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  • De Groucho Marx a Jesucristo

    De Groucho Marx a Jesucristo

    José María Ovies Morán

    Mi abuelo Pepe, el materno, porque el paterno también era Pepe, así como mi padre y mi hermano, en junio de 1956 regaló un disco a este último. Semejantes gestos debían estar bien motivados porque el dispendio resultaba notable. En esta ocasión, a los nueve años Pepito había superado el examen de ingreso en el bachillerato y el abuelo estaría especialmente contento porque era su primer nieto. Al tercero, yo, apenas lo pudo conocer durante su enfermedad terminal.

    El disco era una adaptación firmada por el escritor y guionista radiofónico Ventura Porta Rosés (1917-1983) a partir de La isla del tesoro, la célebre obra de Robert Louis Stevenson. En apenas treinta y cuatro minutos, incluidos los de la excelente música de Rafael Ferrer, la aventura protagonizada por Jim Hawkins alentaba la imaginación de quienes escucharon un disco que fue premiado cuando se lanzó al mercado con notable éxito.

    La isla del tesoro, con su inconfundible carátula, permaneció en nuestra casa durante muchos años. Al igual que algunas prendas, los regalos de los hermanos mayores también se pasaban a los pequeños y, a mediados de los sesenta, cuando ya andaba cerca de mi examen de ingreso, en numerosas ocasiones escuché un disco que casi memoricé. El provecho sería notable porque la adaptación del relato es una maravilla de la síntesis narrativa.

    La novela de Robert Louis Stevenson debería ser una lectura obligatoria para los chavales, pero la disfruté como estudiante universitario. Mientras tanto, tuve en la imaginación lo fundamental de una aventura con todos los ingredientes para la fascinación, gracias al trabajo de José Luis Barcelona, que por entonces triunfaba junto a Mario Cabré en Reina por un día (TVE) y dirigió la grabación de La isla del tesoro.

    La tecnología puede ser una aliada de la memoria. Ahora, cuando aquel disco solo formaba parte de lo remoto, he podido volver a escucharlo con emoción en una grabación del portal Ivoox. Los compases iniciales, con la estupenda canción de los piratas, provocaron alguna lágrima porque, al cabo de sesenta años, volvía a ser el niño que una y otra vez escuchaba el disco sin perder el mínimo detalle. A mi manera, yo también fui Jim Hawkins y hasta imaginé a John Silver, con su pata de palo, antes de verlo interpretado por Orson Welles en una película de 1972.

    La isla del tesoro debe tener toneladas de bibliografía crítica, pero yo solo recordaba que los malos verdaderamente malos eran personajes secundarios, mientras que los malos a secas, como John Silver y el misterioso capitán que se aloja al principio del relato en la posada del Almirante Bembow, también eran buenos, aunque a su manera. Y, claro está, los oficialmente buenos lo eran hasta extremos inconmensurables. La tranquilidad, por lo tanto, estaba garantizada, mientras seguíamos la pista del tesoro escondido por el capitán Flint, que debió ser de aúpa porque hasta los marineros españoles temían sus piraterías.

    También recordaba con precisión la voz del narrador, pero desconocía su nombre porque por entonces nadie se preocupaba de informar acerca de quienes prestaron sus maravillosas voces de doblaje a los más afamados intérpretes. El narrador de La isla del tesoro es José M.ª Ovies Morán (1904-1965), que desde poco antes de la guerra dirigió los estudios de doblaje de la MGM en Barcelona.

    El excelente trabajo del actor asturiano está en consonancia con otros muchos destinados a la gran pantalla, donde apenas apareció con su rostro porque, supongo, no era precisamente un galán. Lo suyo era la voz y para la imagen ya tenía una pléyade de intérpretes norteamericanos capaces de envidiar su locución como hiciera Woody Allen cuando conoció a Miguel Ángel Valdivieso, el primer doblador de sus películas.

    La admiración me ha llevado a buscar algo más sobre José M.ª Ovies Morán, que tendría su historia personal porque en el Centro de Documentación de la Memoria Histórica cuenta con una ficha, probablemente por su colaboración en las emisoras republicanas durante la Guerra Civil. Al parecer, el castigo fue leve y pudo ejercer como director de los estudios de la MGM hasta su temprano fallecimiento.

    Antes de la guerra, José M.ª Ovies Morán ya había sido la voz de Groucho Marx en la célebre escena de la segunda parte de la parte contratante, por la que si hubiera cobrado derechos de autor habría sido millonario. Nunca lo fue y siguió prestando su voz a numerosos intérpretes norteamericanos, pero también al mismísimo Jesucristo en la inquietante escena final de Marcelino pan y vino (1955), cuando el angelical Pablito Calvo, que acabó hecho un demonio, es invitado al sueño eterno con el previsible entusiasmo de Fray Papilla y sus colegas. Su voz incluso se puso al servicio de la censura en escenas como la del desenlace de Ladrón de bicicletas. El rostro del angustiado niño contradice lo escuchado por orden de los censores franquistas.

    Los datos están al alcance de cualquier porque son el fruto de una brillante trayectoria como actor de doblaje. En mi memoria, ajena a Google, siempre quedará la voz de un locutor capaz de pronunciar todos y cada uno de los fonemas con una perfección apabullante, la que me hacía quedarme quieto y atento, mientras escuchaba una y otra vez la historia de aquellos piratas tan entusiastas del ron.