan en torno a lo absurdo e insólito. Nunca lo es del todo. Entre otros motivos, porque ese empeño ayuda a lidiar con la mediocridad de la vida, que es un requisito para aguantar el tirón sin perder la sonrisa. Todavía no lo sabía, pero ahora, cuando lo de becario suena lejanísimo, me parece una obviedad.

    Tomás me llevaba tres años y simultaneaba las milicias universitarias con la docencia en la universidad. A menudo le veía llegar a la facultad con el uniforme de alférez. La imagen sorprendía, pero pronto la olvidaba porque, lejos de cualquier marcialidad, hacía gala de buen ánimo y simpatía. Su carrera docente ha sido la de un sabio, aunque ya por entonces lo era y, desde luego, me apabullaba con sus conocimientos literarios.

    Sin mediar razón aparente, un día me bendijo como Flumina en atención a mi primer apellido. Aquello me sorprendió y le pregunté por su voluntad de traducir al latín cualquier texto o referencia de su entorno. Lo hacía como un entrenamiento mental y reconoció que solo había encontrado dos desafíos capaces de provocarle dudas filológicas: indicarle al peluquero que deseaba «un pelado recio», dicho con su acento murciano, y el biquini de rayas de Eva María, aquella joven que en 1973 se fue buscando el sol en la playa.

    No recuerdo las opciones planteadas para ambas traducciones. Una lástima, porque en su momento me parecieron bien argumentadas. Desde entonces, contagiado por el afán del alférez, he buscado traducciones tan insólitas como gratuitas para jugar con el lenguaje y sonreír, que no es poco.

    El azar de las búsquedas me condujo hace unos días a la canción del verano de 1973. Eva María no solo se fue a la playa con su biquini de rayas, sino que estuvo presente en cualquier rincón gracias a los trescientos mil discos vendidos. Ahora me entero de que ejemplifica «la música chicle». La denominación parece acertada, pero entonces era preciso ser un marciano para no enterarse de cómo era el biquini de la susodicha y, claro está, su maleta.

    Ya puestos en la búsqueda, me interesé por la letra de una canción cuyo estribillo forma parte de la memoria compartida por la gente que anda con nietos o aspira a tenerlos. La encontré sin problemas, pero con una fijación del texto deficiente capaz de espantar a Tomás, que traducía a partir de lo escuchado en la radio.

    La traducción al latín le habría dado empaque, pero queda fuera de mis posibilidades e ignoro si el colega la recuerda. En cualquier caso, espantado ante una letra reproducida con faltas de ortografía y una puntuación absurda, me impuse el deber de fijar el texto de manera que en internet haya, al menos, una versión digna de pasar a los anales:

    Eva María se fue buscando el sol en la playa

    con su maleta de piel y su biquini de rayas.

    Ella se marchó y solo me dejó recuerdos de su ausencia.

    Sin la menor indulgencia, Eva María se fue.

    Paso las noches así, pensando en Eva María.

    Cuando no puedo dormir, miro su fotografía.

    ¡Qué bonita está bañándose en el mar, tostándose en la arena,

    mientras yo siento la pena de vivir sin su amor!

    ¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?

    ¿Qué voy a hacer, si Eva María se fue?

    [bis]

    Apenas puedo vivir pensando si ella me quiere,

    si necesita de mí y si es amor lo que siente.

    Ella se marchó y solo me dejó recuerdos de su ausencia.

    Sin la menor indulgencia, Eva María se fue.

    [estribillo]

    Eva María se fue buscando el sol en la playa

    Con su maleta de piel y su biquini de rayas.

    [bis]

    Aparte de que parece improbable que alguien deje recuerdos de una ausencia, más bien sería de una presencia, ya en su momento me sorprendió el empleo de «sin la menor indulgencia» para definir la marcha de Eva María. Supongo que sería una ocurrencia de los responsables de la canción: José Luis Armenteros y Pablo Herrero. Tampoco resulta coherente que el planteamiento de la situación se repita al final. Ya sabíamos que la moza se había marchado y, claro está, sin indulgencia alguna.

    Ahora bien, ¿se marchó definitiva o temporalmente? El asunto no parece claro. Algún precipitado, sin la exégesis precisa, escribe en Wikipedia que Eva María dejó a su pareja. Sin embargo, la letra también permite entender que solo se marchó de vacaciones, tal vez con su familia como tantas jóvenes de la época. De hecho, el muchacho cuenta con una foto de ella, que pudo haber recibido durante la ausencia de la amada. Yo apuesto a que la chica estaba con sus padres en una residencia costera de Educación y Descanso, donde tantos «productores» gozaban de unos días de asueto.

    Mi hipótesis parece coherente con la época, aúna la honestidad familiar con la modernidad del biquini y, sobre todo, me evita pensar en todo un país cantando algo similar a una elegía. No, Eva María volvió morena, con su biquini y la maleta para reanudar una relación que el muchacho disfrutaría con entusiasmo renovado después de pensar en tantos recuerdos de su ausencia, que ya es ser retorcido. Eso sí, todo esto en latín tiene más empaque.

    Entrada publicada en Varietés y República el 15 de noviembre de 2024.  

  • La España del chiri-biribi, pom, pom, pom, pom

    La España del chiri-biribi, pom, pom, pom, pom

    Fernando Jiménez del Oso

    Una noche del verano de 1977 me encontraba solo en casa. Mi familia veraneaba en un pueblo cercano y, mientras trabajaba para pagarme los estudios, tenía que buscarme la vida a la hora de solucionar los retos de la intendencia doméstica. Incluida la cena, que preparaba con una sobriedad espartana a falta de recursos gastronómicos.

    Esa noche, comprobados los resultados de mi escasa destreza en la cocina, encendí la televisión en blanco y negro para ver una entrega de Más allá, un programa de temas esotéricos protagonizado por el no menos esotérico Fernando Jiménez del Oso (1941-2005), que por entonces gozaba de una notable popularidad. Salir en aquella televisión garantizaba millones de espectadores, aunque fueras Torrebruno o el Capitán Tan.

    Los charlatanes siempre han sido una de mis debilidades. El citado, a pesar de ejercer como psiquiatra, en la televisión utilizaba buena parte de los recursos de este oficio tan noble para hablarnos de platillos volantes, extraterrestres y apariciones misteriosas. Su aspecto -véase la foto- invitaba al susto y el tono de su voz todavía más. Esa solitaria noche, claro está, me asustó y antes de que el movimiento de las cortinas despertara la sospecha de una compañía imprevista, apagué la televisión porque por entonces lo de cambiar de canal era una operación bastante limitada.

    Fernando Jiménez del Oso mantenía las apariencias, pero los charlatanes capaces de contar, con absoluta seriedad, los embolados más tremendos ya estaban en la monopolística pantalla de la época. Y con todas las bendiciones de las autoridades, que controlaban con mano férrea las emisiones por su enorme influencia entre la población. Conviene recordarlo, ahora que tanto se habla de los bulos como consecuencia de la fragmentación de la oferta informativa que permite la proliferación de quienes sustituyen a los periodistas.

    La anécdota la he recordado al ver la serie Ummo. La España alienígena (2022), de Laura Pausa y Javier Olivera, donde Fernando Jiménez del Oso es un protagonista destacado. Los tres capítulos tratan de un país que, desde mediados de los sesenta, se empeñó en divisar platillos volantes y extraterrestres por todas partes. La prensa de la época, incluida la oficialista cadena del Movimiento, está repleta de estas noticias nunca desmentidas y publicadas con la seriedad de lo aparecido en el BOE.

    Si el turismo había elegido España como destino preferente, nada más lógico que los extraterrestres compartieran la búsqueda del sol, las playas, los precios baratos y la natural simpatía de los españoles. Puestos ante tan irrefutable evidencia, lo raro era encontrar a alguien que no hubiera tenido la experiencia del OVNI sobre su tejado o, al menos, que no supiera de la misma a partir de un vecino, que lo había leído en la prensa como argumento de autoridad.

    Los extraterrestres se cansaron de venir a España con la llegada de la Transición, que ya es casualidad. Desde entonces andarán por otros lares. Tal vez porque nos hayamos convertido en un país más normalito, aunque todavía quedan ciudadanos dispuestos a creer a los embaucadores, ahora reconvertidos gracias a la tecnología. El fenómeno, aparte de preocupante por la divulgación de bulos, parece novedoso. Sin embargo, dista de serlo en una España donde como en otros países hay personas dispuestas a creer lo insólito porque la realidad le resulta aburrida o incómoda.

    La citada serie me ha recordado la presencia de tantas personas dispuestas a difundir supuestas noticias relacionadas con los alienígenas que, ahora, al cabo de las décadas tendrían dificultades para justificarlas por la desaparición de lo que nunca existió. La prueba del tiempo es un excelente criterio para valorar la credibilidad de una noticia, aunque al final nadie pida disculpas por haber difundido una patraña. Apenas se haya detectado como tal, los responsables habrán sacado otras nuevas para que el espectáculo no decaiga.

    Los platillos volantes por los cielos de España fueron una moda destinada a la distracción del personal, casi siempre harto de lidiar con la realidad. Como tal habrá que examinarla y, sobre todo, no perder el humor a la hora de evocarla con sus trampas y cartón. Al fin y al cabo, como bien explica Ummo, vivíamos en la España cañí donde Los Payos en 1969 triunfaron clamorosamente con el chiri-biribi pom pom pom dedicado a María Isabel, aquella muchacha que paseaba por la playa tras ponerse el sombrero. El millón de discos vendidos con la pegadiza melodía remite a un país necesitado de extraterrestres que llegaran de la mano de Fernando Jiménez del Oso o de cualquier otro sujeto de ojos penetrantes, voz grave y aspecto misterioso al servicio de romper la monotonía y la complejidad de la realidad:

    Entrada publicada en el blog Varietés y República el 13 de noviembre de 2024. En fechas recientes, el vicepresidente de USA ha insistido en la existencia de los OVNIS, relacionados directamente con el demonio. El general Franco no se atrevió a tanto.

  • Tadzio, «il ragazzo piú bello del mondo»

    Tadzio, «il ragazzo piú bello del mondo»

    Tadzio, «il ragazzo piú bello del mondo»

    Rafael Azcona descubrió Ibiza en los años cincuenta, cuando la isla todavía conservaba el encanto de un lugar poco frecuentado. Una noche de verano, montando en bicicleta, el futuro guionista quedó deslumbrado ante el cielo estrellado. La tentación fue inevitable, el ciclista miró hacia arriba y acabó magullado en tierra tras tropezar con un obstáculo. Desde entonces, según me contó en una comida, nunca se dejó cautivar por lo sublime o trascendente. Yo tampoco; tras muchos años escribiendo, jamás he dedicado una línea a los héroes de la perfección porque sigo las enseñanzas del amigo que tantos consejos me dio en forma de anécdotas para el recuerdo.

    El problema es que las voluntades más firmes a veces caen en la tentación, aunque tengan la coartada de las circunstancias a una edad temprana. En 1981, concretamente el 22 de febrero, juré bandera en un ejército con oficiales dispuestos a dar un golpe de Estado. La experiencia la conté con algo de humor en La sonrisa del inútil (2008) y no cabe reiterar las batallitas de aquel año. Sin embargo, la visión en RTVE Play del documental The most Beautiful Boy in the World (2021)de Kristina Lindströn y Kristian Petri, me ha traído el recuerdo de una noche en el campamento de San Fernando donde se supone que serví a la Patria.

    Cada mes y medio, cuando se marchaba un reemplazo de reclutas con destino a Ceuta y Melilla, el campamento donde habitualmente había dos mil personas quedaba solitario a la espera del siguiente reemplazo. En nuestro barracón con techo de uralita y numerosos chinches solo permanecía un soldado, Lorenzo, bajo las órdenes de un cabo, que nunca tomó en serio la relación jerárquica con quien ya era un monje capaz de renunciar a sus privilegios en el servicio militar y hacerlo como el resto de los cristianos.

    Lorenzo, en momentos de bronca y gritos, que abundaban, me hablaba en latín por lo bajinis mientras permanecíamos en la formación. Para tranquilizarme porque él, a diferencia del cabo, era de un estoicismo propio de quien admira a quien vino a la tierra para ser crucificado. El latín fue uno de los motivos de nuestra complicidad, pero hubo otros más a lo largo de aquellos meses.

    Una noche en que la soledad del barracón permitía escuchar el vuelo de un moscardón, incluso a los chinches desesperados por la falta de alimento, Lorenzo y yo debíamos turnarnos en las imaginarias para evitar la invasión del turco o cualquier otra desgracia. La guardia correspondía a un teniente bonachón que nunca se movía de su puesto y, atrevidos por puro hartazgo, decidimos cerrar la puerta y ver la televisión en compañía de unos ratones ya familiares.

    La casualidad quiso que esa noche RTVE emitiera Muerte en Venecia (1971), de Luchino Visconti. Ambos la habíamos visto mientras acumulábamos prórrogas para posponer la incorporación a filas. Aquello fue un chute de belleza como el cielo estrellado de Rafael Azcona. La Venecia decadente filmada con la sabiduría de Luchino Visconti, el adagietto de Gustav Mahler, el relato de Thomas Mann sobre la belleza absoluta como antesala de la muerte, la elegancia de Silvana Mangano y, claro está, la turbadora imagen de Tadzio, el chico más guapo del mundo, interpretado por un desconocido que respondía al nombre de Björn Andrésen. El conjunto es la perfección al servicio de una belleza deslumbrante en un clima de decadencia y muerte.

    Nuestra caída de la bicicleta pudo haber venido en forma de arresto por incumplimiento del deber, pero esa noche hubo suerte y ambos, solos en el barracón, hablamos largo y tendido sobre la película. Lorenzo era respetuoso con el dogma, pero escéptico y comprensivo en cuestiones terrenales. Sin necesidad de recurrir al latín, por la experiencia, convinimos en que lo visto era bello, pero peligroso como cualquier imagen deslumbrante. Había que ser precavidos, aspirar a bellezas accesibles y hasta respetar el derecho a la vida de los ratones y los chinches, que asistieron mudos a nuestro debate.

    Nunca he olvidado esa noche. De vez en cuando, escucho el adagietto, recuerdo un día pasado en Venecia y, por supuesto, he vuelto a ver la película de Luchino Visconti, donde Tadzio es el objeto de una mirada obsesiva que conduce a la muerte. El problema es lo que hubo tras la última toma, aquella de la figura del adolescente, recortada frente al mar, en una playa donde fallece Aschenbach, el músico deslumbrado por la belleza absoluta.

    Rafael Azcona me habló de las posibilidades del fundido en negro del cine frente al único fundido de la vida, que es la muerte. El director, cuando conviene, corta el relato y hasta creemos que, en la experiencia real, como en la cinematográfica, existen finales apoteósicos. A estas alturas, suponerlo es una estupidez y, en las clases, procuro avisar al alumnado. Le recomiendo que se deslumbre todo lo que sea preciso para disfrutar, pero que vuelva a la realidad una vez terminado el tiempo pactado de la ficción.

    Ahora, al ver el citado documental, tan deprimente, he sabido de una vida destrozada por culpa de la película de Luchino Visconti y otras circunstancias. Contemplar a Tadzio, que tenía mi edad, envejecido y destrozado es una enseñanza difícil de olvidar. Apenas merece la pena avisar de los peligros de instrumentalizar a un adolescente y convertirlo en un icono. Kristina Lindström y Kristian Petri nos los recuerdan, pero en mi reflexión permanece la necesidad de no buscar lo absoluto, sea en nombre de la belleza o de cualquier otro concepto.

    El consiguiente escepticismo del día al día resulta saludable y permite llegar al final en mejores condiciones que las vistas en Björn Andrésen, que ahora me apena frente a la admiración de antaño. Lorenzo, según supe por Irene Vallejo, vive en Granollers dando ejemplo de fe en varias parroquias donde ejerce como Llorenç por su indiscutible catalanidad. También escribe sobre filosofía y trabaja para Cáritas. Veo, desde la distancia, una vida coherente gracias a la discreción de la labor cotidiana, bien hecha y sin alharacas.

    Mi compañero de aquella noche y de tantas otras anécdotas es un monje urbano desde la etapa universitaria. El cabo, ateo de nacimiento y descreído por voluntad, a su modo también ha pretendido ser un monje, aunque en otras materias y sin tantas renuncias. Ambos aprendimos una lección: la belleza está ahí para rendirle tributo de admiración, pero no merece la pena deslumbrarse más allá de un instante y, sobre todo, nunca debe ser instrumentalizada como le ocurrió al pobre Tadzio-Björn cuando finalizó la película y siguió la vida.

    Entrada publicada en Varietés y República el 28 de julio de 2024. Björn Andrésen, el individuo de la foto arriba reproducida, falleció el 25 de octubre de 2025 a causa del cáncer cuando tenía setenta años.