
Imagen tomada del blog Museos de Terque
Nunca disfruto con la contemplación del peligro ajeno y considero una insensatez convertirlo en el centro de un espectáculo. Me gusta el circo, por ejemplo, pero sufro si aparece en la pista un equilibrista que ejecuta su número sin estar enganchado a un cable. El riesgo no representa un valor añadido al mérito de un ejercicio de equilibrio, habilidad, fuerza…, que admiro sin necesidad de padecer ante la posibilidad de que el artista acabe despeñado.
Tampoco soy capaz de ver una carrera de bólidos o motocicletas. Si las imágenes aparecen en un informativo, el primer pensamiento es sobre la salud mental de los pilotos. Lejos de admirarlos, los compadezco porque intuyo algún desequilibrio capaz de arruinar una vida. Algo similar sucede con los toreros. O los insensatos que corren delante de un astado por vete a saber qué. Al observar semejantes locuras, en unos informativos donde todos los descerebrados parecen disfrutar del protagonismo, cambio de canal o giro la cabeza para confirmar con mi esposa que la locura carece de límites.
Me abochorna pensar que alguien se juega su integridad física, incluso la vida, a cambio del dinero pagado por una entrada. Nunca he sido partidario de las prohibiciones basadas en un criterio personal. Admito que hay gustos para todo, pero algunos me parecen propios de unas épocas que debieran estar superadas. Procuro respetarlos en aras de la convivencia y hasta callo, por prudencia, cuando alguien los defiende con argumentos tan dogmáticos como desmontables mediante el uso de la razón. Hablar con esta gente resulta inútil, pero dudo de que sus gustos en materia de espectáculos sean respetables porque suponen un disfrute basado en el riesgo ajeno. Los emperadores romanos hacían lo mismo con los gladiadores y, desde hace muchos años, yo soy partidario de los espartaquistas.
La sensibilidad y el respeto forman parte de una educación que se adquiere si media la voluntad de alejarse de la barbarie. La tarea es personal, pero los parámetros en los que se desarrolla son de índole colectiva y responden a la cultura de una época determinada. El tardofranquismo de mi infancia y adolescencia tenía esos parámetros en valores mínimos. Entre otras razones, porque la violencia era una seña de identidad del régimen surgido de una guerra.
La memoria nos devuelve las imágenes o los recuerdos de quienes fuimos y, a veces, nos resulta difícil identificarnos con el pasado de algunas experiencias. Siempre queda el consuelo de pensar que eran «otros tiempos» y así nos eximimos de nuestra responsabilidad individual, pero conviene aceptar que los vivimos como partícipes, no como observadores distantes. Lo contrario es jugar con las trampas de una memoria demasiado deudora de nuestro presente.
Nunca he negado que asistí de chaval a espectáculos donde el riesgo ajeno era el centro del interés. Habría sido un marciano en caso contrario porque proliferaban en una época en la que la prudencia parecía un patrimonio de los pusilánimes. Los domadores a punto de ser devorados por las fieras, los forzudos al modo del Zampanò de Fellini, los motociclistas dando vueltas en una jaula, los púgiles de la lucha libre y hasta algún torero, visto en compañía de mi abuela, forman parte del archivo visual de mi niñez. Y lo acepto, con la distancia y la sonrisa de quien ha optado por alejarse de cualquier espectáculo donde el riesgo y la violencia estuvieran presentes.
Al cabo de los años, esos arriesgados protagonistas de mis experiencias infantiles han quedado en el olvido o forman parte de lo difuso de cualquier anonimato. Sin embargo, cuando evoco ese tiempo, con lo caprichoso de lo almacenado en una memoria viva gracias al recuerdo hecho relato en numerosas ocasiones, suelen aparecer unos personajes con los que tuve un encuentro fugaz: los enanos toreros y el hombre bala.
El sufridor que salía disparado de un cañón actuaba en un circo de dos pistas y planta ovalada. Sus dimensiones prueban la pujanza de aquellos espectáculos ambulantes que creaban, todavía en los años sesenta, una enorme expectativa cada vez que llegaban a la ciudad. Al igual que otros muchos compañeros del colegio, en cuyo patio se ponderaban las hazañas vistas en el circo, acudí con mis padres a ver el espectáculo donde el número estelar, el presente en los carteles publicitarios, era el hombre bala.
Apenas recuerdo cómo salía disparado y la distancia recorrida por el proyectil humano tras el estruendo de un cañón. Supongo que aplaudiría al verle sano y salvo con su capa al modo de un Superman encapuchado después de soportar un impulso nada saludable. Luego lo ponderaría en el colegio, donde todas las hazañas, por absurdas que fueran, tenían su correspondiente exageración gracias a la imaginación capaz de convertir la experiencia en un relato.
Sin embargo, el verdadero recuerdo vino días después, cuando regresaba a casa con un compañero de clase que, al ver pasar por la acera a un individuo de mediana edad y aspecto anodino, me dijo que era el hombre bala. Nunca supe si me estaba contando una trola o lo sabía de verdad porque, según él, le había visto salir de un circo instalado cerca de nuestras casas. En cualquier caso, desde ese día empecé a sospechar que las heroicidades siempre tienen una cara oculta, la de ese hombre que sin cañón andaba por una acera antes de quedar paralítico o perjudicado por salir tantas veces disparado.
La segunda imagen corresponde a unos enanos toreros que cada verano actuaban en las charlotadas programadas en la plaza de toros de Alicante. Nunca las vi porque mis padres no eran aficionados a esos espectáculos taurinos, pero a última hora de la tarde iba con mi madre a esperar a mi padre, que salía del pluriempleo como contable en una tienda. El paseo terminaba en un bar situado cerca de nuestra casa y enfrente de la plaza de toros. Allí coincidimos con la cuadrilla de los enanos toreros, que actuaba junto al bombero, también torero, para provocar las risotadas del «respetable». A este último no lo recuerdo porque, sin el uniforme, sería un tipo como otro cualquiera. Sin embargo, los «enanos», todos juntos, no pasaban desapercibidos en un bar donde ya parecía haber comenzado el espectáculo.
Solo me consta con precisión un detalle grabado en la memoria: los enanos toreros pidieron ensaladilla rusa, aquella que se servía en un platito ovalado con su correspondiente rosquilla, antes de jugarse el pellejo en la plaza de toros. A partir de ese momento, y más con el paso de los años, cuando evoco semejante consumición, pienso que es una barbaridad reírse o emocionarse contemplando el riesgo corrido por quienes acaban de pedir una ensaladilla rusa. Prefiero saber que les ha sentado bien tras acompañarla con una caña y antes de salir a una acera donde pueden encontrar al hombre bala. Tal vez les hable de las molestias de la edad, que es un tema respetable y digno de la conmiseración. Incluso pagaría una entrada por asistir a ese diálogo.