
La relación de Marcel Proust con las magdalenas es un tópico mil veces repetido por quienes se ocupan de los estímulos sensoriales de la memoria. Mis lecturas del clásico francés son de una lejana juventud y apenas he mantenido una familiaridad con su obra. No obstante, cada vez que escucho la historia de esa magdalena de tan altas competencias recuerdo dos evidencias incontestables: a la hora de desayunar me gustan desde pequeño las magdalenas y, puestos a recordar algo memorable con motivo de su degustación, vuelvo a las propias magdalenas, pero solo las amasadas por la señora María.
Hasta los nueve años viví en un bajo situado en una calle donde la convivencia vecinal estaba repleta de anécdotas, pronto compartidas por quienes las conocían como si fueran de su propia familia. A falta de otras distracciones, las tardes de verano las pasaba con varios niños en una acera convertida en nuestro parque temático. En invierno, con la temprana oscuridad, andábamos más recogidos, preferentemente en casa de Federico, donde había televisión y vivía una señora María siempre ocupada en la cocina.
La economía doméstica de la calle tenía detalles propios de una socialización basada en el intercambio. Mi madre, por ejemplo, tricotaba prendas para los hijos de la señora María, pero yo merendaba en calidad de invitado cada tarde de invierno en su casa porque, puestos a preparar magdalenas, aquellas carecían de parangón.
Ahora, cada vez que entro en una panadería, me apena un tanto ver hasta qué punto las magdalenas puestas a la venta están normalizadas como producto. Las presentes en la bollería industrial de los supermercados me parecen tristes, tan pequeñas e iguales como desaboridas, y me producen un rechazo visceral. Paso de largo al verlas.
Las amasadas por la señora María pertenecían a una edad de oro, la de nuestra infancia, donde los parámetros industriales para la venta ni siquiera estaban en la imaginación. En aquella casa con un padre camionero todo era modesto, pero en temas de alimentación la abundancia resultaba sorprendente. Así, puestos a amasar y hornear las propias magdalenas, la señora María calculaba a su manera la masa de cada unidad.
El resultado era una sorpresa diaria que a menudo rivalizaba con las de otras tardes gracias a una cantidad de masa equivalente a la empleada para una toña. El producto final, calentito todavía, era una magdalena no solo jugosa, sino con el tamaño de una pelota de balonmano que requería el apoyo de toda la mano, incluso de las dos en momentos de apuro.
Una magdalena de la señora María bastaba como merienda. Ahora también llegaría bien alimentado hasta el día siguiente. Sin embargo, por entonces había un apetito propio de la niñez y la acompañaba con una delgada barreta de chocolate con estampas de Mowgli y otros personajes de la versión cinematográfica de El libro de la selva (1967), que habíamos visto con un entusiasmo todavía perdurable en mi caso.
La descomunal magdalena contrastaba con la delgadez de la barreta de chocolate que nos permitía completar un mancomunado libro de estampas relacionadas con la película. La solución pasaba por una estratégica dosificación. A un contundente bocado de la gollería amasada por la señora María le sucedía un bocadito, una especie de delicatessen, de la barrita de chocolate. Así, a base de economías, llegábamos satisfechos tras la ingesta de la magdalena sin que hubiera terminado el imprescindible chocolate.
La dosificación requería raciocinio para no dejarse llevar por los instintos. Lo manteníamos, a pesar de que el futuro estímulo sensorial venía acompañado del entusiasmo con que veíamos las aventuras de Bugs Buuny y sus colegas de las series de los Looney Tunes y Merrie Melodies producidas por la Warner.
Ahora, cada vez que busco las melodías de esas series en You Tube, casi salivo porque las asocio con las magdalenas acompañadas de su barrita de chocolate y la estampa de Mowgli. Todo es recuperable gracias a la actual tecnología. Solo falta el voraz apetito de aquellas meriendas, la satisfacción de estar rodeados de amiguitos y nuestro saludo de iniciados: “¿Qué hay de nuevo, viejo?”, que hasta puedo escucharlo con el acento del Bronx de la versión original.
La tecnología nos devuelve todo lo imaginable, pero para volver a la infancia, de verdad, seguimos requiriendo la imaginación despertada por algún estímulo sensorial. Lo explicó Marcel Proust en Á la recherche du temps perdu, que es un libro exquisito, pero en la España de los sesenta, en aquella humilde calle, lo estábamos aprendiendo a bocado limpio. Nunca lo he olvidado.
