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    La comunión de Belfegor

    La fe religiosa, entendida como alumbramiento, suele aparecer en un clima de trascendencia cuando forma parte de la ficción. El cine del franquismo es pródigo en ejemplos, filmados con una cámara situada en una grúa para captar los iluminados rostros de quienes reciben la buena nueva. La presencia divina, apenas entrevista para no faltar al decoro y el misterio, habla desde el más allá con una dicción ajena al menor titubeo. Si se trata de la Virgen, bien relacionada con los niños como madre, la autoridad se atempera con notas de dulzura. En cualquier caso, la trascendencia del momento no admite dudas o escepticismos. La fe recreada en estos rituales de la ficción deriva en una cuestión de pompa y circunstancia.

    La vida discurre por otros derroteros. En alguno dejaría olvidada esa fe religiosa si la tuve más allá del día en que me disfracé de «marinerito» para debutar como comulgante. Una vez perdida, la recuperación debería pasar por un momento digno de la cámara de un Rafael Gil o un Ladislao Vajda. Me habría gustado vivirlo «transido de emoción», pero las experiencias reales fueron mediocres. La consecuencia es una vida de impenitente descreído.

    El recuerdo de los profesores de Religión durante el bachillerato es una suma de anécdotas nada evangélicas. Ninguno, con sotana o alzacuellos, tuvo la capacidad de avivar la fe perdida. Tal vez la única que «creyera» fuera una misionera en África que durante unos meses impartió la asignatura sustituyendo al cura que venía, de Pascuas a Ramos, montado en un flamante Morris cuando el resto del profesorado aspiraba a un SEAT 600.

    La misionera llegaba a pie y en sandalias de aires franciscanos. La mujer era cariñosa, alentaba la participación y le pedíamos que contara historias de «los chinitos». Tal vez porque recordáramos las huchas con forma de cabezas de orientales utilizadas para las cuestaciones. La mujer con paciencia infinita nos recordaba que sus experiencias fueron con «negritos» y, a continuación, las relataba. África en mi imaginario eran las películas de Tarzán y disfrutaba al escucharlas, aunque sin el provecho religioso que se suponía porque nunca dejé de esperar la aparición de la mona Chita.

    Las historias de la misionera las escuché con más atención que devoción y, sobre todo, agradecí que evitara la trascendencia o el encogimiento de ánimo. Las experiencias en este sentido fueron traumatizantes desde que en 1966 tomara la primera y última comunión, justo después de asistir a un cursillo acelerado en una parroquia cercana al colegio.

    El párroco era un anciano rapado, alto y con una sotana raída. Los atrevidos habían visto poco antes Belfegor, el fantasma del Louvre (1965), de Claude Barna, y pronto aquel malhumorado hombre recibió el apodo de Belfegor, aunque en la cabeza no llevara la caja de galletas que suponíamos en el terrorífico fantasma de la serie francesa.

    La doctrina, al igual que cuando en mayo íbamos «con flores a María», quedaba reducida a una serie de historias edificantes. Su mensaje no admitía dudas o lecturas abiertas. Al contrario, escuchado por unos niños, equivalía a un alumbramiento, aunque sin el encanto de lo cinematográfico porque el párroco solo disponía de sus dotes oratorias.

    El protagonista de estas historias era Juanito, epítome de todos nosotros hasta el punto de terminar comulgando en compañía de un amigo imaginario capaz de acompañarnos en nuestro camino hacia la fe. La vida de Juanito estaba marcada por la superación y, dispuestos a competir en esa carrera de obstáculos y tentaciones, admirábamos el faro que Juanito suponía.

    La víspera de la comunión era trascendental porque, se rumoreaba, debíamos confesar hasta el último pecado para recibir la hostia. Durante la semana previa hubo debates en el colegio acerca del alcance de la confesión. Los radicales hablaban de todos los pecados, incluidos los de la gula al merendar, mientras que los relativistas negociaban algún olvido para mantener el decoro de una vida que para nuestra desgracia lucía «máculas».

    El párroco, alineado con los radicales, despejó cualquier duda con la más impactante historia de Juanito. El niño también debía confesar antes de comulgar. Llegado el día, de su boca salieron tantas serpientes como pecados había cometido. Todos descubrimos entonces que la vida del ejemplar compañero había sido la de un depravado, solo salvado por la expectoración de unos reptiles que a modo de metáfora resultaban clarificadores.

    Aliviados de la salvación de Juanito mediante la confesión, el párroco volvió a encogernos el ánimo con unos puntos suspensivos. Por la boca del niño asomaba una serpiente enorme que no terminaba de salir como el resto. El pecado debía ser mayúsculo y, en contra de los preceptos, el hasta entonces ejemplar Juanito lo calló y osó comulgar siendo pecador.

    La ceremonia transcurrió con normalidad, el niño lució su traje de «marinerito» y los familiares compartieron la felicidad de acogerlo en la fe. Justo entonces, a la salida del templo, el alocado Juanito cruzó la calle sin mirar a izquierda y derecha. Un coche, probablemente un 600, le atropelló y la primera comunión fue la última porque el marinerito emprendió el camino hacia el Cielo.

    La muerte era compatible con el consuelo. Juanito había muerto, pero en gracia de Dios porque ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar después de comulgar. La explicación del párroco tranquilizó los ánimos. Una vez aliviados, nos recordó esa serpiente que nunca terminó de salir por la boca. Juanito no solo fue un depravado, sino que comulgó sin haber borrado el último y más grave pecado gracias a la confesión. La consecuencia era el infierno, que en nuestros libros tenía una pinta horrorosa acrecentada por la eternidad.

    Conmovidos por el destino de nuestro amigo, los debates sobre el alcance de la confesión cesaron y todos acudimos al confesionario con el ánimo de expulsar hasta la última serpiente, aunque estuviera vinculada con una chocolatina saboreada con gula. Y así comulgamos al día siguiente, aliviados por estar en gracia de Dios y sin sufrir accidentes, pues hasta nos cogimos de la mano de nuestros padres antes de cruzar la calle.

    Eso sí, al cabo de algún tiempo, pensé que Belfegor no debió ir en compañía de niños, conté esta historia a mi padre y entonces me explicó las razones por las cuales nunca pisé un colegio de curas. Ni siquiera un templo, desde que la firma del párroco dejó de ser obligatoria para disfrutar del recreo.