Etiqueta: Belfegor

  • De Juanito a Ignacio

    De Juanito a Ignacio

    Junto con mis primos el día de la primera comunión

    El Juanito de las historias ejemplares siempre acababa teniendo un correlato real. Mi hermana, al leer la anterior entrada del blog, me contó lo sucedido hacia mediados de los años cincuenta, cuando siendo una niña acudió junto con las compañeras de clase a ver el cadáver de Juanito, que vivía en una modestísima vivienda y permanecía en su cama. También iría al Cielo, porque el chavalillo ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar y expulsar las correspondientes serpientes.

    La visita de unos niños al domicilio mortuorio para ver al compañero fallecido no parece adecuada para las actividades extraescolares, pero nos habla de una época donde la muerte era una constante alejada de los eufemismos actuales. Vivir sabiéndose mortales desde el primer momento, con el consiguiente castigo o premio, suponía un objetivo educativo que iba más allá de las clases de religión.

    Las continuas alusiones a la muerte en las aulas venían envueltas en los recursos de la ficción, tan habituales en los libros y las explicaciones del profesorado. Algún ejemplo daremos en una entrada dedicada a aquellas tardes de mayo en que íbamos «con flores a María», previo pago de un ramo capaz de descabalar la economía doméstica de la semana.

    El problema de la ficción es que suele ser una mentira con base real y, cuando esta última aparece con su crudeza, la muerte cercana nunca nos coge preparados y menos siendo niños. Así sucedió con Ignacio, el menudo chavalín que conocí poco después de debutar como comulgante obligado a presentarse cada domingo en la sacristía para que me sellaran un certificado de asistencia. Sin la presentación del mismo los lunes, los recreos se convertían en horas de estudio en clase.

    Ignacio llegó procedente del País Vasco cuando el curso estaba muy avanzado. Su padre había sido destinado a Alicante para ocupar un alto puesto en una empresa y la familia le acompañó. Ante la necesidad de escolarizarlo en esas circunstancias, los padres decidieron matricularlo en un colegio situado al lado de la empresa y cerca de su nuevo domicilio.

    La circunstancia era extraordinaria. Ignacio debía haber ido a un colegio como los Jesuitas o los Maristas. Nunca a uno público, donde nadie esperaba ver a un niño de una familia acomodada. Sorpresas da la vida y el chavalín, de modales desconocidos en aquel centro, se presentó en clase cuando apenas faltaban unas semanas para terminar el curso.

    Ignacio vendría con alguna recomendación y don Emilio lo sentó junto a mí, porque no era «un revolica» y apuntaba como «bachiller» capaz de superar el examen de ingreso. De hecho, al finalizar el horario escolar acudía a clases voluntarias provisto de la Enciclopedia Álvarez, la suma de todos los saberes imaginables.

    Don Emilio me aleccionó para que le ayudara a ponerse al día. Siempre he sido cumplidor y así lo hice. Además, Ignacio parecía sacado de las historias de Emily Blyton, que por entonces leía esperando que, en algún momento, los cinco protagonistas extendieran un mantel sobre el césped para merendar un emparedado con pepinillos, mientras yo devoraba el bocadillo con morcillas que me preparaba la yaya.

    La figura menuda de Ignacio contrastaba con mis generosas carnes, que fueron sacrificadas al iniciar el bachillerato. Parecíamos Stan Laurel y Oliver Hardy. Así íbamos a todas partes durante aquellas semanas finales del curso. También a su casa, a donde acudí aleccionado por mi padre porque el de Ignacio era un cliente del banco y peinado por mi madre, que me repasó para evitar algún descosido.

    Nunca conocí a su padre porque, en pleno desarrollismo, los pluriempleados apenas aparecían por casa antes de la hora de cenar. Su madre, una señora elegante y delgada también parecía un personaje de Emily Blyton. Después de hacer los deberes y antes de jugar, nos traía la merienda en una bandeja y con servilletas. Faltaban las morcillas, pero años después comprendí que había tenido una experiencia british donde cabía ponderar la jugosidad de unas rodajas de pepino bien cortadas.

    Nuestra amistad fue fugaz, aunque firme porque aquel chavalín era tan educado como respetuoso. Le tomé afecto y, al llegar el verano, sacamos buenas notas y nos despedimos, pues se marchó a las «provincias vascongadas» con el resto de su familia.

    Al volver de vacaciones, Ignacio no apareció en clase. Nunca he dejado de preguntar, incluso de niño, pero nadie me daba una respuesta hasta que un día don José, el maestro, me puso la mano en el hombro y con palabras cariñosas me explicó lo sucedido a raíz de un trágico accidente de tráfico.

    Poco después vi a la madre por la calle, me sonrió y se acercó a darme un par de besos sin pronunciar una sola palabra. Mi hermano, once años mayor que yo, hizo el resto para explicarme lo que suponía la muerte de alguien cercano, aunque fuera tan inaceptable.

    Al cabo de los años, descubrí que don José, además de falangista de camisa azul, era un poeta en la senda de Dionisio Ridruejo. Leí con admiración algunos de sus poemas, como recordé a aquella señora y siempre tengo presente a mi hermano ya fallecido. Los tres, lejos del terror de curas como el Belfegor de la primera comunión, me dieron una enseñanza de vida, que todavía agradezco y procuro emular haciendo uso de la sensibilidad, el respeto y la educación en las aulas o en cualquier otro lugar.

  • La comunión de Belfegor

    La comunión de Belfegor

    La fe religiosa, entendida como alumbramiento, suele aparecer en un clima de trascendencia cuando forma parte de la ficción. El cine del franquismo es pródigo en ejemplos, filmados con una cámara situada en una grúa para captar los iluminados rostros de quienes reciben la buena nueva. La presencia divina, apenas entrevista para no faltar al decoro y el misterio, habla desde el más allá con una dicción ajena al menor titubeo. Si se trata de la Virgen, bien relacionada con los niños como madre, la autoridad se atempera con notas de dulzura. En cualquier caso, la trascendencia del momento no admite dudas o escepticismos. La fe recreada en estos rituales de la ficción deriva en una cuestión de pompa y circunstancia.

    La vida discurre por otros derroteros. En alguno dejaría olvidada esa fe religiosa si la tuve más allá del día en que me disfracé de «marinerito» para debutar como comulgante. Una vez perdida, la recuperación debería pasar por un momento digno de la cámara de un Rafael Gil o un Ladislao Vajda. Me habría gustado vivirlo «transido de emoción», pero las experiencias reales fueron mediocres. La consecuencia es una vida de impenitente descreído.

    El recuerdo de los profesores de Religión durante el bachillerato es una suma de anécdotas nada evangélicas. Ninguno, con sotana o alzacuellos, tuvo la capacidad de avivar la fe perdida. Tal vez la única que «creyera» fuera una misionera en África que durante unos meses impartió la asignatura sustituyendo al cura que venía, de Pascuas a Ramos, montado en un flamante Morris cuando el resto del profesorado aspiraba a un SEAT 600.

    La misionera llegaba a pie y en sandalias de aires franciscanos. La mujer era cariñosa, alentaba la participación y le pedíamos que contara historias de «los chinitos». Tal vez porque recordáramos las huchas con forma de cabezas de orientales utilizadas para las cuestaciones. La mujer con paciencia infinita nos recordaba que sus experiencias fueron con «negritos» y, a continuación, las relataba. África en mi imaginario eran las películas de Tarzán y disfrutaba al escucharlas, aunque sin el provecho religioso que se suponía porque nunca dejé de esperar la aparición de la mona Chita.

    Las historias de la misionera las escuché con más atención que devoción y, sobre todo, agradecí que evitara la trascendencia o el encogimiento de ánimo. Las experiencias en este sentido fueron traumatizantes desde que en 1966 tomara la primera y última comunión, justo después de asistir a un cursillo acelerado en una parroquia cercana al colegio.

    El párroco era un anciano rapado, alto y con una sotana raída. Los atrevidos habían visto poco antes Belfegor, el fantasma del Louvre (1965), de Claude Barna, y pronto aquel malhumorado hombre recibió el apodo de Belfegor, aunque en la cabeza no llevara la caja de galletas que suponíamos en el terrorífico fantasma de la serie francesa.

    La doctrina, al igual que cuando en mayo íbamos «con flores a María», quedaba reducida a una serie de historias edificantes. Su mensaje no admitía dudas o lecturas abiertas. Al contrario, escuchado por unos niños, equivalía a un alumbramiento, aunque sin el encanto de lo cinematográfico porque el párroco solo disponía de sus dotes oratorias.

    El protagonista de estas historias era Juanito, epítome de todos nosotros hasta el punto de terminar comulgando en compañía de un amigo imaginario capaz de acompañarnos en nuestro camino hacia la fe. La vida de Juanito estaba marcada por la superación y, dispuestos a competir en esa carrera de obstáculos y tentaciones, admirábamos el faro que Juanito suponía.

    La víspera de la comunión era trascendental porque, se rumoreaba, debíamos confesar hasta el último pecado para recibir la hostia. Durante la semana previa hubo debates en el colegio acerca del alcance de la confesión. Los radicales hablaban de todos los pecados, incluidos los de la gula al merendar, mientras que los relativistas negociaban algún olvido para mantener el decoro de una vida que para nuestra desgracia lucía «máculas».

    El párroco, alineado con los radicales, despejó cualquier duda con la más impactante historia de Juanito. El niño también debía confesar antes de comulgar. Llegado el día, de su boca salieron tantas serpientes como pecados había cometido. Todos descubrimos entonces que la vida del ejemplar compañero había sido la de un depravado, solo salvado por la expectoración de unos reptiles que a modo de metáfora resultaban clarificadores.

    Aliviados de la salvación de Juanito mediante la confesión, el párroco volvió a encogernos el ánimo con unos puntos suspensivos. Por la boca del niño asomaba una serpiente enorme que no terminaba de salir como el resto. El pecado debía ser mayúsculo y, en contra de los preceptos, el hasta entonces ejemplar Juanito lo calló y osó comulgar siendo pecador.

    La ceremonia transcurrió con normalidad, el niño lució su traje de «marinerito» y los familiares compartieron la felicidad de acogerlo en la fe. Justo entonces, a la salida del templo, el alocado Juanito cruzó la calle sin mirar a izquierda y derecha. Un coche, probablemente un 600, le atropelló y la primera comunión fue la última porque el marinerito emprendió el camino hacia el Cielo.

    La muerte era compatible con el consuelo. Juanito había muerto, pero en gracia de Dios porque ni siquiera tuvo la oportunidad de pecar después de comulgar. La explicación del párroco tranquilizó los ánimos. Una vez aliviados, nos recordó esa serpiente que nunca terminó de salir por la boca. Juanito no solo fue un depravado, sino que comulgó sin haber borrado el último y más grave pecado gracias a la confesión. La consecuencia era el infierno, que en nuestros libros tenía una pinta horrorosa acrecentada por la eternidad.

    Conmovidos por el destino de nuestro amigo, los debates sobre el alcance de la confesión cesaron y todos acudimos al confesionario con el ánimo de expulsar hasta la última serpiente, aunque estuviera vinculada con una chocolatina saboreada con gula. Y así comulgamos al día siguiente, aliviados por estar en gracia de Dios y sin sufrir accidentes, pues hasta nos cogimos de la mano de nuestros padres antes de cruzar la calle.

    Eso sí, al cabo de algún tiempo, pensé que Belfegor no debió ir en compañía de niños, conté esta historia a mi padre y entonces me explicó las razones por las cuales nunca pisé un colegio de curas. Ni siquiera un templo, desde que la firma del párroco dejó de ser obligatoria para disfrutar del recreo.