Etiqueta: Rafael Azcona

  • «Yo soy de Coyote»

    «Yo soy de Coyote»

    Pedro, o Monsieur Pierre, es un viejo republicano con décadas de exilio en París. Casado con Madame Bernarda, del ramo de la verdulería, ha formado un hogar proletario y concienciado donde la nota de modernidad es la preciosa Ninette, la hija que trabaja en las Galerías Lafayette y a menudo dice «mais oui, Monsieur…» con un acento que desarma a cualquier «español de bien».

    Miguel Mihura siempre supo de la imprescindible presencia de una mujer como protagonista de sus comedias. En 1964, imaginó que un señor de Murcia, dispuesto a echar una cana al aire gracias a una herencia, fuera a París en busca de frivolidad y desenfreno. La echó, pero en casa de Monsieur Pierre, en la que Ninette resulta ser tan deliciosa como envolvente.

    La relativamente voluntaria clausura de Andrés, el señor de Murcia, le permite entablar varias conversaciones con el irredento republicano. No suelen coincidir, pero el visitante cede porque, al fin y al cabo, disfruta de una hospitalidad con el añadido de Ninette, que no es poco.

    La táctica para evitar la discusión pasa por la indefinición. Monsieur Pierre, sin embargo, es un hombre acostumbrado a la dialéctica del materialismo histórico y le exige un pronunciamiento claro y rotundo sobre temas como los planes quinquenales de la URSS. Además, le recuerda la necesidad de ser cocidista o fabadista, sin medias tintas y con el debido entusiasmo militante.

    La necesidad de escoger entre militar en las filas de los cocidistas o de los fabadistas me hace sonreír como espectador de Miguel Mihura, pero la evito porque prefiero los matices a las rotundidades. Sin embargo, de vez en cuando ese andar entre ambos extremos aburre y es conveniente pronunciarse en los términos establecidos por Monsieur Pierre. De lo contrario, corremos el riesgo de que el exiliado nos castigue con un solo de gaita emulando a los verdugos más perversos.

    Puesto a ser cocidista o fabadista y dado que Pepa prepara ambos platos de maravilla, no encuentro demasiadas disyuntivas que merezcan una opción excluyente. Y menos con el paso del tiempo, que todo lo cubre con una pátina de escepticismo. No obstante, al plantear en casa la necesidad de un pronunciamiento claro y rotundo, el consenso lo encontramos en temas como el eterno enfrentamiento entre Coyote y Correcaminos.

    En nuestra familia y por unanimidad alcanzada en varias votaciones somos partidarios de Coyote. La elección tiene truco porque su veloz oponente carece de personalidad, no digamos de vida interior, al ser tan solo el deseo imposible o inalcanzable del sufrido Coyote, tan trabajador y ocurrente como al final estrellado.

    Coyote evidencia la amargura del hambre, que siempre es un motivo respetable, mientras que Correcaminos no solo luce una apolínea figura, sino que, además, mantiene una insolente sonrisa solo alterada por su chulesco bip-bip. En su vida no hay drama porque nació con la suerte de cara, mientras que en Coyote todos los intentos de comer se saldan con un fracaso subrayado por una caída, una explosión o un golpe. Menos mal que el derrotado se recupera con una rapidez milagrosa porque lo suyo, en materia de destino, está abocado a la repetición por culpa de los guionistas.

    Ser partidario de Coyote desde chaval, cuando merendaba unas maravillosas magdalenas viendo aquellos episodios, me ha enseñado a comprender las vicisitudes de los antihéroes, desde los pícaros a los derrotados de tantas guerras. También me ha hecho dudar de la existencia de los héroes. Al menos de los oficiales, porque otros sujetos, habitualmente en segundo plano, merecen este calificativo.

    Así, al evocar una conversación con Rafael Azcona en un hotel de Murcia, sin la presencia del «señor», recuerdo una frase que me dijo cuando su carrera de guionista estaba prácticamente terminada: «Nunca he dedicado una sola línea a los héroes». Su filmografía lo confirma y, al cabo del tiempo, cuando yo también estoy cerca del final de mi carrera, creo que puedo compartir la frase del maestro. Los héroes son los grandes ausentes de mis libros.

    La ausencia la podría justificar con múltiples razones, algunas de enjundia filosófica o ideológica, pero en el fondo creo que responde a un motivo más sencillo: «Soy de Coyote», como decíamos en el patio del colegio, cuando jugábamos a «tú la llevas» y siempre había un chulito capaz de imitar el bip-bip porque conocía mi lentitud de chaval gordito.

    La diferencia es que Coyote está abocado a repetir una y otra vez su destino, mientras que yo adelgacé para evitar las burlas y el colesterol. Lo conseguí con renuncias, pero nunca me he pasado al bando de los correcaminos porque sigo identificado con los coyotes, aquellos que se quedaron a medio camino porque confiaron en los productos de la marca Acme.

    Ahora, cuando tengo noticia del estreno de Coyote vs. Acme, una película en la que el eterno derrotado interpone una demanda contra la citada casa, ando buscando dónde firmar para mostrar mi solidaridad con las víctimas de tantos productos defectuosos, que prometen poder alcanzar a un Correcaminos tan veloz como absurdo porque no va a ninguna parte. Lo mejor es dejarlo correr y hacerse vegetariano sin confiar en los embaucadores de Acme, una empresa que debe pagar una indemnización millonaria para que los coyotes tengan algún consuelo en el caso de no optar por la vía de los vegetarianos.

  • Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!

    Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!

    La escena forma parte de los recuerdos de varias generaciones. Chencho se pierde cuando, en compañía del abuelo y cuatro hermanos, acude al mercadillo navideño de la madrileña Plaza Mayor. El episodio de La gran familia (1962), de Fernando Palacios, es dramático, pero aleccionador. El guionista Pedro Masó vivía el momento más brillante de su carrera cinematográfica y sabía de la necesidad de «sufrir» antes de sonreír con el alivio de comprobar la bondad natural de quienes, por ser españoles, eran unos «formidables» cuya solidaridad permitía encontrar al nene.

    Ángel Pardo, el Chencho de la película, tenía cuatro años cuando se rodó aquel gran éxito del cine español. Su papel es el propio de un figurante que, en un momento determinado, cobra protagonismo, pero el intérprete apenas podía ir más allá de emocionarnos con su aspecto desvalido mientras deambula por la Plaza Mayor en busca de su familia. Gracias al flequillo rubio, el gorrito y el abriguito, solo necesita mostrar su cara de niño bueno para que sintamos la necesidad de cogerle de la mano a la espera del abuelo, que terminaría apareciendo con el rostro desencajado por el susto y agradecido por la bondad de los «formidables». Es decir, nosotros.

    Aquel cine aleccionador del franquismo descansa en la solidaridad sin posibles fisuras de la colectividad. El ideal resulta tan hermoso como carente de base real, pero los pormenores de la realidad apenas importan cuando se presenta a una familia como la protagonista de la película. Todo es posible en ese mundo de la ficción en blanco y negro donde un aparejador obra milagros con su sueldo y justifica, de sobra, el baby boom que a tantos nos trajo al mundo.

    La solidaridad de los padrinos, los hermanos, el portero, los vecinos, los periodistas, los policías… está en el guion porque era lo que tocaba en aquel esquema argumental tan eficaz como bien visto por las autoridades de la época. Sin embargo, cada vez que he disfrutado con esta comedia de Fernando Palacios me he hecho más partidario de Críspulo, el hermano trapisondista interpretado por Pedro Mari Sánchez.

    Hace muchos años tuve la oportunidad de hablar en la UA con el actor que encarnó a Críspulo. Algunas conversaciones permanecen en el recuerdo. Pedro Mari Sánchez me lleva cuatro años, pero compartimos una infancia en aquel desarrollismo todavía en blanco y negro porque no daba para lujos. Me contó anécdotas del rodaje, reímos al recordar algunos episodios y, al final, terminamos hablando de la gorrita de cuero que lleva en la escena de la Plaza Mayor y durante esas Navidades en busca de Chencho.

    Yo tenía una gorrita idéntica y llegadas las Navidades, que en Alicante nunca son tan frías, era preciso llevarla para «ir calentitos». La verdad es que aquellas gorritas al estilo de las lucidas en la hípica abrigaban poco. Al menos en comparación con el tradicional gorro de lana, pero lucían lo suyo en un querer y no poder bastante propio del momento. Su aspecto de aires foráneos era un síntoma de una época en la que tantas clases medias aspiraban a su cuota de modernidad, aunque la misma quedara reducida a un abriguito rígido y una gorrita incompatible con las exhibidas en las carreras de Ascot.

    El problema es que, a diferencia de Críspulo, yo no era un trapisondista, sino un «niño bueno». Tal vez por eso siempre me han fascinado los trapisondistas, un término ahora perdido entre los recuerdos, como tantos otros de una época que cuesta evocar a la luz de un presente donde el pasado parece sobrar o molestar.


    Críspulo era un trapisondista de buen corazón como mandaban los cánones a los que se acogió aquella película. Podía lanzar un petardo en una cola -también era petardista-, pero solo para dispersar al personal y entrevistarse rápidamente con el rey mago. Puestos a ver a Dios, seguro que Su Majestad intercedería para encontrar pronto a Chencho. Aquellos trapisondistas al estilo de Zipi y Zape alborotaban, embaucaban y enredaban, pero sin mala intención, como un desahogo propio de una edad donde cierto comportamiento anárquico resulta imprescindible.

    Yo me acercaba más al modelo del «repelente niño Vicente» concebido por Rafael Azcona. No por la vanidad de lucir saberes impensables en la infancia, sino porque era capaz de quedar bien con las visitas y hasta de ser puesto como ejemplo de comportamiento frente al de tantos trapisondistas.

    Al cabo del tiempo, creo que lo de ser «niño bueno» no luce demasiado en la vida. Los trapisondistas prevalecen, pero no los de buen corazón, sino aquellos que alborotan sin mesura hasta el punto de que nadie, absolutamente nadie, utiliza esa denominación para caracterizarlos. Son gamberros, porque la RAE debiera incluir en su definición de las trapisondas la carencia de una mala intención como la habitual en las gamberradas

    No he vuelto a hablar con Pedro Mari Sánchez, que ha cumplido los setenta. Yo ando cerca de esa edad donde los niños buenos y trapisondistas, ya sin gorritas que no sean las necesarias para preservar la calvicie, confluyen en limitaciones capaces de evitar cualquier exceso. El presente entonces sigue abierto al disfrute mesurado, pero a condición de dejar hueco a un pasado donde fuimos niños con gorritas y abriguitos del modesto desarrollismo en blanco y negro.

    La nostalgia es una engañifa, pero añorar la infancia supone una necesidad porque en ella cabe imaginar a «buenos» y «trapisondistas» empeñados en jugar al fútbol en un pasillo, «hacer el indio» durante una visita y hasta lanzar algún petardo, que es el privilegio disfrutado por Críspulo gracias a una ficción ajena a las limitaciones de la realidad.

    Por eso todavía la disfrutamos, al menos en Navidades, y sonreímos al recordarla como si fuera la propia de nuestra infancia. El necesario desengaño lo dejamos para otra ocasión porque, ahí nos duele, en la vida carecemos de un guionista como el mejor Pedro Masó. Y puestos a compartir la edad de Pepe Isbert, sabemos de sobra que no todos somos unos «formidables» como los anunciados por Alberto Oliveras en la SER con el fondo musical de la sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák.

     Pd.: En una entrada dedicada a Chencho, publicada el 24-XII-2024, creí que era mayor que el personaje interpretado por Ángel Pardo. En realidad, me lleva unos meses. Aclarado y reconocido este error, asumo la penitencia con la esperanza de que, al cabo de los años, esas diferencias ni se notan.

    Entrada publicada en el blog Varietés y República, el 23 de diciembre de 2025.