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  • Mi amigo Frankenstein

    Mi amigo Frankenstein

    Boris Karloff

    Apenas me interesan las películas de terror; al menos, las convencionalmente adscritas a ese género. Tampoco la literatura en la que a menudo se basan, que me aburre tanto como la gótica o la ciencia-ficción. Sin embargo, sospecho que, a estas alturas y con más de sesenta años de espectador, tengo mis preferencias entre los personajes reconocidos a la hora de asustar. El problema es que, por esa familiaridad de verlos con frecuencia, su capacidad de aterrorizar anda un tanto devaluada porque también ha pasado por la parodia y la risa, que agradezco por encima de cualquier susto de un monstruo u ocurrencia de un científico enloquecido.

    Frankenstein me cae simpático, pero a Drácula no le soporto. La contrapuesta valoración viene de lejos, de cuando siendo un chaval los conocí atareados en los menesteres del susto mortal. El primero es un tipo tan bruto y destarifado, porque le prestaron un cerebro «anormal», como noble en sus múltiples enfrentamientos. Desde que lo encarnara Boris Karloff en la película dirigida por James Whale en 1931 le veo atolondrado, pero nunca taimado, a diferencia del conde incompatible con el ajo. De hecho, Frankenstein es un puzle de restos humanos que, con independencia de su belleza original, acaban mal combinados. Feo como un anti-Narciso, pero un tipo popular solo capaz de hacer lo que sus cortas entendederas le permiten. El aristócrata del mordisco, sin embargo, acumula siglos de experiencia y, cuando no se aburre mortalmente por un hastío como el explicitado por Nosferatu, actúa a traición si se cumple el requisito de la nocturnidad con la previsible alevosía.

    James Whale y Boris Karloff pasaron a menudo olímpicamente de la novela de Mary Shelley. La contertulia de lord Byron llegó a concebir a su criatura como un «moderno Prometeo» capaz de largar al modo de un experimentado filósofo. Nada de gruñidos y aspavientos como los recreados por quienes convirtieron al monstruo en un tipo patoso, lento y gruñón, que solo progresa adecuadamente en la continuación de 1935 cuando bebe vino, fuma puros y, claro está, muestra el deseo de folgar con moza placentera. Ahí empieza su autodestrucción. Le comprendo, porque resulta insoportable que hasta la novia grite al verte y asustarte cuando te observas reflejado en el agua de un estanque.

    El monstruo es el otro, como tantas veces ejemplifica el burgomaestre al frente de los pueblerinos entorchados a la búsqueda de una venganza, que bien podrían haber dirigido al noble que lo creó por la soberbia de un iluminado insoportablemente clasista. La solidaridad con la monstruosa víctima, que a su vez provoca otras víctimas en una espiral de intolerancia, se impone como un juego de la ficción donde todos quedamos eximidos de responsabilidad. Por eso el personaje de Boris Karloff me cayó simpático desde que le conocí en compañía de mi padre y gracias a una televisión donde el blanco y el negro nunca suponían una avería.

    Además, el pobre monstruo suele salir malparado de los enfrentamientos, a diferencia del ventajista Drácula, que muerde a traición porque su capa multiusos resulta envolvente, incluso para la censura, y el maligno entra y sale de la habitación de «la chica» convertido en murciélago. Así cualquiera, salvo que medie una ristra de ajos o unas cruces esgrimidas con convicción de catecúmeno.

    Su colega en el empeño del susto mide más de dos metros, no permanece invisible ante un espejo, ni siquiera sabe esconderse y, con paso tan torpe como demorado, acaba dando al contrincante una oportunidad para huir. Puestos a pelear, casi muestra un espíritu deportivo. El problema de la violencia en estas películas de los años treinta radica más bien en los cortos de entendederas, que suelen dispararle o blandir una antorcha para asustarle. Andan equivocados, puesto que el monstruo tiene experiencia como renacido sin necesidad de haber visto la película de Leonardo DiCaprio.

    Frankenstein es un tipo de buen conformar que, como demuestra en su visita al bondadoso ciego, solo aspira a escuchar el violín mientras bebe y fuma a la espera de folgar sin mediar gritos o aspavientos. También es verdad que no controla los impulsos por falta de aprendizaje, como ocurre con el asesinato de María, la niña que le ofrece flores para que varias décadas después viéramos la mirada de Ana Torrent en El espíritu de la colmena.

    Después de pasar por series de dibujos animados y parodias como la de Mel Brooks, el único que asusta en sus películas originales es el doctor Pretorius, que se lleva la cena a una cripta para dialogar con el monstruo e invitarle a una copa. A partir de ese momento, sabemos que es el verdadero malo, pero sin olvidar a un Víctor Frankenstein siempre disculpado por su bella prometida. Tal vez porque su condición de barón difumina las obsesiones del varón.

    El protagonista de las dos películas de James Whale, un director que terminó suicidándose, es un iluminado de modales compulsivos que trabaja en un laboratorio digno de una comedia de Enrique Jardiel Poncela, cuya confianza en la ciencia era nula. Allí da órdenes sin reflexionar, menosprecia al jorobado que le sirve hasta el punto de perder la vida en acto de servicio y provoca todo tipo de catástrofes. La culpa no es del monstruo, sino de alguien que estaría en un manicomio de no ser rico.

    Vistas así las películas, con la poca fe de quienes pensamos que los mitos solo son creíbles cuando olvidamos las circunstancias de la realidad, me fastidia que al final el monstruo perezca y Víctor Frankenstein sobreviva en compañía de su pareja, que en la segunda entrega de James Whale todavía es más guapa, paciente y abnegada. La vida no es justa y, si después del vino acompañado con un puro, el monstruo no puede folgar con hembra placentera, parece lógico que se acabe el mundo para quienes padecen tan triste destino.

    El problema es que el monstruo concebido por Mary Shelley ha vuelto a trabajar en más de treinta películas para acabar siempre fatal, que ya es desgracia. Mientras tanto, su colega Drácula disfruta lo suyo hasta que recibe la ración de ajos, cruces y hasta una astilla clavada en el sitio oportuno cuando duerme la mona después de la juerga nocturna. Se podrá aburrir como conde condenado a la vida eterna, sin ilusión a la hora de clavar los colmillos, pero su empeño siempre me ha parecido más llevadero. El de Frankenstein es un sindiós que justifica el suicidio.

    La solidaridad con el desdichado monstruo me parece inevitable, al tiempo que me resultan insoportables los iluminados como Víctor o Pretorius. Ambos ni siquiera llegaron demasiado lejos porque, poco después, el doctor Mengele y compañía demostraron que el verdadero terror estaba a la vuelta de la esquina sin necesidad de un decorado de novela gótica. Bastaba una cámara de gas, masificada pero eficaz, para el destino de quienes pasaron por sus experimentos, donde la ciencia era un macabro empeño. Las circunstancias, las históricas, una vez más dejaron en un segundo plano cualquier mito, que solo nos ayuda a comprendernos cuando nos imaginamos inmunes a esas mismas circunstancias. Vana ilusión, aunque distraída y provechosa como partícipe de la ficción.